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Opinión

27 de Julio de 2024

Columna de Roberto Merino: Ruido blanco

Por Roberto Merino

En su columna de esta semana, Roberto Merino escribe sobre la añoranza que le evoca la figura del caricaturista Jorge "Coke" Délano y, a través de su figura, analiza su propio presente: "Es posible que no sea más que la condición humana: dispersarse y desaparecer", comenta. "He comenzado, con los años, a entender este fenómeno a través de la experiencia propia. En la medida en que he ido tomando el relevo de los viejos de la familia, me doy cuenta de que mis versiones del pasado han ido cayendo en la categoría del cuento repetido, y de que soy escuchado con indulgencia", agrega.

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Jorge “Coke” Délano, conocido por su trabajo en la revista Topaze, decía que el lápiz era su antena para dibujar. O sea, el instrumento que lo comunicaba con una esfera desconocida y a la vez le permitía registrar el resultado sobre el papel. Es posible que ese sesgo impredecible de las cosas que Coke realizaba le era dado por su intuición de que en la dinámica del arte lo que uno hace excede el yo, el oficio, las precauciones.

Me acordé de esto porque para escribir necesito un lugar con gente, un café con enchufes y presencia humana. Necesito también unos audífonos conectados al computador, para tapar con grabaciones de “ruido blanco” el parloteo de los parroquianos.

A lo que quiero llegar es a que también uso una especie de antena, o de conducto a la dimensión desconocida para librarme del peso de la conciencia. Puede sonar exagerado: no sé dónde estoy cuando escribo. Diría que se trata de un exiguo equilibrio: estoy de una pura vez en un metafísico presente, en varios pasados, en el lenguaje articulado, en el no pensamiento, en el flujo áspero del “ruido blanco”, que es como un enjuague violento de arena y mar espumoso.

Una sola vez en la vida vi a Coke, en 1979, y no me atreví a hablarle. Estaba viejo e iba subiendo las escaleras del Instituto Cultural de Las Condes dificultosamente, sostenido por un ayudante. Si yo hubiera tenido un dato, algo concreto, un aporte impersonal sin duda que me hubiera acercado. Pero lo que me sentía impelido a comunicarle era un cúmulo de cuestiones imprecisas. Básicamente que era un entusiasta de su obra desde niño.

Ahora recién se me ha aclarado este entusiasmo infantil. Los libros de Coke eran prodigiosos, luminosos. No tenían que ver con los tópicos habituales de la literatura para niños y púberes. Las aventuras que relataban estaban en una zona reconocible de la realidad. Muchas de ellas tenían que ver con formas de mirar, con transparencias, duplicación de las imágenes, estados mentales. 

Jorge “Coke” Délano. Foto: Centro Cultural La Moneda

Otra cosa: la ciudad. Quizás por vez primera pude relacionar la prosaica ciudad de mi infancia con vidas extravagantes, con sueños disparatados. 

Botica de turnio y Yo soy tú me dejaron entender que la vida en los términos en que yo la conocía podía ser un espacio encantado, exento de la chatura de las viejas techumbres y de los viejos escrúpulos agrarios chilenos: escépticos, avinagrados, corrosivos.

Es más que probable que la pintura y las películas y los libros de Jorge Délano hayan sido productos superficiales, pero esto no significa que carezcan de complejidad psíquica. 

Me asombraba el hecho de que Délano hablaba de los barrios que yo conocía. Había estado, además, en el mismo colegio mío pero sesenta años antes. Y ambos éramos “cerreros” (habitués del Santa Lucía). 

Es extraño el modo en que las familias van borrando sus propias historias en un declive de cotidianeidad y vetos personales. Particularmente las ancianas, según me he dado cuenta, no consideran que su memoria contenga algo de interés para los demás. En algunas ocasiones he logrado extraer con tirabuzón episodios sepultados en un silencio vergonzante. Hay señoras que no hablan de su origen para no presumir de antiguas prosperidades, y otras que hacen lo mismo para no dar pistas de ingénita pobreza. 

Así se ha ido perdiendo tras una nebulosa de olvido actos de heroísmo, episodios emocionantes, esfuerzos descomunales. Es posible que no sea más que la condición humana: dispersarse y desaparecer.

He comenzado, con los años, a entender este fenómeno a través de la experiencia propia. En la medida en que he ido tomando el relevo de los viejos de la familia, me doy cuenta de que mis versiones del pasado han ido cayendo en la categoría del cuento repetido, y de que soy escuchado con indulgencia.

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