Boris Quercia, director de cine y escritor: “Actuar ya me da lata”

El artista acaba de publicar Electrocante, su cuarta novela, esta vez ligada a la ciencia ficción. Dice que el escribir es un descanso a “los equipos de trabajo. Las producciones audiovisuales. El tener que juntar gente. Grabar sin descanso. Y cada equipo se compone de personas y todos tienen su personalidad…”. “¡Puta que es difícil eso de que cada cual tenga su personalidad!”, agrega.

“No sé si soy escritor, declara, enmarcado en un Zoom, el artista Boris Quercia, 54 años, Virgo. “¿Y qué es?”, preguntamos, mirando con respeto su look histórico: el pelo blanco de toda la vida, las ojeras de pensador, la flacura que le otorgan los Quercia del padre y los Martinic de la madre. Y Boris, el Da Vinci nativo que se dedica a un montón de artes, el director de cine que acaba de publicar su cuarta novela, se queda petrificado, pensando, evaluando a prisa su trayectoria:

-Mmm…- el artista piensa.

-¿Qué eres?

-Mmm… -el artista se turba justamente porque es un artista.

-¿Es un creador?

-No sé, huevón…

Quizás no tiene certezas porque Boris pareciera que es todo a la vez, un renacentista realmente ocupado en el siglo 21. Su biografía abarca teatro, La Negra Ester, giras alocadas, brindis con Roberto Parra, unos años juveniles medianamente reventados, una habitación en el Barrio Yungay, besos en teleseries, películas, éxitos, deudas, millones, Premio al Mejor Director y mejor Guion en Huelva, una Garza de Oro en Miami por dirigir con acierto la película Sexo Con Amor, dos premios Apes, cinco Altazor, Los Ochenta y dos mil entrevistas, la gloria, una actuación amena en Argentina, dos o tres fracasos, los hijos, el amor, el desamor, el tedio, cualquier cantidad de carcajadas, las canas tempranas, cuatro novelas más bien tardías y un Premio Literario obtenido en Francia.

-Ufss -es un suspiro.

Entonces, claro, a la pregunta “Qué eres”, Boris se paraliza porque él, finalmente, sólo es un señor que ha pasado 54 años llevando consigo una vida. Una vida como la de todos, una vida como ninguna; La vida del fabulador.

-Claro… y ahora me gusta escribir -apunta con cara de escritor y un dedo en la sien.

-¿Pero por qué le gusta escribir?  

-Bueno -dice- porque es un descanso a la cosa grupal.

-¿Qué es eso?

-Los equipos de trabajo. Las producciones audiovisuales. El tener que juntar gente. Grabar sin descanso. Y cada equipo se compone de personas y todos tienen su personalidad… ¡Puta que es difícil eso de que cada cual tenga su personalidad!

Boris habla en trance, mirando el vacío. El reportero lo mira en silencio, cargando la atmósfera de sicología.

-¿No le gustan los grupos, Boris?

-Es más difícil. Mira, yo he aprendido que uno tiene que trabajar con pura gente que sea livianita de sangre. Eso es lo mejor. Gente que te agrade ver en la mañana. Eso es todo.

Y agrega:

-Además, cuando uno piensa en hacer una película tiene que pensar en los presupuestos. Uno piensa en escenas en que ojalá dos personajes se tomen un café en una locación barata. Uno piensa en escenas simples.

-¿Y qué piensa al escribir una novela?

-Puf.

Y a continuación Boris Quercia pone voz de niño:

-Uuu… Puedo inventar incendios gigantes, máquinas increíbles, puedo inventar una fábrica en que se encuentran 200 mil personas ¡Puedo manejar el tiempo! ¡Puedo poner a los personajes donde quiera! ¡Soy libre!

¡Puta que es difícil eso de que cada cual tenga su personalidad!

-¡Es Dios!

-No sé si Dios.

-¡Pero escribir es su paraíso, es maravilloso y contagioso lo que relata!

-Mm…

-¿Qué?

Y Boris Quercia pone voz de adulto:

-Escribir también es machacar.

-Pero…

-Escribir es tedioso. Escribir es armar, corregir, volver a corregir.

-Claro… -y el reportero también pone voz de adulto.

Escribir también es machacar.

