Archivo personal

Los tres cuadernos que Alicia Vega escribió en pandemia

Próxima a cumplir 90 años en agosto, la destacada investigadora de cine y profesora chilena publica “Cuadernos de Alicia”, colección de tres tomos escritos a mano y durante ocho horas al día en los últimos dos años de confinamiento. A partir de recuerdos, documentos y objetos, repasa los 30 años y la metodología del taller de Cine para Niños, que hasta 2015 realizó en poblaciones del país. “Hoy hay mucho más de cien niños esperando un tren. Es un signo de Chile, esperamos siempre y muy pocas veces llega lo que sería justo”, dice.

Lo único que no escribe a mano son las cartas que envía a sus amigos. Todo lo demás, desde textos académicos, hasta las reflexiones y apuntes, le salen de puño y letra. “Solían dolerme mucho las manos hace unos años, pero me manejo muy bien aún con ellas”, dice al teléfono Alicia Vega: “Yo cocino la comida de mi casa y escribo bastante. En el computador sólo escribo cartas y atiendo a las consultas que me hacen cada tanto, pero el resto lo escribo a mano. Cada palabra que anoto en papel tiene para mí mucho más sentido”.

La reconocida investigadora, profesora y una de las principales promotoras de la apreciación cinematográfica en Chile como método de transformación social cumplirá 90 años el próximo 23 de agosto. Los últimos dos años se los ha pasado recluida en su casa en Ñuñoa y en compañía de su esposo, el artista, Premio Nacional y también profesor Eduardo Vilches (88). A excepción de algunos familiares, casi no reciben visitas. Durante el largo encierro que trajo la pandemia, cuenta, ambos se han refugiado en el trabajo y la lectura.

“Leemos mucho más de lo que vemos películas hoy en día -cuenta-. Vemos lo que hay en televisión y otras muy pocas que nos envían, pero nosotros somos mucho mejores para leer. Podemos pasarnos días y semanas leyendo. Últimamente he estado muy interesada en Humboldt, en sus estudios de la naturaleza, y también siempre he leído mucha historia. Hace poco llegó a mis manos un libro sobre una investigación de cientos de cartas recogidas de la basura que retratan la vida en el desierto de Atacama, y me pareció un ejercicio maravilloso. Yo me escribo mucho con mis amigos, tenemos aún esa comunicación que parecía olvidada y que a la vez se ajusta tanto a este tiempo. Extraño mucho los encuentros, pero también observar a otras personas. El intercambio de ideas también, el cariño”.

Crédito: Archivo personal.

La suspensión de la vida social, sin embargo, le dio tiempo suficiente para retomar proyectos que tenía en mente hacía rato. Uno de ellos la tuvo escribiendo entre ocho y diez horas al día durante estos dos años de confinamiento, hasta completar tres cuadernos. Así apareció “Cuadernos de Alicia”, colección que acaba publicar el sello Ocho Libros y que en tres tomos manuscritos y diseñados por su autora -“12 juegos”, “Películas” y “Lenguaje”- pretende dejar testimonio y poner a disposición la metodología pedagógica que Alicia Vega desarrolló durante los 30 años al frente de los talleres de Cine para Niños.

“Últimamente he estado muy interesada en Humboldt, en sus estudios de la naturaleza, y también siempre he leído mucha historia. Hace poco llegó a mis manos un libro sobre una investigación de cientos de cartas recogidas de la basura que retratan la vida en el desierto de Atacama, y me pareció un ejercicio maravilloso”.

Entre 1985 y 2015, poco más de 6.500 niños de los sectores y poblaciones más vulnerables de Santiago (Huamachuco, Lo Sierra, La Legua y Lo Hermida, entre otras) y el país participaron de las sesiones que se realizaban los sábados por la mañana, muchas veces en capillas o sedes sindicales de cada barrio. Muchos de ellos nunca habían visto una película en su vida, y allí tuvieron su primer encuentro con figuras fundamentales del séptimo arte, como Chaplin, los hermanos Lumière, Einsenstein, Walt Disney y Pasolini. Hacían también trabajos manuales; taumátropos y zóotropos, y simulaban el rodaje de una película. Vega conservó todos los programas de los talleres, así como los trabajos hechos a mano de cada uno de sus alumnos.

