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Opinión

10 de diciembre de 2021

Columna de Rodrigo Mayorga: Elogio a la voltereta

Rodrigo Mayorga - Columna Voltereta

Cuando de una segunda vuelta presidencial se trata, ¿son tan malas las volteretas? Tengo la impresión de que no. Quizás lo mío sea ingenuidad nivel “auspiciador de bingo del Pelao Vade”, pero una parte mía se resiste a quejarse cuando un candidato hace lo que llevo meses pidiéndole.

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Si hay una palabra que se ha repetido en esta segunda vuelta presidencial, es sin duda “voltereta”. Que Gabriel Boric hable de seguridad y de migración: “es que se pegó una voltereta”. Que José Antonio Kast no vaya a cerrar el Ministerio de la Mujer (o a “fusionarlo”, que era lo mismo, pero con un nombre más chic): “es que se dio una voltereta”. ¿Un candidato ahora usa anteojos y se peina? Voltereta. ¿El otro suma a su comando a quienes criticó duramente los últimos cuatro años? Voltereta. Ni el diputado Diego Schalper quiso perderse este nuevo trend y, durante la discusión del cuarto retiro, propuso enviar a Boric a los Juegos Olímpicos. Al final, el tiro le salió por la culata y otra vez lo mandaron a callar (y no Carmen Hertz sino una parlamentaria de su propio partido), pero el punto aún así se sostiene: las volteretas están en boca de todos.

Mas, cuando de una segunda vuelta presidencial se trata, ¿son tan malas las volteretas? Tengo la impresión de que no. Quizás lo mío sea ingenuidad nivel “auspiciador de bingo del Pelao Vade”, pero una parte mía se resiste a quejarse cuando un candidato hace lo que llevo meses pidiéndole. En mi caso, que critiqué duramente a José Antonio Kast por sus propuestas antidemocráticas (como un Estado de Emergencia cuasi-dictatorial o la creación de una Coordinación Anti Radicales de Izquierda), no puedo imaginarme molesto al descubrir que esas medidas ya no están en la nueva versión de su programa. Y, sin embargo, ésa es la reacción de muchos al descubrir que el candidato al que se oponen ha dado una voltereta hacia el lado que a ellos les gusta. Como si perder un argumento para atacar al oponente fuera más terrible que tener a un posible presidente de Chile casi sin medidas para enfrentar el narcotráfico o al otro defendiendo una versión siglo XXI del Plan Cóndor (en mi caso, eso sí, la alegría me duró sólo hasta el debate de la ARCHI, cuando el candidato del Frente Social Cristiano confesó que las propuestas que ya no estaban en su programa no habían sido completamente abandonadas, sino que muchas estaban siendo reevaluadas).

Ni el diputado Diego Schalper quiso perderse este nuevo trend y, durante la discusión del cuarto retiro, propuso enviar a Boric a los Juegos Olímpicos. Al final, el tiro le salió por la culata y otra vez lo mandaron a callar (y no Carmen Hertz sino una parlamentaria de su propio partido), pero el punto aún así se sostiene: las volteretas están en boca de todos.

“¡Pero sólo lo hace para ganar votos! No cree en eso de verdad”, claman algunos. Y sí, quizás sea cierto. No tengo como saberlo, porque esto no es “Érase una vez… el cuerpo humano” y yo no puedo entrar al cerebro de nadie. Y la verdad, no creo que a Boric lo hayan asaltado la noche de las elecciones y por eso el tema de la seguridad se volvió central en su campaña, o que Kast haya mirado a los ojos a Paula Daza y descubierto entonces que lo que ella proponía no era una “dictadura sanitaria” sino medidas básicas para enfrentar una pandemia.  Para ser honesto, me importa poco si los candidatos creen o no en estos cambios, porque lo relevante es que se den cuenta que hay personas que los están pidiendo. Si sus “volteretas” responden a esas lecturas, aunque su fin sea ganar votos, me doy por satisfecho. Porque sí, los programas son promesas y no contratos, y nadie puede asegurarnos que, una vez en la presidencia, estos temas seguirán siendo relevantes para el triunfador de las elecciones. Pero sí podemos asegurar que él sabrá que lo son para nosotros. Y que si no los toma en cuenta, lo menos que puede esperar es rechazo, descontento y oposición.

Es cierto: las palabras a veces no bastan y por eso en toda voltereta es necesario tener ojo con los pasos en falso. Porque claro, la inclusión de economistas concertacionistas en el equipo de Boric es razón de aplausos, pero que el diputado vote a favor del cuarto retiro de todos modos, hace a más de alguien ariscar la nariz. De la misma forma, la renovada preocupación de Kast por las mujeres es motivo de alegría, pero se desvanece fácil cuando éste justifica a un ex candidato que tiene orden de arraigo por no pago de pensión alimenticia, o no se da el tiempo para siquiera escribir un tweet condenando a dos diputados electos (una de su partido y otro recientemente renunciado al mismo) que se burlan de una diputada transgénero en un programa de Youtube. No son sólo los candidatos quienes deben estar atentos a estos pasos en falso al momento de darse una voltereta sino nosotros, la ciudadanía, porque en ellos podemos encontrar evidencia sólida (o al menos más que un meme o una cadena de Whatsapp) para cuando debamos decidir si confiamos o no en alguno de ellos.

Para ser honesto, me importa poco si los candidatos creen o no en estos cambios, porque lo relevante es que se den cuenta que hay personas que los están pidiendo. Si sus “volteretas” responden a esas lecturas, aunque su fin sea ganar votos, me doy por satisfecho. Porque sí, los programas son promesas y no contratos, y nadie puede asegurarnos que, una vez en la presidencia, estos temas seguirán siendo relevantes para el triunfador de las elecciones. Pero sí podemos asegurar que él sabrá que lo son para nosotros.

El diputado Schalper suele equivocarse en muchas cosas (como olvidar cuando pensó que existía “el mundo animé”), pero hay algo en que está en lo cierto: las volteretas forman parte de los Juegos Olímpicos. Y no lo hacen porque sean algo criticable o que nadie quiera ver, sino todo lo contrario: son un acto gimnástico que revela enorme destreza y que no dista mucho de una verdadera forma de arte. Pero toda voltereta debe ser bien ejecutada y hacerse siempre en la dirección correcta y eso es algo que los candidatos deben recordar. No vaya a ser que después alguno se tenga que lamentar parafraseando al dictador Augusto Pinochet: “Ayer estábamos al borde del abismo. Hoy hemos dado una voltereta hacia delante”.

*Rodrigo Mayorga es profesor, historiador, antropólogo educacional, autor de “Relatos de un chileno en Nueva York” (con el seudónimo de Roberto Romero) y director de la fundación Momento Constituyente (http://www.momentoconstituyente.cl)

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