El novelista

Su primera novela se llama Santiago Quiñones, tira y se tradujo al francés. Su segunda novela, Perro muerto, se tradujo inmediatamente al francés y ganó el Cervantes galo de la Literatura Policial, el Grand Prix de Litterature Policiere 2016. Su tercera novela, La sangre no es agua, no ganó el premio, pero está en francés. Y su última novela, Electrocante, del género ciencia ficción, se publicó hace unos días y trata de unas máquinas que permiten a los humanos alcanzar sus sueños. Unas máquinas buenas y malas, unas máquinas que pueden prescindir de las personas y que generan una intriga policial futurista. Es, a grandes rasgos, una volada íntima, sin estimulantes, de Boris, una novela con alucinaciones que ya está traducida al francés.

-Me encanta Francia -al fin admite Boris.

El premio por supuesto le abrió puertas francesas y Boris, por ende, ha debido viajar en varias oportunidades a París convertido en un escritor sudamericano. A los franceses, afirma Boris, les fascinan los escritores de Sudamérica que realmente parecen sudamericanos. A los franceses no les gustan los escritores sudamericanos que parecen franceses. Por eso, Boris es mucho más chileno en Francia y en Chile parece mucho más francés.

-¿Usted tiene algo de francés?

-No.

-Su actitud es francesa, Boris -especula el reportero.

-Bueno… He estado viajando para allá… Y… No sé… Aprendí algunas cosas… A saludar, a pedir algo en el restaurante…

-¿Es usted reconocido en Francia?

-No, no. Conozco a algunas personas solamente, un par de amigos, libreros…

Boris dice que entabló amistad con algunos libreros parisinos y uno de ellos, tras leer su último libro, le dedicó un elogio afrancesado:

“Aquí hay una visión colapzoológica”.

Boris se emocionó.

-Me dijo que era “colapzoológica”… Yo no lo podía creer…

Y otra persona, tras leer el libro, señaló:

“Es un thriller distópico”.

A Boris, eso sí, no le interesan los halagos. Le interesa escribir por las mañanas, cuando tiene energía para fabular. Boris todos los días se despierta, nota asombrado que sigue con vida –es que Boris con frecuencia conjetura que va a morir en cualquier momento-, se sorprende de su propia existencia y luego se pone a escribir en la ducha.

-¿No se le moja el texto?

-Escribo con la mente -enfatiza Boris con seriedad.

Más tarde escribe con los dedos, con el computador, con las vísceras, con la pena y el asombro. El asombro es tan grande que da pie a destellos de locura: a veces Boris Quercia queda estupefacto con lo que hacen sus personajes. Una vez, dice, tras escribir un pasaje de su novela, dio un grito espantado:

-¡¡No lo puedo creer!! ¿¿Quién mató a ese huevón??

O bien, tras un diálogo, Boris se ha escuchado dando un alarido:

-¡Pero cómo dijo eso! ¡Ojalá no le pase nada…!

El reportero le señala, con una calma fingida, que eso se debe a que él, el novelista, se desdobla. Es un escritor-lector. Boris titubea. Dice que por momentos no tiene un control absoluto de lo que escribe. Por momentos, murmura, ellos… Los personajes… Viven.

-Por supuesto. Los personajes viven -acuerda el reportero, tomando conciencia que no debe sobresaltar al escritor.

-También le pasó a Roberto Parra -justifica Boris.

-¿Qué le pasó a Roberto Parra?

-Le daba mucha rabia la actitud que tomaba la Negra Ester en ciertos pasajes de la obra. No recordaba que él la había escrito.

Boris piensa que los grandes personajes son aquellos que se escapan de la cabeza del autor y vagan por cualquier otra parte. Boris confiesa que le gusta el caos. El caos debe tener un espacio en la invención. El caos es inspirador.

-A mí me costó ser escritor -revela de pronto.

-¿Por qué?

-Porque no me sentía capaz. Yo sentía que no tenía estilo. Yo decía: Esto No Es García Márquez. Esto No Es Cortázar. Y todo lo dejaba inconcluso. Incluso una vez inventé un personaje que era un escritor que dejaba textos inconclusos.

(A Roberto Parra) le daba mucha rabia la actitud que tomaba la Negra Ester en ciertos pasajes de la obra. No recordaba que él la había escrito.

-¿Y qué pasó?

-Puta, también me quedó inconcluso. El relato no lo pude terminar. La situación me estaba excediendo.

-¿Cuándo pudo concluir sus cosas?

