La imagen muestra a Nicolás Cruz frente a un árbol seco

Agencia Uno

Columna de Nicolás Cruz: Calentamiento local

La realidad local debería incorporarse más en nuestras conversaciones y acciones. Son nuestras comunidades vulneradas las que deberían estar más presentes en nuestros compromisos globales. Hacerse cargo de ello, exige muchas veces anteponer el rostro de los que sufren para dejar de lado nuestras abstracciones.

En tiempos en que la emergencia climática pareciera jugarse su destino en las manos de las superpotencias a miles de kilómetros de distancia, vale la pena preguntarse por el “Calentamiento local”. Ese desastre que tiene sumido a cientos de familias en los efectos climáticos que buscamos evitar, sin acceso al agua, habitando territorios sacrificados y respirando los niveles de CO2 más altos de los últimos 3 millones de años.

Son las familias de Petorca, afectadas por la sequía más extrema de los últimos 700 años y las intoxicaciones en Puchuncaví. Son los niños y ancianos de Coyhaique, Osorno y Padre las Casas que respiran en las ciudades más contaminadas de América Latina y el Caribe. Es Nelly, la recicladora del vertedero de La Chimba en Antofagasta, que pudo educar a sus tres hijas recolectando lo que nosotros desechamos y que hoy, frente al cierre del vertedero, pierde su fuente laboral. Es Silvia, de la población El Castillo de La Pintana, que por años se avergonzó de invitar a alguien a su casa por vivir cerca de un microbasural. Son todos ellos y todas ellas, y muchos otros invisibilizados, los que no alcanzan a ver en los compromisos de la carbono neutralidad una esperanza.

Nuestros desafíos medioambientales son también sociales y el cambio climático actúa como un multiplicador de la pobreza. Según el informe del Hogar de Cristo, “Medio Ambiente y Pobreza: Construir Resiliencia Sobre el Cambio Climático 2019”, al 2030 sólo por efecto del cambio climático, siendo optimistas las personas en situación de pobreza aumentarían en 35.000.000 -si somos pesimistas, en 122 millones-. La explicación es más o menos simple, los más vulnerables presentan mayores dificultades para prever, responder y recuperarse de los desastres naturales causados por el cambio climático; es decir, son más susceptibles frente a sus impactos.

Nuestros desafíos medioambientales son también sociales y el cambio climático actúa como un multiplicador de la pobreza. Según el informe del Hogar de Cristo, “Medio Ambiente y Pobreza: Construir Resiliencia Sobre el Cambio Climático 2019”, al 2030 sólo por efecto del cambio climático, siendo optimistas las personas en situación de pobreza aumentarían en 35.000.000 -si somos pesimistas, en 122 millones-.

Y esta realidad es más violenta cuando sabemos que quienes más sufren esta injusticia son los menos responsables de la crisis climática. El 1% más rico de la población mundial (cerca de 63 millones de personas) emite el doble de gases de efecto invernadero que la mitad más pobre del planeta, como lo indica el informe de Oxfam del 2020, haciendo un llamado a los gobiernos a trabajar por la “justicia social y climática”.

Para nuestro país, y para las economías en vías de desarrollo, es clave promover un desarrollo pensado desde lo local, avanzar hacia un crecimiento económico que proteja preferencialmente a los más pobres, poniendo la equidad, la justicia social y la dignidad de las personas como eje del desarrollo sostenible. No pueden ser los sectores más vulnerables los que asuman los sacrificios que implica mejorar la productividad y el cuidado de nuestro planeta. Por eso, debemos preguntarnos quién está subsidiando nuestro crecimiento y quién está recibiendo sus ganancias.

Es esta realidad – la local- la que debería incorporarse más en nuestras conversaciones y acciones. Son nuestras comunidades vulneradas, los que deberían estar más presentes en nuestros compromisos globales. Hacerse cargo de ello, exige muchas veces anteponer el rostro de los que sufren para dejar de lado nuestras abstracciones. Supone, por ejemplo, dejar el glamour de la COP, el hidrógeno verde o la electromovilidad, para afrontar la realidad ¡tal cual es!, haciéndonos cargo de nuestra desigualdad, porque no es suficiente llegar a ser líderes en protección ambiental y potencia energética si no acabamos con la pobreza que somete a cientos de familias a un calentamiento local insoportable.

No pueden ser los sectores más vulnerables los que asuman los sacrificios que implica mejorar la productividad y el cuidado de nuestro planeta. Por eso, debemos preguntarnos quién está subsidiando nuestro crecimiento y quién está recibiendo sus ganancias.

Este jueves 25 y viernes 26 de noviembre más de 100 expositores de organizaciones, empresas, emprendimientos, autoridades y organizaciones de la sociedad civil nos reuniremos en la Cumbre R a conversar sobre la emergencia climática. Espero que dediquemos menos tiempo al calentamiento global y más a lo que podemos hacer por el “calentamiento local” y la emergencia que se vive hoy, en el presente.

*Nicolás Cruz es fundador de Basepública y Fundación Junto al Barrio.

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