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Opinión

20 de Julio de 2024

Columna de Roberto Merino: Dos o tres mundos

Por Roberto Merino

Roberto Merino, columnista de The Clinic, recuerda los años 60, el triunfo de Allende y los cambios de mundo que hubo después de eso. "Esa noche, con un discreto desazón, mis padres me llevaron a la Alameda a mirar las celebraciones. Tengo el detalle de las personas que estaban en primer plano mientras nos desplazábamos", escribe. Y añade: "Tengo imágenes de esos días vinculadas a un mundo ordenado y austero que nunca más volvió, un mundo regido por una idea de la higiene básica y del orden y de los protocolos necesarios para que el constructo social no empezara a derrumbarse por ninguna parte. Me parece que los niños de nuestra generación fuimos los últimos criados como remedos de adultos".

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No sé si será obvio que hacia fines de los años sesenta hubo una transición social, un cambio de piel imperceptible en su momento. Lo que sí evidentemente es posible, por lo mismo, es que entre tanto discurso del cambio, eslóganes redentores y teorías del nuevo ser humano que se dieron en aquellos días, no viéramos específicamente qué aspectos de nuestro mundo estábamos dejando atrás y cuáles empezaban a presentarse.

Hablo en plural a pesar de que yo era muy chico entonces, andaba con pantalones cortos y en el colegio insistían en que los diminutos alumnos éramos “el futuro de Chile”, destino que me producía un pavor íntimo, nunca comunicado a otros niños ni a los adultos. Pensaba: ¿Qué pasará cuando llegue realmente el futuro? Me imaginaba una ceremonia en un pasto extenso, frente a un edificio similar al de las Naciones Unidas, con muchos postes con megáfonos y banderas, carpas de la Cruz Roja, del Rotary Club, puestos de hotdogs, la banda musical de la Fuerza Aérea, en fin. Una especie de kermesse.

Reconozco en mí una tara para fijar el tema de la transición posterior, la transición por antonomasia, la de los años noventa, sobre la cual han escrito, entre otros, Ascanio Cavallo, Carlos Peña, Rafael Otano, Alfredo Jocelyn-Holt. No obstante, vuelvo una y otra vez, en las horas muertas, que apenas distingo de las vivas, a indagar, a intrusear y a pensar sobre lo que dejamos de ser la noche en que ganó Allende. 

Esa noche, con un discreto desazón, mis padres me llevaron a la Alameda a mirar las celebraciones. Tengo el detalle de las personas que estaban en primer plano mientras nos desplazábamos, apoyadas en los autos frente al Cinerama Santa Lucía. Hacia atrás había un bulto humano de chaquetones, ternos de Contilén, una entidad orgánica e informe con muchas bocas vociferantes y humeantes de Hilton y Life.

Tengo la idea de haber visto a Alejandro Rojas en la ventana de la Fech, y también a Allende que parece que estaba con una “canadiense” forrada en chiporro. No sé si antes o después apareció entrevistado José Tohá en la televisión, ministro del Interior del gobierno recién elegido. Mi papá me dijo que había sido Rey Feo de la muy bonita Natacha Méndez en una antigua disputa que había dividido al país en dos.

Tengo imágenes de esos días vinculadas a un mundo ordenado y austero que nunca más volvió, un mundo regido por una idea de la higiene básica y del orden y de los protocolos necesarios para que el constructo social no empezara a derrumbarse por ninguna parte. Me parece que los niños de nuestra generación fuimos los últimos criados como remedos de adultos. El pañuelo limpio, el saludo de mano, el tratamiento de usted, la raya del pelo, la prohibición de interrumpir y desmentir, la vergüenza de llorar.

Por otra parte, los entretenimientos a los que nos llevaban generalmente eran incomprensibles, no se sabía en qué consistían, cuándo partían y cuándo terminaban. Puedo decir esto de las ferias de aviones a control remoto en Colina, de espectáculos de equitación en el Parque Cousiño, de las carreras de autos en Las Vizcachas, de los go-karts del Parque Gran Bretaña en Providencia.

La nostalgia es como un vaciado de yeso y considera un diagnóstico no explicitado sobre estilos de vida. Tras el golpe de Estado, la nostalgia que se expresó en los primeros años de la junta militar, y que fue bastante popular, tuvo que ver con un mundo que se temía perdido: el del campo y las jerarquías (como se dio en la presentación artística chilena del Mundial del 74), y el de los romanticismos y galanterías convencionales, que eso había en el intento de resucitar las antiguas fiestas de la primavera. Corsos de flores, bailes de disfraces, desfiles de autos de épocas doradas y perdidas.

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