Secciones

The Clinic
Buscar
Entender es todo
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad
Fotos: Sergio Morales/The Clinic

Entrevistas

21 de Diciembre de 2024

Álvaro Salas: “Hoy día está complicado hacer humor, estamos demasiado sensibles de piel”

A punto de cumplir medio siglo de trayectoria como uno de los humoristas más reconocidos del país, el "rey del chiste corto" revela por qué no le gustaba esa corona, si existen límites para hacer reír, su opinión del stand up con agenda a propósito de George Harris, y las exigencias actuales en eventos. “El humor no es para dividir ni crear conflictos", señala.

Por Marcelo Contreras
Compartir

“No hay fecha exacta”, dice Álvaro Salas (71), pero desde muy niño -“desde que tengo uso de razón”- supo que quería ser humorista. Fanático de Condorito, se aprendía los chistes de memoria. El ambiente hogareño en el cerro San Juan de Dios de Valparaíso también contribuía a un camino artístico. Su padre fue actor y director teatral, mientras la mamá acostumbraba cantar “muy bonito”. “Los fines de semana eran de canturreo, de guitarreo -cuenta-. Con mi hermano mayor cantábamos canciones cómicas con chistes intercalados”. 

En 1968 quedó repitiendo en cuarto humanidades en el Liceo 3 del entonces puerto principal, por motivos artísticos y futbolísticos. Fue el año en que Santiago Wanderers ganó su segundo campeonato con el legendario equipo de Los Panzers. “Repetí por la música, porque ya estaba participando en festivales cantando y tocando guitarra, y por culpa del Wander (sic). Hacíamos la cimarra para ir a ver los entrenamientos. Descuidé un poco mis estudios”. 

En 1972 barajó estudiar periodismo guiado por la ecuación “bueno para las letras, malo para las matemáticas”. Finalmente eligió música en la Universidad Católica de Valparaíso. Tres años más tarde se arma Pujillay, el grupo “folcómico” según vocablo hechizo de Álvaro Salas, donde saltó a la fama. En esa trama la fundamental folclorista Margot Loyola resultó clave.

“Ella y su marido Osvaldo Cádiz formaron un conjunto de danza y baile en la Católica de Valpo, como el Bafona -cuenta-. Eligieron bailarines y un grupo de músicos. Éramos siete u ocho compañeros de curso que en los ratos libres le cambiábamos las letras a las recopilaciones de Margot Loyola, un chacoteo interno. Ella fue la que nos dijo ‘chiquillos, les sale tan bonito’, porque igual hacíamos humor musical con arreglos vocales, todos estudiando música. Ella insistió: ‘¿por qué no hacen un conjunto?’”. 

La intención de Pujillay donde alineaban originalmente Manuel Chamorro, Marcelo Romero, Sergio Morales y Eugenio Mora -fundadores junto a Álvaro Salas el 1 de junio de 1975-, era funcionar hasta el egreso con actuaciones que les permitieran ayudar a los padres con el arancel universitario. Pero Pujillay se convirtió en un fenómeno que subordinó los estudios. Los profesores les aplazaban las pruebas, y en la universidad alentaban su trabajo que promocionaba el nombre de la casa de estudios porteña. 

Conquistada la región, el siguiente paso era la capital. Cogieron guitarras, quenas y bombos y viajaron a Santiago a tocar puertas en la televisión. “Ahí fue cuando nos recibieron los PAR Producciones, (Jorge) Pedreros, (Fernando) Alarcón y (Eduardo) Ravani -recuerda el humorista-, que en esa época estaban en el Dingolondango el día domingo, un programa que arrasaba en sintonía”. 

Los futuros miembros del Jappening con Já, por entonces a cargo de la producción y dirección del programa magazinesco conducido por Enrique Maluenda, se sentaron tras un escritorio de su oficina “igual que un jurado”, y les dieron orden de actuar. 

Al principio, los jóvenes porteños quedaron descolocados. “‘Qué plancha’ decíamos nosotros. Y resultó, porque nos dijeron ‘ya chiquillos, ¿cómo están para venir al Dingolondango?’. Casi no podíamos creer, y ahí nos dimos a conocer a nivel nacional”. 

Los Pujillay se convirtieron en habitués de diversos programas y el mismo Jappening, con gags musicales memorables como aquel donde encarnaban a un grupo andino. Álvaro Salas esperaba pacientemente su turno para tocar la zampoña y nunca lo dejaban hasta que, en un arrebato, se la comía. Estaba hecha de barquillos. 

Fueron como invitados del Jappening con Já al histórico Festival de Viña del Mar de 1981 como integrantes del “Manso Coro”, una parodia del conjunto vocal de Ray Conniff, por lo demás miembro del jurado. 

