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Cinco analistas responden: ¿Cómo cambió Chile después del estallido?

Un ambiente de incertidumbre, más progresista, politizado y polarizado son solo algunas de las reflexiones de cinco expertos sobre el Chile de hoy, a dos años del estallido social.

El 18 de octubre de 2019 marcó un antes y un después en la vida pública chilena. Gatillado por un incremento de 30 pesos al costo del pasaje para acceder al transporte público capitalino, un masivo movimiento de protestas rápidamente se transformó en una expresión de descontento generalizado hacia el sistema. De ahí surge la emblemática frase, que aún resuena en las calles, “no son 30 pesos, son 30 años”.

Muchas cosas han cambiado desde ese hito. Más allá de la pandemia de Covid-19, que reformuló forzosamente todas las interacciones sociales, se instaló una Convención Constituyente con el complejo mandato de redactar una nueva Constitución Política para Chile. Quizás fue sólo una coincidencia por el avance de la agenda, pero la Convención decidió comenzar la discusión de fondo sobre los contenidos de la Carta Magna este lunes 18 de octubre, fecha cargada de un simbolismo que difícilmente se perderá con el tiempo.

A dos años de la chispa que encendió el estallido social, pareciera que la percepción de la ciudadanía sobre algunos temas también ha cambiado. Según una encuesta publicada por el Centro de Estudios Públicos (CEP) a mediados de septiembre, un 30% opinaba -en agosto de 2021- que la democracia en Chile funcionaba “mal” o “muy mal”. Esta cifra alcanzaba un 47% en diciembre de 2019.

Encuesta CEP 85

El mismo sondeo plantea que existe un cambio con respecto a los efectos que se espera podría tener una nueva Constitución. En agosto de 2021, un 49% respondió que esta “probablemente ayude a resolver los problemas” de Chile, frente al 56% que opinaba lo mismo en diciembre de 2019. Asimismo, en agosto un 15% consideró que “probablemente empeore la situación actual”, opción por la que, hace dos años, se decantaba un 6% de los encuestados.

Encuesta CEP 85

¿Cómo es el Chile en el que vivimos hoy? ¿En qué sentido ha mutado el país desde una coyuntura que define nuestra historia reciente? Estas y otras preguntas fueron propuestas por The Clinic a una serie de analistas, quienes entregaron su reflexión al cumplirse el segundo aniversario del 18-O.

EL PAÍS QUE TENEMOS AHORA

Para Kenneth Bunker, académico, columnista y director de Tresquintos, estamos frente a un “país absolutamente diferente al que teníamos antes. Yo creo que el estallido social apuró de forma dramática muchos procesos sociales, políticos y económicos que quizás estaban en el tintero”.

Bunker opina que “el país es mucho más liberal, más progresista de lo que era”, con un “fuerte giro a la izquierda, que se siente (…). Creo que una de las cosas que caracterizaba a Chile en los años anteriores es que había un gran centro que parecía ser muy abierto a ser convencido por distintas ideas políticas (…), un centro que se puede mover para la derecha y para la izquierda”, dice, citando como ejemplo la doble presidencia tanto de Michelle Bachelet como de Sebastián Piñera.

Ernesto Águila, analista político y académico de la Universidad de Chile, explica cómo el 18-O “abrió un momento histórico que se mueve en diversas velocidades y capas”, que derivó en un “cauce institucional a través del proceso constituyente. Pero otra parte de la energía sigue sin encontrar respuesta”. Por lo mismo, cree que “el desenlace está aún abierto”. “Si bien es un movimiento histórico que empuja, hasta ahora, salidas de avanzada o progresistas, también tiene en potencia una lectura conservadora y autoritaria, de extrema derecha. El cambio y sus incertezas puede trucar la esperanza en miedo”, sintetiza.

“Post 18 de octubre se democratizó la incertidumbre”, comenta, por su parte, Juan Pablo Luna, académico de la Universidad Católica e investigador del Instituto Milenio Fundamentos de los Datos. “Quienes sentían que vivían en un oasis hoy ven el desierto de frente. Quienes estaban en el desierto, siguen ahí (…). El resto sigue transitando un camino árido, en un desierto que se ha vuelto aún más seco, por la crisis social desatada por la pandemia, por la carestía, y por las debilidades de una institucionalidad estatal que cuando está presente, usualmente trata mal”, agrega.

