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Columna de María José Navia: Las ficciones de la enseñanza

No hay todavía novelas que cuenten qué se siente hacerle clases a una pantalla en negro, con estudiantes, motivados, que participan a través del chat o, a veces, prendiendo micrófono mientras sus voces sobrevuelan (y acompañan) como fantasmas.

Será que estamos llegando a final de semestre y que soy profesora y, por lo tanto, divido la vida en semestres. En vacaciones de invierno, de verano. En época de exámenes. Y soy una profesora muy feliz y también, a estas alturas de la pandemia, una profesora muy cansada. Al igual que mis estudiantes, me imagino. Será también que me pasé la infancia (y no tan infancia) viendo a profesores perfectos e inspiradores en la pantalla: la maestra Jimena, de Carrusel, el profesor Keating – “O Captain! My Captain!” — en La sociedad de los poetas muertos (y luego esa versión en femenino con la que tengo sentimientos encontrados: Mona Lisa Smile). Será que incluso cuando a los profesores de Hollywood les tocaba enfrentarse a públicos adversos (pienso en Dangerous Minds o, mi favorita de ese estilo, Freedom Writers), siempre, eventualmente, salían victoriosos y, aún, inspirados. Inspiradores.

Será que todavía no tenemos ficción de lo que ha sido enseñar en pandemia. Solo se me viene a la cabeza un capítulo de This is Us, en el cual Beth, quien hace clases de ballet en una academia, ve cómo, a medida que avanzan los meses en cuarentena, sus estudiantes dejan de conectarse a la clase por Zoom, cansados ya de hacer piruetas frente al computador. No hay todavía novelas que cuenten qué se siente hacerle clases a una pantalla en negro, con estudiantes, motivados, que participan a través del chat o, a veces, prendiendo micrófono mientras sus voces sobrevuelan (y acompañan) como fantasmas.

Será por eso, quizás, mientras espero esas ficciones, que vuelvo a libros en los cuales los profesores son los protagonistas. Más o menos inspirados, más o menos exhaustos, algunos, incluso, realmente sobrepasados.

En Chile, al menos, se han publicado cuatro novelas sobre el tema en los últimos años: el díptico de Daniel Campusano compuesto por No me vayas a soltar (2017) y El sol tiene color papaya (2019), Profesor Sísifo (2020) de Alex Saldías y Tragar el sol (2020) de Patricio Jara. En ellas vemos a profesores que han hecho del cansancio su patria. Profesores que se enfrentan a distintas realidades (un colegio difícil en el caso de No me vayas a soltar y uno de elite en El sol tiene color papaya), que han visto sus ideales algo aplastados por la burocracia y, a veces, la franca apatía de los estudiantes. Lo dice ya el título del libro de Saldías, un profesor Sísifo que carga con su piedra, que al final del año académico debe enfrentarse a la incertidumbre de si renovarán su contrato (leemos allí: “Se vienen las vacaciones, profe Sísifo. Ánimo, que, si no lo contratan aquí, lo contratarán en otro lado. Total, su contrato era hasta diciembre, no hasta siempre. Subir la piedra aquí o subir la piedra allá, da igual, todas las montañas crecen hacia arriba y todas las piedras caen hacia abajo”), alguien que se queja de las formas fosilizadas en las que a veces se enseña la literatura y juega con distintos registros para contar su historia (como obra de teatro, como guía temática, como ejercicio de comprensión de lectura) o el caso de Tragar el sol en el cual el protagonista pierde la paciencia completamente al ver que uno de sus estudiantes no se despega del celular durante la clase. Y, entonces: un día de furia.

Será por eso, quizás, mientras espero esas ficciones, que vuelvo a libros en los cuales los profesores son los protagonistas. Más o menos inspirados, más o menos exhaustos, algunos, incluso, realmente sobrepasados.

Hablar de profesores, de salas de clases, es hablar de muchas cosas. Especialmente en el caso de Campusano, hablar de educación es hablar también de la relación o presencia de las familias, de la salud mental, de la precariedad de las condiciones de trabajo (tanto de profesores como de apoderados), de una voluntad de enseñar tragada a veces por el miedo y la violencia (algo que también se representa de manera magistral, si volvemos a la pantalla y ahora made in Chile, en la serie El reemplazante, disponible en Netflix).

