Dino Gordillo, humorista: “¡Ningún político de mierda le ha puesto el cascabel al gato!”

El comediante ha tenido un año lleno de dolores. Lo operaron de una hernia y salió mal. Aquí, desde su confinamiento, suelta la rabia, se emociona, ríe. Y habla del dolor, pero además opina de la juventud, de su tipo de humor, de Piñera, dispara a los políticos, a los constituyentes, opina de televisión y de la sociedad en general.

Este hombre no puede moverse y es una gloria del humor. Es Dino, 61 años, comediante, hito local, el chistoso sentimental que en la Quinta Vergara alzó seis gaviotas de plata con el rostro cubierto de lágrimas, el llamado ídolo de oficinistas que además empuñó dos gaviotas de oro mirando fijamente a Dios, el campeón de la talla, el chileno con empuje y humor frontal: es Gordillo, el humorista, el hombre que ha pasado un año completo con una pierna destrozada. La pierna derecha, la inactiva, la dolorosa. En la actualidad reside sobre una silla, o va de silla en silla, mirando a los demás. 

-Arrrgg…

-¿Qué pasa?

-La pierna.

Se soba un muslo macizo, en pantalla, asustado ante la tecnología. Suspira. Y empieza a contar:

-Yo un día estaba para la goma…

Y entonces se fue a la clínica. Una típica clínica, sector oriente, alemanizada, dotada de un cuerpo médico de primer nivel, apto para el trato dulce y esperanzador. Y, maldición, el cuerpo médico esperanzador le descubre una hernia a la columna. Lo operan.

-…y, puta, algo falló…

-¿Qué?

-No sé, poh, huevón. Accidentes que pasan.

Le detectan una infección urinaria. Es evidente que allí ha ocurrido un desliz médico.

Y Dino sólo dice esto:

-Puta el dolor grande…

Recuerda, entonces, que en la mitad del 2021 lo internaron. Lo encapsularon. Lo animaron. Dino, en ese periodo que se extiende por un mes, se cobijó espiritualmente en el personal médico auxiliar. Entabló amistad con ellos. Dino les relató anécdotas, desarrolló atisbos de rutinas de humor frente al personal dulce. Hay registros fotográficos (él mismo lo muestra en el Zoom) en que Dino aparece imbuido en un abrazo con veinte enfermeras y auxiliares que posan una carcajada. Pero, claro…

-El dolor, huevón…

-Describa el dolor…

-Puta, era una huevada más fuerte que la cresta…

-¿Puede calificarlo con un adjetivo?

-Uffff…

No hay metáforas para el síntoma. Dino ha dado complejas entrevistas televisivas analizando el dolor y no ha podido dar con la expresión justa. No hay palabras, únicamente hay un quejido. El dolor simplemente es una interjección. El dolor es llorar. El dolor es estar desesperado. Incluso, el dolor de su cuerpo ha llegado a tal punto que se le ha mezclado con el dolor de su alma. Y dijo una vez: “Este dolor ha sido más fuerte que el dolor que tuve cuando murió mi hermano”. Es el dolor totalitario. El dolor sin fronteras, el más letal. 

-Hermano, yo me caí de la cama tres veces…

-¿Por qué?

-Por el dolor, hermano. Caía de puro dolor.

A Dino, sin más remedio, le introducían morfina tres o cuatro veces al día. Despertaba y, paf, morfina a la médula. Un rato después, paf, segunda dosis. Más tarde, al menor alarido, tercera doris. Y así. Dino, en esas instancias, esbozaba una sonrisa lánguida, de pánfilo, de adicto sin querer, porque, esto es urgente aclararlo, Dino Gordillo por sí mismo jamás ha esnifado una sustancia química, ni ha fumado una sustancia verde, ni ha sorbido alcohol. Alguna vez se difundieron rumores apresurados especulando que a Dino le gustaba la coca o una droga activadora de esas características y él detuvo en seco las calumnias. Mandó a los medios de comunicación su perfil bioquímico, un examen de pelo, un examen de orina: todo intachable. Su único relajo es tomar vino en ocasiones elegantes. Pero, bueno, en la clínica fue distinto: debía meterse la morfina.

-Yo, compadrito, estaba todo el día en otra…

-¿Se hallaba intensamente volado, Dino?

-No sé, compadrito. Me hallaba no más. Lo único que quería era que la cuestión parara.

Recuerda, entonces, que en la mitad del 2021 lo internaron. Lo encapsularon. Lo animaron. Dino, en ese periodo que se extiende por un mes, se cobijó espiritualmente en el personal médico auxiliar. Entabló amistad con ellos.

Ahora ya está en su casa, en la parcela del sur. Toma cerca de quince remedios al día y teme por sus riñones. Llora cerca de tres veces al día. Otras veces medita, lee, espera, reza. Hoy tiene una pierna congelada y otra pierna esforzada. Declara que cuando está sentado, está bien. Y cuando está de pie, “camino como pato cagado”. Y justo en este minuto, frente a la prensa, Dino Gordillo tiene un momento de nostalgia y recuerda cuando estaba sano:

-Yo era Rambo, hermanito.