Su hazaña y vocación quedó retratada en el documental “Cien niños esperando un tren”, dirigido además por uno de sus ex alumnos, Ignacio Agüero. En palabras de este último, los cuadernos manuscritos de Alicia Vega, cuya publicación se realiza además a través de la fundación que lleva su nombre, evidencian el “rigor de su método pedagógico, (…) y son la expresión material de su generosidad de poner a disposición de todos los profesores, educadores y cineastas que quieran trabajar con el cine y los niños, la experiencia y el aprendizaje acumulados en treinta años de talleres a través de todo el país”.

Material de clases de Alicia Vega. Crédito: Archivo personal.

Alicia Vega responde ahora:

¿Cómo y con qué materiales construyó este libro?

-En base a testimonios de todo tipo. Yo desarrollé un trabajo intensivo, con mucho rigor y transparencia en estas poblaciones marginales durante 30 años, y los hice yendo a cada territorio donde vivían los niños y sus familias. Fue un taller por año, para que todos tuvieran la posibilidad de participar, y cada programa variaba según el contexto y las condiciones. Los niños veían películas, se entretenían haciendo juegos manuales y luego creando y dibujando películas cuadro por cuadro. Fomentábamos sus propias creatividades. Todo ese material yo lo tengo archivado y lo fui revisando para escribir estos cuadernos y separarlos en tres partes o tomos: uno sobre los juegos que se hacían en los talleres, y cómo los niños los tomaron y desarrollaron; otro relativo al lenguaje cinematográfico y lo que aprendieron de la forma de expresarse a través de imágenes; y el último con las películas que los niños vieron en sus distintos años. En total, vieron 200 películas, pero yo extraje 22 que habían tenido una respuesta más decidida de parte de ellos. Incluso reproduzco algunas opiniones suyas, y sus trabajos creativos.

¿Qué película fue la más memorable o relevante para ellos?      

-Los niños recibieron increíblemente bien a Chaplin, y lo aprendieron a querer en el sentido de que ahora es totalmente anacrónico. Son películas en blanco y negro, mudas, y ellos decidieron que detrás de ese personaje que era cómico y hacía películas para hacer reír, había un ser humano que permitía respirar el mundo de los pobres, que era exactamente el mundo que los niños estaban viviendo. Aprendieron a mirar lo noble que hay en las imágenes, y ellos mismos pedían más películas suyas. Vimos muchas. Les gustaban mucho también los dibujos animados, los pedían a gritos, y recuerdo mucho también cuando vieron “El evangelio según San Mateo” (1964) de Pasolini, que duraba dos horas y media. Se las mostramos para Semana Santa, cumpliendo con algo que Pasolini quería, que era que su película se diera para esa fecha en todas las capillas del mundo. Primero les mostramos cuando nacía Cristo, pero ellos querían ver cuando lo mataban (ríe). Fue impresionante ver sus rostros hacia la escena final, cuando María ve a su hijo crucificado. Los niños no podían creer que esa mujer, esa actriz, era la verdadera madre de Pasolini. Les encantaba saber esa clase de detalles. Se sentían cómplices de lo que estaban viendo.   

Material de clases de Alicia Vega. Crédito: Archivo personal.

¿Cómo cree que el cine revolucionó las vidas de sus alumnos?

-Bueno, la pobreza es algo muy duro, una violencia permanente. Entonces, uno tenía que hacerse fuerte y enfrentar una realidad que no se puede cambiar. Ellos no estaban acostumbrados, debido a la televisión, a ver películas en grupo y a tener una sensibilidad ante una imagen potente que estaba en la oscuridad y en formato de 16 milímetros. En los talleres apelábamos a la vida interior que cada uno tiene, y a cómo puede aprender y sentir cosas que nadie les iba a poder quitar. Fuimos dándoles alimento a los niños a través de la imagen, y ellos captaron esto con una impresión y una sensibilidad maravillosa. Luego fueron transmitiendo todo lo que iban aprendiendo no sólo entre el grupo de 200 niños que había por taller, sino también en sus casas. Llegaban siempre contando a sus padres a la hora de almuerzo del día sábado lo que habían visto y hecho durante la mañana. Pasaron a ser protagonistas, porque antes eran niños que no hablaban en sus casas, o tampoco tenían de qué hablar, y ahora llevaban una magia consigo. Llevaron a sus casas estas novedades e insatisfacciones que antes eran para ellos inaccesibles, y ésa fue la enseñanza para quienes estábamos haciendo los talleres.