-Un día dije: voy a escribir en primera persona. Voy a contar una vida de la forma más simple, como se vive en Chile. Ese fue el truco. Desde ahí me liberé del yugo de ser escritor.

-Boris, ¿y se ha integrado al mundillo literario?

-No.

-¿No ha ido a actividades sociales en que estén los escritores?

-No. Sólo conozco a Ramón Díaz Eterovic y a Gregory Cohen. Son buena onda.

A mí me costó ser escritor.

-¿Le gustan las palabras?

-Sí, claro.

-¿Qué lo haría más feliz: ganar el Oscar al Mejor Director o ganar el Nobel de Literatura?

Boris medita.

-No sé, huevón. Los premios sirven, pero no es algo que uno esté buscando. En todo caso ambos son territorios que tienen mucho contacto. Y, bueno… Yo… No sé… Siento que hay cosas para las que ya no estoy…

-¿De qué habla, Boris? -el reportero se alarma.

-Ponte tú… Actuar ya me da lata… Me da como vergüenza…

-¿De verdad?

-De verdad…

Y Boris queda con la vista fija en la pantalla. Como si estuviera actuando un poco su pesar.

Entre aplausos

-Y, dígame, Boris, ¿cuál es la obra más relevante de su vida?

Y Boris de inmediato se lleva las manos a la cabeza: le han arrojado un dilema en la cara. Y medita.

-Varios…

-¿Cuáles tiene en mente?

-No puedo dejar de mencionar el hecho de haber protagonizado La Negra Ester.

-Magnífica.

-No puedo dejar de mencionar lo que me ocurrió con Sexo Con Amor. Yo…

-¿Qué pasó?

-Yo llevaba un año haciendo la obra. No tenía un peso. Tenía la línea de crédito llena. No podía pagar ni los colegios. Empecé a buscar financistas. Nadie me pescó. Sólo una persona, a la que vendí el 4% de la participación de la película. Y la película, desde el estreno, la rompió. Desde ese momento me empezaron a pescar.

-¿Y Los 80?

-Uf. Los 80… -se emociona- uno de los procesos más bonitos de mi vida…

-Parece que usted pensaba que iba a fracasar…

-¡Pero si competía con El Señor De la Querencia! En esa serie había violaciones y matanzas cada cinco minutos… Corrían balas, gritos, dramas. ¡Y el drama del primer capítulo de Los 80 era que Félix había bajado su promedio en el colegio!

-¿Y usted cómo era en los ochenta?

-Universitario. Fiestas. Vivía en una casa en el Barrio Yungay, con compañeros de teatro. Incluso en esa casa llegó a vivir Alvarito Henríquez de Los Tres

Los 80… Uno de los procesos más bonitos de mi vida…

Y desliza que era un joven normal en un país anormal. Era un joven desatado en un país atado. Era Quercia, un proyecto. Luego, pasados varios años, hizo el milagro: este hombre, en pleno siglo 21, logró un toque de queda audiovisual, es decir, encerrar a la población chilena e hipnotizarla frente al televisor. El fenómeno de Los 80. Es, tal vez, el único toque de queda de la historia chilena que obtuvo 35 puntos de rating.

-¿Y por quién votaría hoy Juan Herrera?

-No sé, huevón. No sé… Siento que la gente está en otra…

-¿Don Genaro, el del almacén, sería de Kast?

-Puta, no sé… Todos cambian con los años…

Boris no quiere hablar en nombre de sus personajes. Él sabe que Juan Herrera ya está fuera de su control. Sabe que todos los personajes de Los 80 están fuera de su control. Él sólo los inventó, que es lo que le gusta hacer. Los noticieros lo podrían informar: Juan Herrera está libre.

-Boris…

-¿Qué, huevón?

-Siento que usted lo que quiere es dedicarse a la literatura…

-Me encantaría…

-¿Y por qué no lo hace?

-Aquí no se puede vivir de escribir.

-¿Y? ¿Acaso necesita mucho?

-Mmm…

 -¿Y si da un batatazo en ventas?

Boris abre los ojos, esperanzado.

-¿Y si logra un best seller?

-Mmm…

Aquí no se puede vivir de escribir.

-Boris, usted hoy es más escritor que otra cosa…

Boris ríe.

-Puede ser -dice- puede ser. Y se queda mirando para el lado. Y da la sensación de que en cualquier momento se va a poner a fabular.  

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