Columna de Florencio Ceballos: Hablar en serio

El diálogo en la Convención operará necesariamente bajo los parámetros de una composición de origen, género, etnia, clase, etc, inéditos en nuestra historia. Y vendrá cargado, en el caso de algunos, de una rabia poco común en los pasillos palaciegos. Si bien será importante que la rabia no nuble, no se convierta en ira, no cierre espacio a la razón, tampoco es esperable que se esfume.

Recientemente, el abogado Daniel Stingo -el constituyente más votado de Chile- declaró en un programa televisivo que “los grandes acuerdos (que serán parte de la Convención) los vamos a poner nosotros, los que no somos de derecha. Para que quede clarito”. Fue un escándalo, se acusó soberbia, se anatemizó su negación al diálogo.

En lo personal, más allá de su tono innecesariamente exaltado, me pareció que Stingo decía una verdad de perogrullo: la correlacion de fuerzas evidente en la Convención definirá unos términos para el diálogo que no se traducirán en un encuentro de posiciones en un punto equidistante entre minorías y mayorías.  

Humberto Maturana solía hacer la distinción entre el dialogar -del griego dialogus, a través del logo, la razón-  y el conversar -del latin cum versar, dar vuelta juntos-. Si el primero es un ejercicio más rígido, racional e intencionado, el segundo sería más bien un dejarse llevar, más desapegado de las certidumbres y amarras. El debate constituyente requerirá de ambos: conversación y diálogo. Y también incluirá -no es necesario engañarse-  polémicas de bajo calibre, argumentos irracionales, negociaciones con calculadora y egos personales. Como la vida misma.

Habrá diálogo, pero no se parecerá ya tanto a aquel mantra del Chile noventero repetido por arzobispos, dirigentes políticos y líderes patronales: un diálogo cercenado, entre pocos,    fundado en buena medida en la exclusión de aquellos ausentes de los discursos, las preocupaciones y los espacios de las élites políticas. No será tampoco esa versión homogénea y excluyente de diálogo que, a menos de una semana del estallido de octubre, entró de blanco y con gesto afligido a La Moneda ofreciéndose a ser la contraparte del Presidente en nombre de personas que no conocían y de una rabia que ni sospechaban.

“El debate constituyente requerirá de ambos: conversación y diálogo. Y también incluirá -no es necesario engañarse-  polémicas de bajo calibre, argumentos irracionales, negociaciones con calculadora y egos personales. Como la vida misma”.

El diálogo en la Convención operará necesariamente bajo los parámetros de una composición de origen, género, etnia, clase, etc, inéditos  en nuestra historia. Y vendrá cargado, en el caso de algunos, de una rabia poco común en los pasillos palaciegos. Si bien será importante que la rabia no nuble, no se convierta en ira, no cierre espacio a la razón, tampoco es esperable que se esfume. Estará allí, y no debiese ser interpretada como una forzada premonición del fracaso de la Convención sino más bien como un recordatorio de porqué se llegó a ella.

También habrá “conversación”, un dejarse llevar. Pero para que tenga efectos en el debate, dotando de legitimidad social al pacto que se construye, tampoco podrá ser la conversación  inocua acotada en sus temas, entonaciones aceptables y participantes autorizados a la que nos acostumbramos por décadas. No será únicamente una conversación entre constituyentes -ésa que ocurrirá, sin dudas, en pasillos y cafés-, sino que también de estos con la ciudadanía y de esta última consigo misma. 

Hay buenas noticias al respecto, partiendo por los múltiples esfuerzos de instituciones de la sociedad civil y la academia para recuperar y sistematizar una diversidad de voces ciudadanas sobre cuestiones centrales al debate constituyente. Incluyo ahí el reciente esfuerzo de la Universidad de Chile y la PUC llamado “Tenemos que hablar de Chile”, del que inexplicablemente siete convencionales del PC se restaron preocupados del “pauteo” que podía significar escuchar lo que otros piensan.

La segunda buena noticia: creo que el país se ha dotado de nuevas formas de conversar a escala. Las metodologías de discusión deliberativa inauguradas masivamente en los Encuentros Locales Autoconvocados -o cabildos- del fallido proceso constituyente del gobierno de Bachelet en 2016 dejaron una huella y parecieran haberse internalizado y convertido – con todas las críticas y variaciones posibles- en parte de un acervo ciudadano que volvió a emerger en miles de pequeños grupos tras el 18-O. En la medida en que la Convención sea capaz de reconectar con ese tipo de conversaciones, como ya lo hacen algunos de sus miembros, se estará dotando de legitimidad a un proceso y un diálogo que inevitablemente navegará por mares agitados. 

“Hay buenas noticias al respecto, partiendo por los múltiples esfuerzos de instituciones de la sociedad civil y la academia para recuperar y sistematizar una diversidad de voces ciudadanas sobre cuestiones centrales al debate constituyente. Incluyo ahí el reciente esfuerzo de la Universidad de Chile y la PUC llamado “Tenemos que hablar de Chile”, del que inexplicablemente siete convencionales del PC se restaron preocupados del “pauteo” que podía significar escuchar lo que otros piensan”.

* Florencio Ceballos es sociólogo, reside en Canadá.

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