Hernán Rivera Letelier, escritor: “Perdón por dejarles el planeta hecho mierda”

Acaba de publicar su última novela El secuestro de la hermana Tegualda. Acá, desde Antofagasta, habla de su libro, de su obsesión por escribir, de las palabras que olvida por el Párkinson, de las palabras que jamás olvida, de las críticas, de los elogios, de la vida y la muerte.

Es aún un minero que, apenas abre un ojo, se dirige al teclado y fabrica una historia. Tiene 71 años, engendró cinco hijos con María Soledad, el amor eterno, y ahora, a solas, ha engendrado su novela número veinte. Vive feliz con su mundo interno: escribe, toma té, toma mate, ama salvajemente a un señor llamado Juan Rulfo, en los días de audacia se viste con chaquetas de cuero, calza a veces unas botas decoradas con el fragmento de una serpiente, tiene el aspecto masculinizado de un conductor de motos, de un duro con arrugas obtenidas en un yacimiento. Acaba de publicar otro libro, tal vez otro best seller: El secuestro de la hermana Tegualda, otro relato de cariz policial desértico ambientada en el norte. Y entonces lo llaman periodistas desde todas partes:

-¿Qué piensa de la Constitución?- le lanza alguien.

-Los ricos meterán la cola.

-Cuente algo emocionante…- lanza otro.

-Escribir para mí es como respirar- cuenta el escritor.

-¿A qué se ha dedicado?

-No puedo pasar un día sin escribir.

La prensa ríe, celebra, se preocupa. Le exigen una frase atrevida, una provocación, le avisan por favor que prepare una genialidad porque va a salir en vivo. 

-Jajaja- ríe Hernán.

-Jajaja- ríe, al aire, Matías del Río.

Y la tarde del lunes justamente le suena el teléfono al artista.

-Aló- murmura agotado desde Antofagasta.

-¡Quisiera conversar con usted, señor Rivera Letelier!- el reportero, excitado como todos, le planta un grito en el celular.

-Hable con la editorial, por favor.

Su voz tenía –no tanto, un poco, tal vez por la hora- un tono más cortante. Él toma pastillas para el Párkinson -que padece hace ocho años- a diario, a la hora acordada, sin fallas, para suavizar la rigidez. Tiene controlado los temblores. Pero un día, no sabe cuándo, sabe que se pondrá a temblar.

Escribir para mí es como respirar.

-Hablar con la editorial demorará todo…- negocia la prensa.

-Un abrazo- y él apaga el teléfono.

El reportero, según parece, llegó justo a destiempo: el escritor había hablado demasiado. No le quedaban más palabras. Ya le habían enfocado esa carcajada en TVN, junto a Del Río. Ya había opinado de lo que sabía y de lo que ignoraba. En fin. El escritor, propone la editorial, sólo está apto para responder por escrito. Accede a un cuestionario que le pueden mandar y él se compromete a resolverlo con agilidad.

Por supuesto, que así sea.

Es la figura del momento, el estreno literario del semestre. Hablamos de un hombre que ha ganado veintiséis premios de poesía, nueve premios por sus novelas, fue condecorado Caballero de la Orden de las Artes y Letras en Francia, ganó el Premio Alfaguara el 2010. La estrella despeinada de la Pampa, el héroe de rulos. El amateur que componía poemas en los prostíbulos. El sencillo nortino que, gracias a la literatura, y como él ha dicho, pasó de proletario a propietario.

De manera que es un escritor que todas las dudas las puede resolver lúcidamente por escrito.

Al día siguiente, en el mail personal de Hernán Rivera Letelier, en medio de los elogios o tal vez de los dardos, figura un mensaje desesperado que contenía un total de cuarenta y ocho preguntas.

48 respuestas

-¿El último libro siempre es el mejor que se ha escrito?

Y sin demora él se larga a responder.

-Es lo que yo creía, hasta que cumplí los 70.

-¿Qué es lo más atractivo de escribir una novela con trama policial?

-Encontrarle el título preciso.

(La novela, sabemos, se llama: “El secuestro de la hermana Tegualda”. Y la vuelve a protagonizar el personaje llamado Tira Gutiérrez, un investigador empeñoso, de aspecto convencional, sin musculatura, ni con el labio pegado a un cigarrillo. Y Tira busca a su enamorada, Tegualda)

-¿El Tira Gutiérrez y usted se llevan bien?

-Él tiene mucho de mí, yo tengo mucho de él. Él tiene cosas que yo no quisiera tener, yo tengo cosas que a él le sentarían mal. O sea, somos el uno para el otro.

-¿A usted le hubiese gustado ser tira?

-Yo soy esencialmente pacifista. Manso como perro de casa.

-¿Por qué gozó tanto la escritura de este libro?