En ese sentido, Luna apunta a que, en el Chile post 18-O, “contamos con una oportunidad de renegociar los parámetros de una salida colectiva de ese desierto. Es una oportunidad tenue y frágil, pero aún está abierta, en una sociedad que ha vuelto a descubrir ciertos sentidos colectivos que estaban consumidos por el individualismo, la desesperanza de muchos y la complacencia de otros”.

Plaza de la Dignidad, 25 de octubre de 2019, durante la “Marcha del Millón”. Crédito: Agencia Uno.

Al intentar describir el Chile de hoy, Josefina Araos, historiadora e investigadora del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), observa “un país en que de forma repentina y violenta terminaron de destaparse oscuridades, abusos intolerables que sabíamos que estaban, pero preferíamos obviarlos. Lo complejo es que la luz que iluminó esa realidad por momentos nos enceguece por completo, y entonces se hace difícil distinguir lo bueno en medio de todo. Y la tragedia es que eso hace concluir a muchos que no hay nada valioso que cuidar del presente, de lo que se ha reducido al slogan de los ‘30 años’”.

Según Araos, el “despertar” de Chile -“si es que hubo alguno”-, puede generar una conciencia que “descansa en un estallido que fue violento en su origen, y que instala la idea de que era necesario algo así para que la política reaccionara. ¿Cómo lidiar con esa hipótesis, que arriesga asignar un lugar positivo a la violencia en los procesos políticos?”. En esa línea, identifica la importancia del debate sobre el origen del proceso constitucional, definiendo dos vertientes: el acuerdo del 15 de noviembre o el estallido del 18 de octubre. “Si gana lo segundo, corremos el riesgo de no lograr reconstruir nada, sino simplemente desmontar”, argumenta.

IMPACTO EN LA FORMA DE HACER POLÍTICA

Con respecto a un fenómeno político que se mantiene hasta ahora, “el estallido rompió cualquier posibilidad de que el programa de gobierno de Piñera se llevara a cabo”, dice Claudio Fuentes, académico de la Universidad Diego Portales e investigador del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR). “El gobierno tuvo que cambiar su agenda y estrategia, terminando muy debilitado, sin capacidad de actuar y reaccionar a lo que estaba pasando en el país”.

“Hace tiempo que las élites políticas perdieron más que sintonía. No tienen redes de intermediación. Ese es el problema. No hay una estructura que vincule a los territorios, los actores sociales. Digamos, a la calle con las estructuras de partidos”, opina Fuentes. “Después del 18-O no van a recuperar este vínculo. No lo tienen, ya lo perdieron. Y lo único que hay es el intento de vincularse a través de las acciones políticas”, añade, ejemplificando con los retiros del 10% de los fondos de las AFP, como un “tipo de respuesta a las demandas sociales a partir de proyectos de ley”.

“Algo que confirmó el estallido es el quiebre entre política y sociedad (…). Después de dos años, la fractura sigue tan abierta como al comienzo.”, comenta Araos. Calificando el acuerdo del 15 de noviembre como un “pequeño destello” de reencuentro entre política y sociedad, dice que “la política parece estar igual o más perdida que al inicio frente a la pregunta respecto de qué otros recursos hay para que ese acuerdo no sea apenas una excepción. Iniciativas como los retiros previsionales ilustran esto a la perfección: son manotazos de ahogado de una clase política desesperada por reencontrarse con una ciudadanía que la desprecia, y que por más dinero con que intente comprarla sigue sin creerle nada”.

Con respecto a lo que Luna llama “política tradicional”, el académico apunta a que “el mayor cambio es reciente, y tiene que ver con el desfonde de las apuestas por una derecha moderada, desde la derecha social de Ossandón y Desbordes, hasta la apuesta antipolítica e ‘independiente’ de Sichel, pasando por Evópoli y su hasta ahora fracasado intento por ser más que los hijos cool de la UDI”.

Luna cree además que ha cambiado “la relación de la gente con la política, especialmente en sectores medios y en los jóvenes de sectores populares”. Centrándose en este último grupo, los jóvenes de sectores populares, Luna destaca cómo “algunos de quienes antes no estaban ni ahí, o solo estaban en la calle, en 2020 y 2021 hicieron una apuesta con su voto. Es una apuesta destituyente más que constituyente y en eso radica, hasta ahora, su limitación fundamental”.