Y añade: “Yo siempre he trabajado con monitores que son universitarios, y el impacto fue igual para todos. Son sectores que por lo demás siguen cargando con el mismo estigma. Van a presentarse a un trabajo y no los quieren contratar en ninguna parte por venir de donde vienen. Era tan violenta esa realidad, con siete y hasta diez personas viviendo en una mediagua, y 30 años después ha continuado y se ha profundizado. En Chile la pobreza nunca desapareció. Hoy hay mucho más de cien niños esperando un tren. Es un signo de Chile, esperamos siempre y muy pocas veces llega lo que sería justo. Los niños saben desde muy chicos que no tienen expectativas en comparación con otros niños, y eso es muy duro”.

“Los niños recibieron increíblemente bien a Chaplin, y lo aprendieron a querer en el sentido de que ahora es totalmente anacrónico. Son películas en blanco y negro, mudas, y ellos decidieron que detrás de ese personaje que era cómico y hacía películas para hacer reír, había un ser humano que permitía respirar el mundo de los pobres, que era exactamente el mundo que los niños estaban viviendo”.

¿Cómo define la metodología de sus talleres?

-Como una manera de que los niños se entretengan, ésa es la primera finalidad, y de que hagan cosas de acuerdo a su edad, con materiales nobles pero muy sencillos, caseros, como papel, cartón de desecho, cajas de zapatos, etcétera. Esto es dignificar también la realidad de la pobreza, trabajar con lo que uno tiene. Yo nunca acepté que nos pasaran cámaras verdaderas para que los niños pudieran realmente grabar o filmar. Yo siempre me negué a eso porque tendría que haber estado más pendiente de las cámaras que de los niños. Cuando hacíamos cámaras de cartón, podíamos simular que estábamos haciendo un travelling o una cámara alta, y ellos se prestaban al juego. Los niños hicieron películas pero dibujándolas cuadro por cuadro, aprendieron el cine con lo que ellos eran y no con algo que es prestado y que después no lo va a ver nunca más, porque no está dentro de su realidad y difícilmente iba a estarlo. Este método es también un testimonio, pues yo fui aprendiendo de los propios niños a cómo trabajar con ellos. Me enseñaron su propio ritmo, las palabras que entendían con mayor facilidad y al poco tiempo supe que ellos eran tan habilidosos como los universitarios. Si uno les explicaba de manera sencilla algo bien complicado, lo aprendían sin problema alguno. Eso indudablemente es un método.

Alicia Vega en su taller. Crédito: Archivo Personal.

¿A quiénes les gustaría traspasar su método?

-A todas las personas que quieran replicar o crear actividades en torno al cine o la pedagogía desde distintas manifestaciones artísticas, y hacerlo en serio. La gente a mí me persigue porque me dicen que vieron “Cien niños esperando un tren”, miran los juegos que hacían los niños, las actividades, y ahora yo en estos cuadernos cuento todo eso que hicimos. Con testimonios, láminas, sesiones, está todo ahí, y cada persona puede verlo de manera integral e inspirarse en eso para hacer sus propios talleres. Yo siempre hice talleres de cine porque sabía de cine, pero pueden ser también de música, de poesía y danza. Lo importante es tener una mirada de respeto hacia quienes reciben tu trabajo. Y tener también el coraje de no faltar nunca ni de faltarle el respeto a los niños. Estas actividades y programas que a veces se implementan en poblaciones y no se cumplen, son las que han creado las brechas más grandes entre pobres y ricos.     

