Opinión
22 de Mayo de 2026
Crítica a “The Mandalorian and Grogu”: Este es el camino, nos guste o no
Por Cristián Briones
Lo que alguna vez fue aventura y asombro en el mundo Star Wars, hoy parece una cadena de montaje emocionalmente eficiente. La nueva película "The Mandalorian and Grogu" no es el problema, sino el síntoma de un modelo donde todo debe estar conectado y, sobre todo, permanentemente vendiéndose. "¿Qué necesidad había de abandonarlos para hacer una película de tamaña pobreza cinematográfica?", escribe el crítico Cristián Briones.
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30 años atrás fueron publicados dos textos con tintes apocalípticos, sobre la muerte del cine hollywoodense tal y como lo conocíamos. “¿Quién Mató a las Películas?” del crítico David Thomson, y “Un Siglo de Cine”, de la filósofa Susan Sontag. A ambos escritos, luego se sumaría esa obra fundamental para los amantes de las películas del llamado Nuevo Hollywood: ”Toros Salvajes y Moteros Tranquilos” de Peter Biskind.
Todos estos ensayos y crónicas apuntaban, con bastantes matices y desde distintas perspectivas, a que la decadencia en la calidad de ese reducto del séptimo arte tenía muchísimos factores: la llegada de la mercadotecnia a la industria, el proceso mismo de industrialización, la toma del control corporativo de los estudios, el cambio de la cinefilia al fandom, el factor nostálgico tanto en las audiencias como en los nuevos narradores y un interesantísimo etc. Sin embargo, todos tenían un argumento en común: la debacle comienza por el éxito de dos películas: “Tiburón” de Steven Spielberg y la “Star Wars” de George Lucas.
50 años cumple “Star Wars” el próximo año. Y dudo que alguien pudiera sostener hoy que “Star Wars” mató al cine. En muchos sentidos, ha sido pieza fundamental en las formas narrativas del Hollywood moderno y en la taquilla que ahora le rige. Se puede incluso argumentar que le ha mantenido vivo. Pero algunos de los fenómenos antes descritos le fueron afectando desde el estreno de la saga original, como por ejemplo, el fandom. El mismo George Lucas se vio enfrentado a ello cuando abordó su segunda trilogía de precuelas. Star Wars ya no era de un autor. Era un fenómeno cultural. Así que hizo lo que hace un buen jugador: cobró sus fichas y se largó de Canto Bight.
14 años han pasado desde que Lucasfilm fue adquirida por Disney. Otrora un Estudio de Cine empecinado en las artes y desafíos audiovisuales, hoy una corporación que absorbe y compra propiedad intelectual como cualquier otro recurso comercializable. El aspecto creativo de ellas, está relegado única y exclusivamente a sus resultados en el informe de ganancias anual. Algo que también surgió en los textos antes mencionados: Una Industria Creativa en donde a la corporación le interesa la industria, no la creación. Están en el negocio de vender productos, no de hacer obras de arte.
Cinco películas estrenadas en los cines, con una taquilla que ocupa demasiados ceros y caracteres; 15 series exclusivas para su streaming, con altibajos en calidad, y éxito, pero con fidelización de suscriptores. Eso ha sido Star Wars en estos años. Fue ahí en donde conocimos al Mandaloriano, en una serie de episodios semanales de corte de vieja escuela, todas las semanas un pueblo / planeta nuevo, todas las semanas un villano derrotado.
7 años han pasado desde la última vez que una Star Wars fue estrenada en cines. Y vuelve con una exportación no tradicional: “The Mandalorian and Grogu“, una extensión de las tres temporadas (y alguna aparición estelar) que tuvo la serie. Serie que mientras fue su planteamiento original, estuvo en cotas altísimas. Mientras fue una narración independiente, una historia en el Universo de Star Wars, más no necesariamente una historia del Universo de Star Wars, tuvo momentos brillantes. Incluso cuando empezó a meterse en ese universo, en ese canon, lore, o cualquier otro término al que se recurra para plantear que todo debe estar conectado en esa narración, salió especialmente airosa. Al menos hasta el final de la 2da temporada. Después vino la debacle. Todo debía estar conectado, nuevas series debían ser lanzadas, nuevos productos debían mantener las suscripciones, Yoda Guagüito debía seguir vendiendo merchandising. Lo vimos claramente en la 3ra temporada.