Bunker resalta otro fenómeno: “Hubo promesas de que los mismos de siempre iban a salir y de pronto se iba a limpiar todo lo negativo en la política. Creo que mucha gente creyó en eso. Sin embargo, lo que vemos es más de lo mismo. Incluso con los independientes que entraron en la Convención Constituyente”, dice, mencionando el caso de Rodrigo Rojas Vade. “Los políticos naturalmente, cuando llegan a espacios de poder, tienen que resolver temas políticos (…). Yo creo que los constituyentes se enteraron de eso”, comenta, concluyendo que “hay una cocina política que es inevitable”, y que el “presentarse como alguien que es puro, que no va a hacer eso” puede derivar en un problema.

POLARIZACIÓN

Relacionado con la forma de hacer política, y cómo esta se vincula con la ciudadanía, Bunker identifica una “politización y la polarización de la sociedad”. “Una de las cosas que tiene que ver con eso es la violencia. Creo que Chile, antes del estallido social, no era un país tan violento. La relativización de la violencia, la contextualización y el cálculo político de los distintos sectores de derecha y de izquierda, de condenar la violencia solamente cuando les conviene, le ha hecho muy mal al país”, opina.

“Con la politización y polarización”, continúa Bunker, “tampoco van a haber acuerdos. Es lo que pasa en la Araucanía. Los problemas de la Araucanía, la violación de los derechos de la gente ahí es negativa. Tal como es negativo el atropello de DD.HH. en el centro de Santiago. Pero hay personas que no lo quieren condenar. La derecha no quiere ver la violación de DD.HH. en Santiago, y la izquierda no quiere ver la violación de DD.HH. en la Araucanía. Y obviamente eso no va a resolver nada”, cierra.

Algo parecido postula Araos cuando afirma que “se ha vuelto muy difícil dialogar y, con ello, llegar a acuerdos. Es curioso, porque los estudios muestran que la ciudadanía valora ambas cosas, pero la clase política se ha sumido en una polarización para disputar quien oye verdaderamente la calle, y se ha vuelto así incapaz de consensuar caminos de largo aliento”.

Araos va más allá, y explica que “se ha instalado también una dinámica problemática con la reflexión técnica, en parte como reacción a una política que estuvo por mucho tiempo acríticamente dominada por ella. Y entonces, pareciera que la evidencia o los argumentos científicos son una farsa que sólo esconde intereses de grupos de poder. Eso es lo que se ha argumentado para defender los retiros previsionales, como si los políticos no estuvieran también defendiendo sus propios intereses, salvando el cargo y no, como aparentan, protegiendo a los más pobres”.

De acuerdo con Bunker, la polarización también se observa en las elecciones presidenciales. “Hoy nos enfrentamos a un escenario en que tenemos dos candidatos que son extremos”, dice en referencia a Gabriel Boric y José Antonio Kast. “Suena como una palabra incendiaria, pero no es así. Normalmente estamos acostumbrados (en Chile) a un candidato de centroderecha o de una derecha moderada en el contexto mundial, y una centroizquierda que es más como la Concertación”, señala, resaltando que en estos comicios no es el caso.

OTRAS TRANSFORMACIONES

Claudio Fuentes enumera “hartas cosas que han cambiado”, como la “recuperación del espacio público, del espacio de la plaza, de los encuentros autoconvocados”, materializado también en la realización de talleres. “Fue impresionante el cómo se recuperó el espacio público como uno de encuentro, de debate”. También destaca que se “politizó significativamente” el “uso de las redes sociales”.

“Lo otro es el tipo de conversación que se tiene. Yo creo que es una ciudadanía que ya no le basta con un eslogan. Es más inquisitiva, pregunta más, se va a los detalles. Creo que en eso los medios de comunicación también han aportado. Ya no es simplemente ‘No más AFP’, sino que importa qué mecanismos, cómo mejoro, cuáles son los sistemas, etc.”, detalla Fuentes.