-¿En qué sentido era Rambo, Dino?

-Yo arreglaba todo. Yo maestreaba. Levantaba maderas. Pegaba baldosas. Toda la vida he sido de trabajos brutos. Una vez, mijo, arreglé una cañería a las tres de la mañana…y estaba lloviendo. Yo soy así. Y ahora…

-Fuerza…

A Dino le dan ganas de llorar. Pero se contiene y sólo exhala.

El reportero lo contempla asombrado: es un Rambo bajo el estrés, un compositor de tallas asolado por el bajón. Más que Gordillo, el dolor lo hace poner cara de Guzmán, su apellido de nacimiento. Es el señor Guzmán en pose abatida, tapado con una camisa hawaiana de dos tonos, blanco y negro, como una prenda colocolina, su pasión.

-Pero…- de pronto la cara se le prende-, hay que mirar el lado bonito de la vida, hermanito. Yo estoy aquí con mi mamita, la Patricia, mi señora, y mis hijos, mis nietos. Y he tenido tiempo para mi familia… 

Le salta una sonrisa.

-Yo era Rambo, hermanito.

Es que Dino es humorista finalmente. Aunque, claro, como es sabido, los divertidos suelen llevar vidas dramáticas. El que hace reír, muchas veces está desolado: alterna altura y hundimiento, flota y se estrella. Pero, tal vez por lo mismo, en un acceso de luz, Dino descubre un espacio de distracción y comienza a hablar locamente de otras cosas.

-Puta madre, compadrito…

-¿Qué pasa?

-Estos cabros,…no sabís nada…

Y es como si Dino Gordillo hubiese empezado a contar un chiste.

Opiniones de un hombre sentado

-¿Sabís qué?

-Qué.

-Yo miro a estos cabros…(un nieto adolescente aparece en la toma Zoom). Puta, supieran cómo era la cosa antes. Por eso yo no soy uno de esos abuelos dulces, malcriadores.

Dino tiene seis hijos y cinco nietos.

-¿Cuál es su postura como abuelo?

-Para mí primero está el respeto. No acepto faltas de respeto…¡Tienen que respetar a sus madres!

Es que Dino es estricto, pegado a la disciplina. En una oportunidad, cuenta, un hijo suyo salió en dirección a un carrete: tenía permiso hasta la una de la mañana, y llegó a las dos de la mañana. Dino no le abrió la puerta y lo dejó en la intemperie hasta el amanecer. “Y aprendió”, concluye. Ocurre que, a juicio de Dino, la educación esencial parte en la casa.  

-¿Cómo ve a la sociedad?- pregunta con voz impostada el reportero. Dino abre los ojos. 

-Hay mucha gente enferma de la cabeza, hermanito. Hay mucha violencia. 

-¿Será por la pandemia?

-Puta, yo creo que la pandemia, hermanito, desnudó al chileno. Yo miro para el lado en un semáforo y están todos enojados. Si uno de esos cabros que se paran en el semáforo me ofrece limpiar el parabrisas y yo le digo que no…uta…ni te cuento la sarta de chuchadas que me tira…

Dino filosofa:

-Mucha gente te insulta sin saber quién eres.

¿Y Dino Gordillo quién es en verdad? Un hombre normal, supone él. Un chileno a la antigua, de puteada con énfasis, de risotada libre, un alfa en la casa. “Yo me conmuevo”, resume. “Yo ayudo al que puedo”, agrega. “He donado más de tres mil sillas de ruedas en silencio, no para la Teletón, sino para otros chilenos con necesidad”, afirma; es un señor simple que fue pobre, que vivió entre goteras, que elaboraba un menú con raspados de olla, que se colaba en los trenes que lo traían desde Concepción. Se forjó a pulso. 

-Puta…

Apenas recuerda su pobreza Dino se emociona. Le salen lágrimas. El reportero intenta empatizar. “Vamos”, susurra, “arriba, eres persona”, etc. Lamentablemente, en la mitad del llanto, al reportero se le desmorona la conexión. Queda sin Internet por unos segundos. Hace intentos por retornar velozmente al Zoom, pero no alcanza a llegar a tiempo: Dino llora a solas. 

-Disculpe…esta conexión…- ha vuelto la prensa, incómoda.

Dino se está limpiando las lágrimas. El momento se ha secado.

-No te preocupes, huevón. Soy sensible.

Tras una pausa, repuesto, agrega:

-Por eso yo le digo a mis cabros que hay que esforzarse, que las cosas no son fáciles…

-Yo miro a estos cabros…(un nieto adolescente aparece en la toma Zoom). Puta, supieran cómo era la cosa antes. Por eso yo no soy uno de esos abuelos dulces, malcriadores.

-¿Y cómo ve a los jóvenes de ahora?

Hace un bufido.

-Mira, yo no le tengo mala onda a nadie, pero creo que los cabros jóvenes piden mucho y hacen poco.

