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Opinión

17 de Diciembre de 2021

Columna de Fernanda Stang: El migrante y la retórica de la zanja

La imagen muestra a Fernanda Stang frente a un grupo de migrantes caminando Agencia Uno

En un nuevo Día Internacional del/la Migrante, y ante este escenario que, de todos modos, excede el marco nacional, parece imperioso preguntarnos qué dice de la humanidad el modo en que tratamos a la humanidad migrante, y qué dice de nosotros/as como sociedad nacional la retórica de la zanja.

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No quiero caer en afirmaciones facilistas del tipo “una historia vale más que mil argumentos”, tampoco quiero ceder a la demagogia que muchas veces sustenta la exposición sensacionalista del dolor palpitante. Pero sí quiero transmitirles, del modo más certero que me sea posible, la desazón que me produce, en este Día Internacional del Migrante, la agitación xenofóbica desatada por la retórica de la zanja, esgrimida como propuesta de cierto sector político durante la campaña desplegada para la segunda vuelta de la elección presidencial, que se realiza este domingo.

Creo que la mejor manera de hacerlo es contarles esta historia que conocí hace ya varios años, en el norte de Chile; una historia cuya rudeza mantuvo los detalles en mi memoria con una inusual claridad a pesar del tiempo, y a pesar de las muchas historias duras que he escuchado estudiando los procesos migratorios. Se trata de una mujer joven, afrodescendiente, dirigente territorial en un campamento de Antofagasta por entonces. Las escenas que me cuenta surgen casi al pasar, mientras me explica qué planes tienen para el campamento, la pelea con la vecina que quiere ocupar un espacio que la comisión pretende destinar a jugos para los niños, la actividad que harán al día siguiente para mejorar esa precaria pieza de cholguán que es la sede del comité. Así, contándome esas cosas, surge la razón por la que llegó a Antofagasta: escapando de la lluvia. La trama que está detrás de esa imagen casi literaria es sobrecogedora.

Quiero transmitirles, del modo más certero que me sea posible, la desazón que me produce, en este Día Internacional del Migrante, la agitación xenofóbica desatada por la retórica de la zanja, esgrimida como propuesta de cierto sector político durante la campaña desplegada para la segunda vuelta de la elección presidencial, que se realiza este domingo.

Jenny (para ponerle un nombre a la persona que enuncia el relato) es una desplazada interna de la violencia en Colombia, pero no lo sabe. Tuvo que irse a vivir con unos tíos, muy lejos de su familia nuclear, siendo adolescente, porque un miembros de “los paras” empezó a acosarla, y a presionar a su papá, dueño de un comercio pequeño en el pueblo en que ella nació. En la ciudad de sus tíos conoció a su pareja y tuvo una hija. La niña nació con hidrocefalia, y murió a los pocos días. Jenny me cuenta con un contenido dolor el recuerdo del llanto permanente de la bebé, y su desesperación por no poder calmarla; me relata con los ojos húmedos y la garganta apretada el momento del entierro de la niña, bajo una lluvia torrencial. Me dice que, cada vez que volvía a llover, sentía un dolor tan insoportable que se iba al cementerio a tratar de desenterrarla. Así es que surge la idea de migrar a Antofagasta. Su mamá ya estaba ahí, y le contó que en esa ciudad nunca llovía. Pensó que era el lugar ideal para tratar de calmar esa pena, para romper con esa memoria torrencial.

No quiero argumentar desde la casuística, lo que procuro decir es que las trayectorias migratorias que llevo años conociendo tejen, de maneras específicas, esos dramas y luchas personales con condiciones estructurales como la pobreza, la desigualdad, la violencia, que bloquean los horizontes y proyectos vitales. Son esas las trayectorias que se procura bloquear con muros o interrumpir con zanjas, una respuesta tan ineficaz como inhumana. Son esas las vidas contra las que se azuza un nacionalismo irresponsable que impulsa marchas contra la migración.

Jenny (para ponerle un nombre a la persona que enuncia el relato) es una desplazada interna de la violencia en Colombia, pero no lo sabe. Tuvo que irse a vivir con unos tíos, muy lejos de su familia nuclear, siendo adolescente, porque un miembros de “los paras” empezó a acosarla, y a presionar a su papá, dueño de un comercio pequeño en el pueblo en que ella nació.

En un nuevo Día Internacional del/la Migrante, y ante este escenario que, de todos modos, excede el marco nacional, parece imperioso preguntarnos qué dice de la humanidad el modo en que tratamos a la humanidad migrante, y qué dice de nosotros/as como sociedad nacional la retórica de la zanja.

* Fernanda Stang es investigadora de, Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Juventud (CISJU) Universidad Católica Silva Henríquez y experta en migración.

También puedes leer: Columna de Fernando Pairican: La cultura de la vida vs la cultura de la muerte en las elecciones, la disyuntiva para el pueblo mapuche


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