“Este método es también un testimonio, pues yo fui aprendiendo de los propios niños a cómo trabajar con ellos. Me enseñaron su propio ritmo, las palabras que entendían con mayor facilidad y al poco tiempo supe que ellos eran tan habilidosos como los universitarios. Si uno les explicaba de manera sencilla algo bien complicado, lo aprendían sin problema alguno. Eso indudablemente es un método”.

Su última clase la dio en 2015, en la comuna de Recoleta. ¿Qué la llevó a retirarse y cómo han sido estos seis años sin sus talleres?

-Yo voy haciéndome cargo de mi edad. Voy a cumplir 90 años, y trabajaba de 8 a 10 horas al día desde que empecé los talleres. Había que llevarles todo listo a los niños: en un sobre los cartones del tamaño necesario, las pitillas cortadas, los ganchos. Todo eso yo lo preparaba cada semana, y los monitores trabajaban conmigo los sábados, pero de lunes a viernes yo estaba revisando, sacando fotocopias, haciendo paquetitos y las colaciones para ellos. Cuando ya fui aumentando de edad, me fueron aumentando los dolores de huesos, sobre todo en mis manos. Ya no podía recortar cosas, a pesar de que tengo guillotinas y me ayudaba con máquinas. Para mí ya era muy difícil hacer tanto trabajo.

¿Cuál fue su mayor satisfacción con los talleres?   

-Después de 30 años de este trabajo se había generado un proyecto en toda su envergadura y los resultados estaban a la vista. Un día apareció una mujer que había tomado los talleres cuando chica y llevó a sus dos niños para inscribirlos. Y tiempo después, cuando llevamos una exposición de los talleres a Antofagasta (2019), aparecimos en el diario y la noticia de que íbamos a estar ahí y ese mismo día llegó un señor de unos 40 años. Contó que era profesor y que admiraba nuestro trabajo, porque él y su hermana habían tomado el taller el año 88, cuando vivían en Conchalí. Le pedí al encargado de archivos que buscaran sus trabajos y los incluyéramos en la muestra, y al día siguiente llegaron 14 de ellos. Le saltaron las lágrimas de la impresión al verlos.      

“YO NO SOY UNA ARTISTA, SOY PROFESORA”

Alicia Vega siempre estuvo más del lado pedagógico que del creativo y artístico. Formó parte de la generación del 56, la primera que pasó por el Instituto Fílmico de la Universidad Católica, que dirigía el sacerdote Rafael Sánchez. Lo asistió en el rodaje de “Las Callampas”, que retrató el origen de la población La Victoria, y fue cuando de muy joven supo que la dirección no era lo suyo. Y no se arrepiente del camino que tomó, dice.

“No me arrepiento de no haber filmado una película. Yo no soy una artista, soy profesora. Estudié cine, pero soy profesora y enseño lo que sé. Para hacer una película es necesaria la creatividad, que es un don que yo no tengo. Yo soy mucho más espectadora, y por eso siempre que veo una película mala es algo aberrante”.

Crédito: Archivo personal.

Y el cine chileno, ¿le gusta?

-No. Algunas cosas me gustan, pero en general no. Especialmente me gusta el género documental. Ahí hay creatividad y mucho interés por nosotros, por mostrarnos como sociedad e introducirse con honestidad y profundidad en los temas.

En 2019 la nominaron al Premio Nacional y no lo ganó. ¿Le interesan los premios?

-No me urge el reconocimiento. No me siento merecedora de ése ni de ningún otro premio. Lo que he hecho es porque a la gente le ha servido, y ése es mi pago.

¿Cómo cree que el cine revolucionó su propia vida, Alicia?

-Yo recibí mucho más de lo que entregué, y eso ha sido notable y una alegría. Al finalizar mis años, y al mirar hacia atrás y todo el camino recorrido, veo muy claramente que recibí muchísimo de todos mis alumnos, niños y universitarios. Con sus aportes, ellos me enriquecieron y ayudaron a mejorar cada uno de mis métodos y la forma en que me iba entregando. Ese rigor que tuve para trabajar lo tuve de la necesidad de dar lo mejor, porque la gente aún se lo merece.

“No me urge el reconocimiento. No me siento merecedora de ése ni de ningún otro premio. Lo que he hecho es porque a la gente le ha servido, y ése es mi pago”.

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