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Opinión

6 de Julio de 2024

Columna de Álvaro Ramis: Una oposición impopular en Chile

"La actual oposición está desenfocada de sus funciones principales", dice Álvaro Ramis en su columna de hoy. "Lejos de realizar una labor fiscalizadora relevante, se aprecia anclada a la defensa de grupos de interés particular. Existen núcleos de parlamentarios opositores enfocados en defender a las AFP, otros a las Isapres, otros a sectores industriales específicos", plantea. En su edición de junio, la encuesta Data Influye formuló la siguiente pregunta: “Actualmente, e independiente de su posición política, ¿Ud. aprueba o desaprueba el desempeño de la oposición?”. El resultado arrojó un 9% de aprobación, un 69% de desaprobación y un 22% que no aprueba ni desaprueba. "Estas cifras revelan un desfonde opositor de proporciones muy relevantes, que no siempre es observado con atención por parte de la ciudadanía", plantea Ramis. 

Por Álvaro Ramis

En democracia la oposición posee un rol fundamental. Su función principal es operar como contrapeso al bloque gobernante, proporcionando una crítica constructiva y propuestas alternativas para el desarrollo del país. Una oposición fuerte y activa es esencial para el correcto funcionamiento de las instituciones. Su presencia garantiza la pluralidad de ideas, el equilibrio de poderes y la alternancia en el gobierno. Además, incentiva al grupo gobernante a mantener altos estándares de transparencia y eficiencia en su gestión.

Por ese motivo es preocupante el grado de impopularidad y deslegitimación que afecta a este sector político en nuestro país. En su edición de junio, la encuesta Data Influye formuló la siguiente pregunta: “Actualmente, e independiente de su posición política, ¿Ud. aprueba o desaprueba el desempeño de la oposición?”. El resultado arrojó un 9% de aprobación, un 69% de desaprobación y un 22% que no aprueba ni desaprueba. Estas cifras revelan un desfonde opositor de proporciones muy relevantes, que no siempre es observado con atención por parte de la ciudadanía. 

Esta desatención a la labor opositora está asociada a una fijación unilateral con la evaluación del gobierno. Por supuesto, ese dato determina las posibilidades de concretar la agenda legislativa del presidente y da pistas de la calidad de de sus tareas de gestión. Pero la oposición desempeña un papel clave, que suele invisibilizarse. Entre otras funciones se pueden destacar las siguientes tareas institucionales: 

Control y fiscalización: La oposición es la responsable de vigilar las acciones del gobierno, cuestionar sus decisiones y denunciar posibles irregularidades o abusos de poder. Esto contribuye a la transparencia y la rendición de cuentas del gobierno ante la ciudadanía.

Proponer alternativas: Además de la legítima crítica, la oposición debería presentar propuestas y soluciones a las políticas del gobierno. Al hacerlo enriquece el debate público y da a la ciudadanía opciones políticas alternativas. 

Formación de futuros gobernantes: La oposición debería trabajar en la formación de una cantera de futuros líderazgos y levantar a los futuros gobernantes que puedan reemplazar a los actuales. De esa manera, se prepara responsablemente para asumir eventualmente el rol de gobierno en un marco de alternancia democrática.

Defensa de los derechos y libertades: La oposición tendría que velar por la protección de los derechos y libertades fundamentales de la ciudadanía, denunciando cualquier intento del gobierno de vulnerarlos.

Si se repasan esas tareas, queda claro que la actual oposición está desenfocada de sus funciones principales. Lejos de realizar una labor fiscalizadora relevante, se aprecia anclada a la defensa de grupos de interés particular. Existen núcleos de parlamentarios opositores enfocados en defender a las AFP, otros a las Isapres, otros a sectores industriales específicos. En muchos casos sin el menor pudor ni distancia crítica, sino como meros representantes corporativos de esos intereses, lo que se debería tipificar como tráfico de influencias, ya que implica utilizar conexiones personales o relaciones de poder para obtener favores en un procedimiento parlamentario.

El ejemplo más  burdo es el de la tramitación de la ley de pesca, donde se ha denunciado que 211 indicaciones presentadas por diputados de oposición, liderados por el UDI Sergio Bobadilla, habrían sido copiadas y pagadas desde un estudio realizado por la a Sociedad Nacional de Pesca (Sonapesca F.G.), que representa los intereses de ese sector empresarial. A los pocos días, el presidente de esa Sociedad, Osciel Velásquez, lejos de distanciarse de esa práctica, la reconoce y defiende al declarar que “si diputados copiaron, bienvenido sea”. 

Otro aspecto que está lastrando la labor de la derecha convencional (UDI, RN y Evópoli) es su desplazamiento o parasitación por actores extrainstitucionales, nuevos micro partidos y líderazgos indóciles (Carter, Jiles, Kaiser , etc.) que actúan como radicales libres, haciendo cada vez más inestable el metabolismo normal de los procesos políticos.  Todo indica que se vendrá una disputa entre dos derechas que ya se han mostrado las garras, y que en las elecciones municipales y regionales podrían llevar a una nueva hegemonía en el sector.

La importancia de tener una oposición fuerte no está determinada solo por el volumen de su representación parlamentaria. Es posible que el Congreso tenga una mayoría opositora, pero ello no se traduce mecánicamente en la aprobación política a su gestión. Es una situación equivalente a la que enfrenta el gobierno, que contó con un mandato de un 55,87% en segunda vuelta, pero sobre la base de una agregación de preferencias que se articuló en rechazo a su contendor José Antonio Kast, y no necesariamente como opción preferente por el actual mandatario. De la misma manera, la composición del actual congreso implicó una agregación muy diversa de los intereses de los votantes, que no necesariamente configuran una mayoría sustantiva ni una preferencia clara y objetiva. 

Toda oposición democrática sabe que su papel es llegar, en algún momento, a pactar con el gobierno. En tiempos de polarización exacerbada, ese es un gran problema. Pero sin capacidad de acuerdo y sin capacidad de construir órganos del Estado que puedan dar garantías de neutralidad, la degradación de nuestra arquitectura institucional va a seguir demoliendo los cimientos de nuestra democracia.

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