Columna de Diana Aurenque: Debates, periodismo y silencios

¿Cabe que un periodista plantee, en un debate presidencia, preguntas a un candidato sobre su diagnóstico de un trastorno sicológico? ¿Preguntas donde lo privado pasa a ser materia de escrutinio público? Si bien algunos consideran que el deber del periodismo es preguntar todo, y así servir al interés público, esto no es tan simple.

A propósito de las elecciones primarias, hemos observado a los presidenciables, de izquierda y de derecha, intentar responder a las diversas preguntas que los y las periodistas les plantean. Y en esto, no sólo es interesante analizar las respuestas -y silencios- de los interrogados, sino también reparar en las preguntas de sus interlocutores: aprovechar de pensar un poco más sobre el periodismo y su rol, justo a pocos días de conmemorar su día.

Partamos por un ejemplo: la pregunta del destacado periodista Santiago Pavlovic a Gabriel Boric. La interrogante causó molestias porque, en cierto modo, ponía en tela de juicio la capacidad para gobernar de Boric en vistas de su Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC); un diagnóstico declarado por él mismo. Pero ¿se justifica la irritación en redes sociales? ¿No debe un candidato a un cargo publico de tanta responsabilidad ser examinado respecto de su salud mental?

A simple vista la interpelación suena pertinente. Pues ella cuestiona, en el fondo, si un candidato posee las competencias que permitan la conducción de una nación; algo no menor. Pero, ¿es un diagnóstico de un trastorno psicológico razón suficiente para insinuar que una persona no sea idónea para liderar un país? Siendo francos, en un país donde, por una parte, la salud mental ha sido un tema completamente olvidado en las políticas de salud pública; y, por otra parte, donde producto de la pandemia una gran parte de la población declara sentirse afectada y peligrada en su salud mental, ¿es una pregunta justa?, ¿podemos pedirles mucho más a los y las candidatas?, ¿queda alguien realmente “sano”?

Adicionalmente, la pregunta confunde y estigmatiza. Tener un diagnóstico de un desorden o trastorno psicológico, no es lo mismo que tener una “enfermedad mental”. Tampoco significa “ser” el diagnóstico. Quien recibe diagnóstico obtiene una explicación de algo que le afecta, por lo general en su funcionalidad social esperada, para obtener así una orientación (tratamiento) que le permita desenvolverse ante las dificultades detectadas. En eso, no hay nada dificultoso. Preocupante es no diagnosticarse y no tratarse.

Siendo francos, en un país donde, por una parte, la salud mental ha sido un tema completamente olvidado en las políticas de salud pública; y, por otra parte, donde producto de la pandemia una gran parte de la población declara sentirse afectada y peligrada en su salud mental, ¿es una pregunta justa?, ¿podemos pedirles mucho más a los y las candidatas?, ¿queda alguien realmente “sano”?

¿Cabe entonces que un periodista plantee preguntas como estas en un debate presidencial? ¿Preguntas donde lo privado pasa a ser materia de escrutinio público? Si bien algunos consideran que el deber del periodismo es preguntar todo, y así, servir al interés público, esto no es tan simple.

Albert Camus, ensayista, filósofo y también periodista, escribió en 1939 “El periodismo libre”. El texto desarrolla diversas ideas de un gran valor para pensar el periodismo desde un plano ético. Además de resaltar la importancia de la honestidad intelectual, la crítica o la advertencia de caer en sensacionalismos, hay una indicación clave: “Un periodista, en 1939, no se desespera y lucha por lo que cree verdadero como si su acción pudiera influir en el curso de los acontecimientos. No publica nada que pueda excitar el odio o provocar desesperanza. Todo eso está en su poder”. Aquí Camus no quiere decir que el periodista no deba informar sobre la verdad de determinados sucesos, sino más bien invita a tres cosas: prudencia, distancia y responsabilidad.

En efecto, el periodismo tiene un poder fundamental en la generación de expectativas, deseos, intereses o incluso sentimientos en la ciudadanía. Porque en cualquiera de sus formas contribuye a la formación de opinión pública. Así, las preguntas de los y las periodistas en debates políticos, pueden ser decisivos a la hora de moldear (o manipular) nuestras visiones. Por eso, en el periodismo, los idearios personales deben ser secundarios, y el interés debe primar en identificar y seleccionar los temas que realmente interpelan a la mayoría.

Así, no sólo Pavlovic erró en su pregunta. También quienes con largas preguntas se toman más tiempo y protagonismo del que tienen los mismos entrevistados para articular sus respuestas. Pues, corresponde que el foco no esté puesto en quien consulta, sino en lo que y en cómo consulta: ojalá con una simplicidad pertinente, sensible a los cuestionamientos realmente cruciales.

Pero, así como en estos debates hay desaciertos periodísticos, también debemos alegrarnos de sus grandes momentos. Como cuando Daniel Matamala, en una pregunta breve, sin vanidad alguna, invita a los candidatos por Chile Vamos a contarnos sus propuestas en materia de reparación y Derechos Humanos. El silencio por parte de los candidatos dijo más que cualquier palabra; un silencio que ojalá se torne un bullicio en las cabezas y en admiración profunda ante las buenas preguntas y el buen periodismo.

Así, no sólo Pavlovic erró en su pregunta. También quienes con largas preguntas se toman más tiempo y protagonismo del que tienen los mismos entrevistados para articular sus respuestas. Pues, corresponde que el foco no esté puesto en quien consulta, sino en lo que y en cómo consulta: ojalá con una simplicidad pertinente, sensible a los cuestionamientos realmente cruciales.

*Diana Aurenque es filósofa. Directora del Departamento de Filosofía, USACH.

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