-Esencialmente porque me eché a correr junto al Tira por las calles de mi ciudad. Descubriendo detalles que no conocía. 

-¿Todavía siente que escribir es lo que lo hace un hombre feliz?

-Ahora lo siento más que nunca.

(No para de afirmarlo: escribir es respirar.)

-¿Es usted el hombre más feliz del mundo?

-De mi mundo, que tiene un solo habitante.

-¿Hay críticas negativas que lo bajonean?

(Las críticas, en muchas ocasiones, lo han tratado mal: Patricia Espinosa una vez dijo “su valor literario es nulo”.)

-Las críticas negativas las mastico, y si tienen algo de vitaminas las aprovecho. Lo demás lo escupo, pues si me lo trago me enveneno.

Yo soy esencialmente pacifista. Manso como perro de casa.

-¿Hay críticas positivas que lo exaltan?

(También las hay: una vez un crítico argentino lo tildó, alucinado, como un García Márquez cubierto de cobre.)

-Las críticas positivas me las echo a la boca, las saboreo y también las escupo, si me las trago me hinchan.

-¿El llamado mundillo de la literatura le parece interesante?

-Solo cuando hablan de mí.

-¿Se vincula con los escritores?

-Tarde mal y nunca. Y con muy pocos.

(Es amigo de Jorge Montealegre, de Claudio Bertoni y muy pocos más. No va a cócteles. No va a ninguna parte.)

-¿Qué es la literatura chilena?

-Una pléyade (perdón por la palabrita) de buenos poetas.

-¿Qué es lo más extraño de escribir libros?

-En mi caso, eso mismo: escribirlos. Aún no sé cómo los escribo.

(La verdad es que este hombre escribe quince horas al día.)

-¿Jorge Edwards es un escritor magnífico?

-Que yo sepa, aún no ha conquistado a los persas.

-¿Cree que, como dicen varios expertos, Alejandro Zambra es el mejor escritor chileno del momento?

-Para los lectores que lo admiran, por supuesto.

Las críticas negativas las mastico, y si tienen algo de vitaminas las aprovecho. Lo demás lo escupo, pues si me lo trago me enveneno.

-Tres escritoras/es del mundo, de hoy, con los que le gustaría ir a tomarse unos tragos y, tal vez, perder la compostura.

-No me tomaría nada con escritora/es de hoy: son aburridísimos.

-¿Prefiere ganar el Premio Nacional o prefiere batir un récord de ventas? ¿La gloria o el dinero?

-Si lo uno viene ligado con lo otro, tanto mejor.

-Sus detractores dicen que siempre escribe de lo mismo, ¿le parece que tienen razón? ¿o le parece que no detectan las innovaciones que realiza?

-Si se piensa bien, todos escribimos siempre de lo mismo. Así como yo no salgo del desierto y no me desprendo de mis personajes periféricos, otros no salen de la ciudad y no se desprenden de sus personajes sofisticados. 

-¿Le gustan los adjetivos calificativos?

(Es una de las críticas que se le realiza: el excesivo adorno verbal.)

-Era un adicto, de a poco he ido dejando esa droga. Aunque aún tengo mis recaídas.

-¿Quién quiere que lo lea?

-Si es por querer, todo el mundo.

-¿Qué ha aprendido con la pandemia?

-Que el encierro puede ser, o una escotilla que te baje a los infiernos o una claraboya que te suba a la inspiración y a la creación, ya sea artística, o de cualquier índole. 

-¿Cuál es, a su juicio, el sentido de la vida?

-El sentido de la vida es el sinsentido.

No me tomaría nada con escritora/es de hoy: son aburridísimos.

-¿Qué cosas ya le están impedidas por el Párkinson?

-Bailar ritmos locos. He regresado a los lentos.

-¿Se frustra con el Párkinson? ¿Ha tenido una explosión rabiosa por padecer el Párkinson, es decir, tirar las cosas al suelo, desafiar a Dios, ofender a familiares, maldecir sin control? 

-Soy un parkinsoniano, no esquizofrénico.

-Ha señalado que algunas palabras se le olvidan con el Párkinson, ¿recuerda cuáles son?

-…se me olvidaron… 

-¿Qué palabras jamás se le olvidan?

-Huevón, cabrón, hijo de puta. 

-¿Cuál es la diferencia entre un contador de historias y un escritor?

(Hernán dice que es un contador de historias.)

-El escritor para escribir apela a la filosofía, a la inteligencia, a la erudición -o sea, se contempla el ombligo-, el contador de historias simplemente cuenta historias.

-¿Por qué considera que Mon Laferte es la mejor cantante del mundo en la actualidad?

(Lo dijo hace un tiempo, en un arrebato musical.)