Agrega:

-Mi hija fue abusada. Mi hija iba a estas cosas del Ni Una Menos. Y fíjate que el día en que le dieron la condena al desgraciado que abusó de ella, no llegó nadie. De ningún movimiento…¡Nadie!

Y opina que muchos jóvenes gritan, reclaman, y no van a votar. Exclama: Quieren Todo Fácil. Exigen al resto, pero no se exigen a sí mismos. Condenan el pensamiento de los demás. Condenan otras formas de ver la vida. Imponen dónde debe estar la risa. 

-¿Y su humor se ha podido aclimatar a esos públicos, Dino?- consulta el reportero.

-Qué- a Dino se le forma una arruga en la frente.

-¿Su humor es actual?

-¿Cómo?

-Hay quienes sostienen que no va con los tiempos. 

-¿Quiénes?

-…gente..- declara, difuso, el reportero.

-Mira, yo mantengo mi humor- responde estoico.

-Disculpe, sin ánimo de exaltarlo, menos en estas circunstancias, pero Belén Mora dijo que usted se debía adaptar.

-Compadre, yo tengo mi carrera hecha.

-¿Qué opina de esa sugerencia?

-No se puede aconsejar a alguien que tiene su carrera hecha. ¡Yo nunca le habría dicho algo a Carlos Helo! ¡O a Firulete!

-¿Usted es machista, Dino?

-¡Hay que ser huevón! ¡Cómo voy a ser machista si vivo rodeado de mujeres!

Dino, dice, tiene un humor familiar. Llega a los de arriba y a los de abajo, sin distinción de género. Hay ocasiones en que ha dado shows en el corazón de La Dehesa. “En una oportunidad estuve en la casa de un tipo que tenía dos helicópteros estacionados”, comenta. Esa vez hizo reír a la elite. Esa vez le tocaron la puerta del camarín. Toc-toc. “Lo venía a felicitar. Pucha que me reí, todo muy simpático…”, era Felipe Larraín, el ex ministro de Piñera. Gordillo va a los abrazos con quien sea. Es amigo de Paredes, es amigo de Di Mondo, respeta el stand up comedy, estrecha la mano de un ex ministro. Nació en Chiguayante. Vivió en La Reina. Se radicó en el sur. Ama a su familia. Hace asados. Engorda, llora, cojea. Es, según parece, un chileno normal.   

-¿Quién es divertido?

-Mira, el otro día me reí mucho con Felipe Izquierdo. Hizo un show y no dijo un solo garabato.

-¿Quién es fome?

-Piñera es fome. 

-¿Por qué es fome?

-Porque no sabe lo que es tener problemas de verdad. Va a terminar su gobierno, y en marzo va a estar tomando sol en Punta Cana.

-¿Usted es de izquierda?

-No, hermano.

-¿Es de derecha?

-No, hermano.

-¿Es del centro insatisfecho?

-Tampoco, hermanito.

-¿Qué es, Dino?

-Un huevón que cree que todos los políticos son unos sinvergüenzas. Yo no tengo color: sólo pido que nos respetemos. Y que nos respeten.

Respira. Sigue.

-Mira, si a todos estos tipos no les importamos. No les interesa nada. Al final siempre es lo mismo y terminan todos en Pucón, riendo, felices.

-¿Algunos en especial?

-Todos, compadre. Los comunistas y los de derecha. Todos…

Aquí va un grito furibundo de Dino Gordillo:

¡¡¡Ningún político de mierda le ha puesto el cascabel al gato!!! ¡Todos tienen intereses!

Aquí va otro grito de Dino Gordillo:

-¡Y están los constituyentes que creen que tienen que gobernar y no hacer una Constitución! ¡Yo les pongo una patada en el culo y los saco cagando!

Luego respira. Baja la intensidad.

Y habla de televisión, sonriendo.

-¡Hay que ser huevón! ¡Cómo voy a ser machista si vivo rodeado de mujeres!

Bajo los focos

-Me gusta ir a la tele. Lo disfruto- opina.

-¿Le gusta la televisión actual?

-Es distinta. Antes, compadrito, los conductores de televisión eran tremendos bandejeros. Te hablo de Leo Caprile, de Rafa Araneda. Uf. Felipe Camiroaga era un tremendo bandejero.

-¿Y ahora?

-Ahora a los conductores de tele les gusta ser las estrellas. Que los focos estén con ellos, no con los invitados.

Y dice que no dirá quiénes. Revela que Cretton, ese joven luminoso, es fabuloso. Hay unos pocos que son fabulosos. Y habla de sus inicios. De Bertrán. Del día en que encaró con simpatía a Bertrán. Y vuelve a hablar de la juventud, del futuro, de las incógnitas, de todo. 

-¿Y la pierna?- interrumpe de pronto el reportero.

-Uu…

-¿Qué?

-Puta la pierna…arrgg…

Por un rato el dolor había quedado atrás. La mente derrotó al cuerpo. Pero es por un rato. No sabe qué viene, si lo operan de nuevo, si el dolor será para siempre. Está a la expectativa.

-…uta..que duele…- vuelve a decir. Su cara se estremece otra vez. El dolor se ha vuelto a presentar.

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