Ernesto Águila habla de una especie de “cambio en las conductas” y “recambios generacionales de las élites”, las que tendrían “un poco más de cuidado en hacer ostentaciones de privilegios, cierto lenguaje políticamente correcto”. No obstante, puntualiza que “la elite chilena sigue siendo todavía muy endogámica e indolente; le gusta exhibir su poder y sus privilegios”.

Águila reflexiona con que el “18-O es un movimiento plebeyo. Es una demanda que viene de abajo (…) y que, luego del fracaso de verse expresados por la representación política tradicional, decide ‘saltar el torniquete’, es decir, expresarse de manera rupturista con la legalidad vigente”. Por lo mismo, opina que hoy el 18-O “permanece como una posibilidad de algo que ocurrió y que puede activarse. Las revueltas o revoluciones, luego de que ocurren, siguen actuando y condicionando ideas y conductas por la posibilidad de su retorno”.

MANIFESTACIONES EN LA ZONA CERO

Dos años después del inicio del estallido, las protestas y demostraciones siguen realizándose de manera periódica en la “zona cero” del centro de Santiago, donde, en algunas ocasiones, se han registrado hechos de violencia. Denisse Cortés, una mujer de 43 años que cursaba su tercer año en la carrera de Derecho, falleció el domingo 12 de octubre en una marcha, por causas que todavía son investigadas.

Según la medición del CEP, ante la pregunta “con respecto a las manifestaciones que empezaron en octubre de 2019, usted diría que:”, un 39% de los encuestados aseguró en agosto de 2021 que “las apoyó”. En diciembre de 2019, la cifra se ubicaba en un 55%.

Encuesta CEP 85

“Durante mucho tiempo, la gente aprendió que la única forma de lograr cambios relevantes era vía la protesta y la disrupción, porque las instituciones funcionaban, pero mucho más para unos que para otros”, opina Juan Pablo Luna. “Creo que hoy hay dos o tres vertientes en los resabios aún movilizados del 18-O: quienes siguen desconfiando de la vía institucional; quienes encontraron una nueva identidad y grupo de referencia en la primera línea; y quienes se suman más ocasionalmente, cuando el escándalo de la semana los hace llegar a la Alameda”, sintetiza.

Fijándose en los hechos de violencia, Bunker señala que “los políticos dejaron que esto se saliera de las manos. Y hoy ni siquiera lo quieren admitir. Porque de una u otra forma es útil para su agenda. Kast o Jadue crecen, se alimentan, de este tipo de cosas que pasan en la ciudad. Si las personas fueran moderadas, no habría oxígeno para ellos. Pero si las cosas son extremas, y lo que está en juego se exagera, obviamente los extremos siempre van a tener una ventaja”.

Araos, por su parte, piensa que las manifestaciones que periódicamente se ven en la “zona cero” son “como una especie de inercia, una performance vacía que esconde el anhelo de recuperar algo irrepetible y, por lo mismo, es puro voluntarismo”. Sobre la relación que estas tienen con el 18-0, dice que “son fenómenos conectados, porque las dinámicas de cada viernes en el centro tienen en las protestas de octubre su inicio e inspiración, y claramente hay un intento por perpetuar ese momento originario. Pero creo que es evidente su fracaso. Allí no hay avance alguno, no hay articulación de nada, ni siquiera la masividad que pudimos ver para esa fecha; es puro nihilismo, perpetuado por una política permisiva que no tiene ya justificación para fijar límites”.

“Siempre los movimientos sociales corren el riesgo de radicalizarse, perder masividad y marginalizarse. La ritualidad de la protesta de los viernes, reducida en su convocatoria, es señal de una radicalidad que pierde contacto con la sociedad”, dice Águila. “Si se divorcia la calle y las nuevas formas de institucionalidad y los cambios que allí están ocurriendo, se corre el riesgo de un retorno del ensimismamiento institucional, de nuevas formas de oligarquías o bien de una calle que se vuelve poco incidente y marginal”, indica el analista.

Fuentes acuña, en tanto, el concepto de “desafectados”, definido como “ese grupo de gente que seguramente no va a ir a votar, que está totalmente alienada del sistema, y que llega a la plaza pública a romperlo todo (…). Un grupo al que tú le ofreces una Convención, o cualquier cosa, y va a decir que no, porque está totalmente alienado. Es un grupo antisistema, en el fondo”.

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