-Por la misma razón que hay otros que dicen que Alejandro Zambra es el mejor escritor de Chile: porque así lo siento y así lo digo.

-¿Usted habría sido un buen diputado?

-Por lo menos hubiese tratado de ser una piedra en el zapato para algunos.

(Hernán fue candidato a diputado el 2005, por el Distrito 4 –Antofagasta, Mejillones, Sierra Gorda y Taltal. Fue apoyado por la entonces Concertación Democrática. Obtuvo 21.876 votos. Obtuvo el tercer lugar. No resultó electo.)

-¿Qué lo llevó a postular al Parlamento?

-Me pillaron en el minuto huevón. Pequé de ingenuo. 

-¿Qué le diría a Sebastián Piñera en una reunión a solas?

-“Usted, señor Piñera, dice ser creyente, por lo tanto cree en las palabras que pronunció Jesús… ¿No le da un sustito la parábola del rico y el camello tratando de pasar por el ojo de la aguja?” 

-¿Qué le diría a Patricia Espinoza, la crítica literaria, en una reunión a solas?

-A ella y a todos los críticos (excepto a los que me han tratado bien), que no escribo para ellos, sino para sus mamás.

-¿Qué le diría a Andrónico Luksic en una reunión a solas?

-Que me hiciera un préstamo rápido.

-¿Con qué frase agradecería el Premio Nobel?

-Esta es una pregunta pichulera.

(Creemos entender que Hernán no ve posible ganar el Nobel.)

-Esto solemos preguntarlo, pero siempre es necesario… ¿Qué frase sueña con leer en la Constitución?

-“El Premio Nacional de Literatura vuelve a ser anual”. Esto porque muchos escritores buenos se han ido sin ser premiados como Enrique Lihn, Jorge Tellier, Pedro Lemebel, etc. Por supuesto que este sueño está pensado para ver si alcanzo a sacar una tajada.

-¿Ha dejado alguna novela sin terminar?

-Todas. Todas pudieron ser más corregidas. Una novela jamás se termina, una novela es perfectible hasta el infinito. 

-¿Qué escritor de la historia le hubiese gustado ser?

-El Arcángel Gabriel. 

-¿Qué le queda por vivir?

-Lo que me queda por vivir es la muerte.

-¿Qué ha sido lo mejor que le dio la vida?

-El sentido del humor.

-¿Y qué fue lo peor?

-El sentido común (tantas locuras que no me ha dejado hacer).

“Usted, señor Piñera, dice ser creyente, por lo tanto cree en las palabras que pronunció Jesús… ¿No le da un sustito la parábola del rico y el camello tratando de pasar por el ojo de la aguja?”. 

-¿Está conforme?

-No hay más remedio.

-¿Está dolido?

-Lo tomo con humor.

-¿Se sigue riendo?

-Nunca he parado de reírme. Ni siquiera en los 45 años que estuve en ese purgatorio que es el desierto de Atacama.  

-Si a través de usted hablara el Tira Gutiérrez, ¿qué diría de Hernán Rivera?

-“Pude haberle quedado mejor al cabrón”. 

-¿Qué está mirando en estos momentos?

-La palabra momentos.

-Describa su vida.

-Una caída libre desde un edificio patas arriba. Ya voy en el piso 71.

-Describa su hipotética muerte.

-Me sale un estertor, dejo de respirar, me pongo tieso, me enfrío.

Una novela jamás se termina, una novela es perfectible hasta el infinito. 

-Una frase para legar a la humanidad.

-Perdón por dejarles el planeta hecho mierda.

(…)

Y ahí Hernán Rivera Letelier deja de escribir.

El último llamado

Este escritor está cansado, tiene Párkinson, a veces tiembla, a veces olvida las palabras. Pero siempre trata de escribir.

Y por alguna razón quiso conversar por escrito. Tal vez porque le sale más fácil. Tal vez porque aún puede. Tal vez porque así es más libre. Como sea, el reportero, en lo que podía ser una impertinencia, lo llama otra vez.

-Aló- es la misma voz de la otra vez, desde Antofagasta.

-Señor Rivera Letelier, acá la prensa…- dice el reportero, desde Santiago.

-Ya- acota él, práctico.

Y agrega:

-Te mandé la cosa… ¿Te llegó? Yo no me manejo con este bicho…

El bicho es la computación.

-Sí, señor, llegó. Le quería dar las gracias.

-Ya.

Lo que me queda por vivir es la muerte.

-¿Cómo cree que estuvieron sus respuestas?- preguntamos.

-Mis respuestas estuvieron súper buenas…jajaja.

-Jajaja.

El reportero también ríe.

Y no se dicen más. Ya todo está escrito.

Y entonces, ahora sí, oficialmente, ambos terminan de conversar.

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