En las novelas que menciono tenemos, muchas veces, profesores a desgana. O bien profesores desencantados, desesperanzados. Profesores que, también, miden sus expectativas en base al tipo de profesor que quieren (o pueden) ser (leemos en Profesor Sísifo: “Yo quería ser un Profe-padre, pero mi personalidad y mi apariencia me relegaban apenas a la categoría de Profe-mascota”). Profesores que, también, pierden el control, o le temen a los estudiantes.

Es lo que pasa en otra novela en la que la educación es central y se acerca a lo siniestro: Mandíbula, de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, una historia en la que las relaciones de poder a ratos se invierten, se desbordan, se complican. Así, leemos: “Por eso las de 5to B la exploraban, para saber qué clase de ama era: de las que mordía o de las que se podía morder. Para saber qué tan madre y qué tan maestra era a la hora de amaestrar.” Y también, ahora desde la mirada de las estudiantes: “Esa fue la primera vez que me di cuenta de que había algo extraño en su relación con nosotras; en la forma en la que nos miraba y nos hablaba, a veces como si no existiéramos o como si estuviéramos a punto de arrancarle una oreja.” Se trata de obras en las cuales se saca al profesor del pedestal para mirarlo en momentos vulnerables. Así, leemos también en Mandíbula: “Una profesora suele estar lista para fingir que está lista.”

Hablar de profesores, de salas de clases, es hablar de muchas cosas. Especialmente en el caso de Campusano, hablar de educación es hablar también de la relación o presencia de las familias, de la salud mental, de la precariedad de las condiciones de trabajo (tanto de profesores como de apoderados), de una voluntad de enseñar tragada a veces por el miedo y la violencia (algo que también se representa de manera magistral, si volvemos a la pantalla y ahora made in Chile, en la serie El reemplazante, disponible en Netflix).

Pero no solo la ficción nos está mostrando cada vez más a los profesores (está todo el género de las “novelas de campus”, por poner un ejemplo), también lo hace la no ficción. Lo último que leí sobre el tema es el maravilloso Las señoritas, de Laura Ramos, que cuenta la historia de las muchas jóvenes estadounidenses que viajaron a Argentina para fundar escuelas durante el siglo XIX, convocadas por Sarmiento. El libro nos muestra a estas mujeres que a veces apenas sabían hablar español (también algunos hombres como el novio de una de las hijas de Nathaniel Hawthorne que luego no vuelve más a Boston a buscarla), que no soportaron la estadía, o que se quedaron para siempre.

“Capaces, prácticas, intrépidas”, eran las características que pedía Sarmiento y ofrecía pagarles casi el doble del sueldo de una profesora en Estados Unidos. Los capítulos siguen a las distintas mujeres y la forma en que enfrentaron el largo viaje, las condiciones terribles que soportaron como la epidemia de fiebre amarilla o los muchos enfrentamientos en ciertas zonas. Trayectos en los cuales la educación se cruzaba con el desarrollo de un país y sus aspiraciones. Trayectos también en los que casi (por unos pocos años de diferencia), o así insinúa Ramos, podría haber llegado también a Argentina como maestra la autora de Mujercitas: Louisa May Alcott.

Pero no solo la ficción nos está mostrando cada vez más a los profesores (está todo el género de las “novelas de campus”, por poner un ejemplo), también lo hace la no ficción.

Y hay más, por cierto, mucho más. Y así no puedo dejar de recomendar esa obra extraordinaria que es Stoner, de John Williams, sobre un profesor universitario (pero, en realidad, sobre la vida entera, sobre todas las formas en las que un libro te puede conmover y romper el corazón), o una que aún no se traduce al español y que replica en su estructura un curso de literatura (cada capítulo lleva el nombre de una novela famosa: Moby Dick, Cumbres Borrascosas, hace referencias a bibliografía y termina con un examen final que el lector debe completar): Special Topics in Calamity Physics de Marisha Pessl en la que se lee, no sin algo de ironía: “¿Existe acaso algo más glorioso que un profesor?”

Ya llegarán nuevos profesores a nuevas ficciones. Historias, ojalá, de esperanza en medio de tanta incertidumbre, que reconozcan el esfuerzo y los desafíos de estos muchos meses (tanto de profesores como de estudiantes y sus familias) así como también el enorme privilegio y felicidad de seguir enseñando.

Ya llegará también (y pronto) un más que merecido descanso.

*María José Navia es escritora y académica en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. 

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