Columna de Rafael Gumucio: Narciso en el espejo

Es evidente que Daniel Jadue y Sebastián Sichel no son lo mismo, aunque los dos usen la misma barba de tres días y la misma actitud de “aquí me las traigo Peter”. Jadue es comunista y Sichel ya no se sabe qué lo que es. Es una pena que lo dos sean insoportables.

No sé todavía por quién voy a votar en las presidenciales, pero sé cada vez con más certeza por quién no voy a votar. O más bien sé que entre todos los que no voy a votar -nadie de derecha para empezar-, quiénes me resultan especialmente sintomáticos del momento en que estamos viviendo.

Es evidente que Daniel Jadue y Sebastián Sichel no son lo mismo, aunque los dos usen la misma barba de tres días y la misma actitud de “aquí me las traigo Peter”. Jadue es comunista y Sichel ya no se sabe qué lo que es. Uno agradece la claridad del primero, aunque adherir tan rotundamente a un conjunto de ideas que han provocado tanta miseria y dolor donde se han aplicado resulta al menos preocupante. Siendo sincero, a mí me alarma menos que sea comunista (nadie es perfecto), a que lo sea con esa rotundidad sin duda, siempre y todo el tiempo, hasta el cansancio. Lo mismo pasa con su antisemitismo, un prejuicio abyecto de por sí, que resulta aún más nauseabundo gracias a la manera obsesiva que lo aplica a todas las salsas y explica todo y cualquier cosa con la palabra “Israel”.

Daniel Jadue Jadue Jadue Jadue (hasta el infinito) no fuma, no toma y no se sabe si baila apretado. Uno podría agradecer su pureza si uno sintiera que no es otra cosa más que un síntoma de su infinita paranoia. En toda y cualquier situación se ve siempre a sí mismo perseguido por el Mosad, los grandes empresarios, los Estados Unidos y todos los poderes fácticos al mismo tiempo. Su comunismo es de un narcisismo invencible, muy lejos de la modestia de Luis Corvalán o de la brillantez intelectual de un Volodia Teitelboim. Muy lejos también de la generosa entrega de Glady Marín, de la que si imita la total ceguera táctica y el empeño mesiánico que tan mal les hizo a los comunistas de los ochentas y los noventas (y tanta sangre costó).

Sus seguidores en las redes sociales tienen la misma impaciencia, el mismo desdén, la misma voracidad destructora, la misma incapacidad total para escuchar a nadie que no sea el único líder. Y claro, nada tiene de especial que un candidato comunista quiera controlar la prensa, y quizás sería hasta bueno que alguien velara por su pluralismo y sus intereses cruzados, pero pensar en Jadue o algún subJadue llamándote para quejarse de lo que escribiste, pone los pelos de punta a cualquiera que crea en la libertad de prensa.

Su comunismo es de un narcisismo invencible, muy lejos de la modestia de Luis Corvalán o de la brillantez intelectual de un Volodia Teitelboim. Muy lejos también de la generosa entrega de Glady Marín, de la que si imita la total ceguera táctica y el empeño mesiánico que tan mal les hizo a los comunistas de los ochentas y los noventas (y tanta sangre costó).

El narcisismo de Sebastián Sichel es más clásico. Sichel se cree simplemente un elegido sin por ello esperar ser una víctima también, como espera Jadue. Pero como Jadue, él y sólo él salió de la pobreza, él y sólo él luchó para llegar donde llegó, él y sólo él merece estar donde está. ¿Dónde está? Ni él lo sabe. Fue demócrata cristiano el tiempo que le sirvió serlo, y después de Andrés Velasco, al que acuchilló por la espalda sin el menor escrúpulo cuando ya no le servía. Fue ministro de Piñera, pero no tiene empacho en decir que estuvo en contra de todo las medidas impopulares del presidente y a favor de todas las pocas populares. Los ricos saben que no es de los suyos, dice, pero no tiene empacho en recibir toda la ayuda del mundo de ellos. Salió del Banco del Estado entre aplausos propios justo antes de que el banco enredara todo pidiéndole a la gente renovar sus tarjetas. No podía no saberlo, pero vive como si no supiera nada.

Sichel se cree simplemente un elegido sin por ello esperar ser una víctima también, como espera Jadue. Pero como Jadue, él y sólo él salió de la pobreza, él y sólo él luchó para llegar donde llegó, él y sólo él merece estar donde está. ¿Dónde está? Ni él lo sabe.

Su programa no es más que un reciclaje del típico programa de derecha de comienzo del 2000, con una pizca de acento social a la octubre. En él, el Estado lo hace todo mal y los privados todo bien. Quiere el estado de sitio en la Araucanía, pero es de centro. Cuando se le pregunta ¿en qué?; responde con su historia de vida: sabe cómo se hace cola en los consultorios, cuánto cuesta un kilo de pan, cuán difícil es, o era, ser hijo natural en Chile. Es su único argumento de fondo, su propia vida. No se da cuenta de que su historia más que la de un esforzado hijo de la clase de media es la de winner que siempre supo arribarse al árbol más florido y tuvo la única audacia de mover su tronco algunas veces para que le llegara a las manos la fruta madura.

Es una pena que los dos sean insoportables, porque se trata de tipos capaces, inteligentes, cultos y con múltiples e innegables méritos personales y políticos. Dos personas visiblemente serias, dos varones que representan, y es quizás el primero de sus problemas, lo peor de la masculinidad, la testarudez, la pillería, la incapacidad de escuchar y la de hacerse cargo de sus errores. Si algo ha servido la revolución feminista es a detectar ese tipo de miembros de la especie. Lo que no ha logrado, visiblemente, es que éstos cambien.

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