Al año siguiente, Pujillay debutó por cuenta propia en la Quinta Vergara. “Ojo que en esa época, hoy día sería un suicidio, contrataban por dos días. Hicimos dos rutinas diferentes”, observa Álvaro Salas. “Después fuimos el 85 y el 90. Después yo fui en forma individual dos veces”.

—¿Compartió con la generación que ya hacía humor en la televisión? Los artistas de Mino Valdés y su alegre compañía, ese tipo de comediantes.

—Sí, estuvimos un año entero en el Festival de la Una de Enrique Maluenda. Veníamos todos los miércoles nosotros, y ahí compartimos camarín con esas figuras como Daniel Vilches, Ernesto Ruiz “El Tufo”, (Eduardo) Thompson, Gilberto Guzmán, que eran ídolos para nosotros. Lo mismo Jorge Romero “Firulete” y Carlos Helo, que yo los admiraba de niño. 

Piel sensible

Álvaro Salas despliega elogios generalizados para históricos del humor nacional -evoca el éxito de “Bigote” Arrocet, mientras su primer amigo en Santiago fue el fallecido Jorge “Chino” Navarrete-, pero sus favoritos de todos los tiempos están al otro lado de la cordillera: Les Luthiers. 

Como fan, repasa su material con religiosidad. “Tuve la suerte de compartir con ellos la última vez que vinieron a Chile, la despedida -cuenta-. Mis dos pasiones son la música y el humor, no sé en qué orden. Quizás un poco más la música, pero vivo del humor. Y Les Luthiers es el resumen completo y de primer nivel, un encuentro extraordinario. Eran perfectos, no fallaban en nada”.

—¿Se puede hacer humor de todo o el humor tiene limitantes? 

—Qué buen tema, porque yo lo digo en la rutina actualmente: 15, 20 años atrás, contábamos chistes de cojos, de pelados, de gays, de guatones, y nadie se ofendía, todos reían. Hoy día, no sé si la verdad es que no se puede -o no se debe hacer-, pero se puede, depende del público. Pero hoy día está complicado hacer humor en mi país, no sé si en otros será igual. Estamos demasiado sensibles de piel hoy día, y hay que pensar muy bien antes de decir lo que uno va a decir.

A pesar del repertorio más bien blanco que practica Álvaro Salas -su último espectáculo se llama “Humor de la cintura para arriba”-, también juega “con la picardía, el doble sentido” tratando de “no herir susceptibilidades”. 

“Me da mucha lata las restricciones que hay hoy en día -‘no vaya a decir eso’-, una cosa extraña”. Asegura que en eventos de empresas por ejemplo, ya es norma preguntar qué asuntos mejor excluir. En el listado, dice, figuran la religión, las colonias (“no cuentes chistes de árabes, de judíos”), y chistes sobre diversidades sexuales. 

“Se va cortando la rutina”, sintetiza Álvaro Salas. 

Tampoco aborda la política por una razón práctica -“así no me cierro puertas”- y como resultado “hay empresas que me llevan cuatro o cinco veces porque dicen que conmigo no corren riesgo de que vaya a incomodar a alguien”.

La configuración de rutinas ha variado con los años. “Cuando fui último modelo -relata-, cuando estaba en Viva el lunes, Video Loco, y trabajaba en varios eventos, llegué a tener un equipo de seis personas. Ahora pienso, ‘¿para qué tenía tanta gente?’”. 

Álvaro Salas asegura que “en los chistes no se ha metido nunca nadie, esa parte es mía”. Agrega que le encanta “recopilar, inventar y adaptar chistes”, pero que cuando se trata de noticias cuenta con algunas asesorías. “Es el segmento que más me pide la gente cuando al final leo noticias, cosas que aprendí en la radio y que después lo llevé al programa Una vez más con Raúl Matas”. 

“En esa parte, como no tenía tiempo para leer todos los diarios y estar al tanto de todo lo que estaba pasando -continúa-, tenía un par de colaboradores que me ayudaban harto”. “Pero hace rato que mi equipo soy yo y dos personas más”, subraya, con un responsable del aspecto audiovisual y otro responsable de “las redes sociales y grabar al público”. 

—Entonces la instancia netamente creativa es suya. 

—83,6% 

—¿Se puede definir el meollo del chiste corto, su mecánica, su ADN? ¿Su elaboración es inmediata o es más trabajado? 

