Opinión
18 de Octubre de 2024
Una tarde
Por Roberto Merino
El cronista Roberto Merino transporta a una calurosa tarde de diciembre de 1984 en el centro de Santiago, donde el Café Paula se convirtió en el escenario de su inspiración juvenil y, ahora, de sus recuerdos nostálgicos y de personajes singulares. Desde ese lugar relata encuentros con figuras como el dramaturgo Arturo Moya Grau y el humorista Platón Humor.
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Recordé la otra vez súbitamente un día específico de verano, más bien una franja de una tarde de diciembre de 1984, cerca de la Pascua. Era un día muy caluroso, el más caluroso del año, o del siglo, o desde que se inventó el termómetro. Estoy seguro de haberme sentido bien al cruzar desde la vereda soleada del Teatro Municipal a la sombría del Palacio Subercaseaux en Agustinas, porque era estructuralmente joven y porque el viento no muy cálido proporcionaba un relativo alivio y me hacía flamear una camisa blanca que andaba trayendo. Mi destino era el Café Paula, en la esquina de San Antonio. En esa época buscaba lugares donde pasar la tarde y me instalaba en ellos con un par de cuadernos y una flaca lapicera Cross, decidido a escribir un libro definitivo.
El Paula parecía ideal para tal propósito, pero en aquella ocasión el servicio estaba desbordado. Rojos de cara, ahorcados por las humitas, los mozos pasaban sin mirar sosteniendo bandejas con copas de las que asomaban cucuruchos de crema Chantilly. Desde el umbral de un cubículo, un administrador con el teléfono en la mano gritó al resto del personal: “¡Se agotó el hielo en Santiago, ya no hay donde comprar!”.
Pensé que ése podría constituir un dato histórico. Que tal como Saint-Simon había registrado los eventos del “invierno terrible de 1709” (durante el cual se congeló el Sena), yo podía perfectamente hacer algo equivalente. Pasaban cosas, las acababa de ver: unos pájaros de presa de plumaje negro bajaron a la Plaza de Armas sólo para que el jardinero los manguereara. En sus podios, los viejos pascueros jadeaban atrapados en sus ropas de loneta y sus espesas barbas de huaipe blanco. Uno de los numerosos locos del centro (que le daban a la zona una onda barroca española), el famoso Falabella (no confundir con Falabello), abrigado con un chaquetón azul giraba a pleno sol en torno a una estatua, describiendo una especie de trote aborigen.
En el café yo hacía el ademán de escribir y no escribía nada. Ponía en el cuaderno palabras, flechas, subrayados y algunas de las palabras anotadas las ponía de nuevo en mayúsculas, o con letra inclinada. Luego dibujaba garabatos, monicacos o llenaba los casilleros de esa página inicial donde decía “Este cuaderno pertenece a: …”. O sea, puro chamullo y procrastinación.
Qué raro: la tarde de la que hablo habían juntado en el Café Paula dos o tres mesas para un grupo grande. Se trataba de una manifestación o agasajo a Arturo Moya Grau, el dramaturgo de las teleseries. Moya Grau administraba la conversación con sus incondicionales, o más bien él contaba anécdotas y los demás se las celebraban.
Más raro aún era que en la mesa de al lado, solitario y como acorralado, estaba el humorista Platón Humor, observando de reojo las evoluciones del anecdotario de Moya Grau. Tenía un cuaderno en el que de tanto en tanto hacía anotaciones, quizás frases del propio Moya Grau, quizás ideas de chistes, versos, aforismos, listas de compras.
Había algo de los años 60 en la atmósfera del Café Paula en la tarde más calurosa de la historia. Podríamos haber aparecido todos en la película Ayúdeme usted compadre, a instancias de un Pepe Harold mozo-bailarín, moviéndose al ritmo de una sección acústica de cucharas y ollas.
A Platón Humor lo vi la primera vez -identificado con un nombre distinto- en uno de los talleres de la Unión de Escritores Jóvenes en el invierno de 1978. En una de las frecuentes discusiones estéticas que se armaban en esas instancias, Humor afirmó que Alberto Cortez no sólo era un poeta, sino que lo era en modo superlativo. Lo vi por segunda vez pocos días más tarde, desde lejos, y parecía seguir a un grupo de marihuaneros en el Parque Forestal.
Cuatro, cinco años más tarde apareció en un concurso de la televisión como humorista. Le fue bien, lo que hizo pensar en el inicio de una carrera exitosa. Alguien le sugirió que se llamara simplemente Platón, que lo de Humor era redundante. Nunca hizo caso.