“The Mandalorian and Grogu” es una extensión de esto último. Es ese aspecto de su propio producto televisivo. Lo cual es sumamente válido. No tiene por qué tener aspiraciones cinematográficas como tal. Pretender “Ser Cine”. Pudo ser una temporada apretada en poco más de dos horas en donde Din Djarin y Grogu vayan de un planeta a otro viviendo aventuras con mucha acción y criaturas fantásticas en escenarios fascinantes. Y que cuando termine, haya avanzado un tanto en sus desarrollos como personajes. Pudo ser una historia narrada de manera mínimamente competente sin abordar ningún tema, ni social ni emotivamente profundo. Ser un buen producto para la corporación. Uno que se venda mucho. Esto, no sólo es efectivo en estos tiempos, es, aparentemente, lo correcto en este mercado.
Obvio que hay ejemplos en que ambos aspectos, el creativo y el industrial, pueden ser compatibilizados. El Cine, como aspiración artística, puede existir en una industria de consumo. Narradores como Dennis Villeneuve haciendo “Dune” o Matt Reeves haciendo su “The Batman“, así lo demuestran en este último lustro. Pero eso también puede ser descartado y desear tener un producto de alta calidad. Es válido no tener esa intención cinematográfica.
La misma televisión no es Cine, por mucho que “Twin Peaks” o “Los Sopranos” reciban el apodo de “película en muchos episodios”, no lo son. La construcción episódica televisiva tiene sus méritos muy bien ganados. El mismo Mandaloriano así lo hizo. Desarrolló a sus personajes, les dio motivaciones, tuvo apariciones estelares que vivieron momentos brillantes. Todo esto en un universo en donde había sables de luz y existía la Fuerza, resabios del Imperio, de los rebeldes, y todo el etc necesario y que funcionaba a la perfección semana a semana. Entonces, ¿qué necesidad había de abandonarlos para hacer una película de tamaña pobreza cinematográfica?
Bueno, “Stacy Malibú viene con un sombrero nuevo”. Lo “nuevo” es entregado de manera permanente. La necesidad corporativa es que el consumo no se detenga. Y acá es donde más se enfrentan Fandom vs Cinefilia. El primero quiere volver siempre a aquello que lo hizo fan, el segundo quiere apreciar la forma narrativa en sí misma. “La cinefilia está muerta” es parte de los textos mencionados al principio. Revisen Twitter y vean las cuentas denominadas “cinéfilas” dando reportes de taquilla, rumores de fusiones corporativas o filtraciones intrascendentes. No es un sólo aspecto de la industria creativa. Es el entorno completo. “The Mandalorian and Grogu” es tan sólo un síntoma de ello.
Lo más lamentable, es que las historias del Mandaloriano tenían mucho más potencial. Pero las necesidades de la corporación son otras. “Mandalorian and Grogu” tiene que conectar con la trilogía original, y para ello incluir personajes y apariciones; y con la trilogía de las secuelas, y para ello debe atisbar el camino narrativo al fin definitivo del Imperio y el surgimiento de la Nueva Orden; debe referenciar a las series de animación, y por ello uno de los personajes que persigue a nuestra querida dupla, será uno surgido desde ahí; tiene que crear personajes para la próxima tanda de figuras de acción, por sobre todo, Yoda Guagüito necesita un nuevo traje. Aparentemente, lo que quiere el fandom.
¿Se puede hacer todo esto y además contar una buena historia? ¿Conectar emocionalmente con la construcción de los personajes? ¿Sentir que lo que estamos viendo es realmente nuevo? Sí, se puede. Se necesita un narrador excepcional para ello. Y Jon Favreau no lo es. Es un director efectivo, pero acá definitivamente no está a la altura. Y ni hablar de Dave Filoni, que la promesa de su próxima toma de riendas de Lucasfilm, es preocupante, por decir lo menos.
El problema, o ya ni siquiera eso, es que este es el estado de la industria. Es un hecho de la causa. Puede que lleguen mejores narradores. Puede que haya otras apuestas. Pero siempre, toparán con la muralla infranqueable de la mesa del directorio de la corporación que sólo mirará una planilla y decidirá qué se le puede vender más a la audiencia fidelizada. Qué renta más. Y con los subordinados en cargos supuestamente creativos. No hay espacios para correr riesgos y “entregarle al público lo que necesita, aunque no sepa que lo quiere”.
Este es el camino, y no nos está llevando a ninguna parte.