—¿Te digo una cosa? Cuando recién me bautizaron como “el rey del chiste corto”, a mí no me gustaba mucho. Sonaba como “el rey del mote con huesillo”, “el rey del pescado frito”. Pero ahora no me incomoda para nada, y fíjate que no elegí ser especialista en chiste corto, es mi forma de conversar, de hablar. Te pongo, por ejemplo, un chiste cualquiera: ‘el marido llega del trabajo cansado, después de haber trabajado todo el día, llega a su casa, lo espera la señora, y le dice’. Yo me salto toda esa parte y digo “él le dice a ella”. El chiste que dura tres minutos, lo dejo en 40 segundos. No te puedo decir que hay una mecánica. Es mi forma de ser.

—Cuando el público asiste a un concierto de un gran artista, quiere los éxitos. En cambio, si los humoristas repiten mucho la rutina, la gente dice “qué fome”. ¿O la gente espera que cuente los chistes que ya sabe? ¿Cómo se lidia con eso? 

—Voy a citar a dos humoristas que, lamentablemente, ya no están con nosotros. Sandy, el gran amigo boliviano, caballero del humor. Yo creo que es el único humorista que en el festival de Viña la gente le coreaba el chiste, el del gangoso que está en España. Todo el mundo se lo sabía y la gente reía igual. Y Juan Verdaguer, humorista uruguayo que falleció mucho antes, que también tuve la suerte de conocer -vino a Viva el lunes un par de veces-, decía en su show “para ser humorista hay que tener buena memoria, y la esperanza de que los demás no la tengan”. 

“¿Por qué te digo esto? -continúa- Porque de repente uno toma un chiste antiguo y lo renueva con algunos toques de modernidad y pasa piola”. 

—¿Qué opinión le merece el stand up comedy? Se lo planteo desde la siguiente perspectiva. En los 80 la gente trotaba, después era “jogging” y ahora es “running”,  como que le cambian el nombre no más. Coco Legrand hacía “café concert” en los 80, pero era un stand up comedy. Y sus rutinas, eventualmente, también podrían calificar como stand up. 

—¿Te das cuenta del poco respeto que tenemos por el idioma? Me da mucha risa cuando hay eventos y te dicen, “mándame el brief, lo conversamos en el coffee break, me mandas el speech“. De verdad que es para sacarle chistes. En las tiendas de los malls dice ‘sale’ y toda la gente entra. 

“Yo no hago stand up comedy. ¿Por qué la aclaración? Porque escuché mucho tiempo que cuando llegó el stand up a Chile, era mucho garabato, mucho chilenismo, mucho de la cintura para abajo. El comentario del público era ‘qué graciosos son estos cabros, lo malo es que hablan todos con tanto garabato’. Hay gente que no les gusta ese tipo de humor. Por eso hago la diferencia: yo hago humor clásico”, dice Álvaro Salas.

“No es que sea mojigato -aclara-, yo hablo con garabato también, entre los amigos y en confianza. Pero en el escenario todavía soy de la escuela antigua cuando los animadores decían “respetable público”. Hoy día no se lo respeta mucho. Pero hay grandes cultores del stand up y, lo que más me alegra, es que en Chile hay público para todo. Porque muchas veces me han dicho, ‘oye, ahora que el stand up la lleva’. Yo voy a actuar y se llena igual”. 

De Luis Slimming, por ejemplo, el humorista destaca el rescate del chiste corto. “Lo conversé con él, que lo puso otra vez en la mesa del humor”. 

“No cuenta tantos chistes -observa-, sino historias cortas donde la gente se está riendo a cada rato. No se puede decir que es un chiquillo que está recién empezando. Slimming colabora hace mucho tiempo con otros humoristas, y ahí se decidió a hacerlo él solo y con mucho éxito. Tiene mucha gracia, es muy creativo y con bastante futuro”. 

—¿Y Felipe Avello? 

—Lo de él es bien raro, original, poco visto, porque él hace todo su show con el público. Le mandan preguntas en papelitos, comentarios, en base a eso está improvisando todo el rato. Es un tremendo riesgo, porque uno no es gracioso y simpático todos los días. Tienes que ser muy creativo en cada función, porque no sabes con qué público te vas a encontrar. 

Álvaro Salas y el Festival de Viña

—Hubo rumores de que usted iba a ir al próximo Festival de Viña, ¿fue cierto o solo eran voladores? 

—Alguien inventó una parrilla completa y la mandó a las redes sociales. La gente del Mega me dijo “estamos tratando de ubicar eso para desmentir”. Me llamó mucha gente, incluso mis hermanos, mi familia, “cómo no nos habíais dicho”. Todo era mentira. O sea, siempre hay contacto, pero este año no. Nunca hubo un acercamiento. 

—¿Volvería? 

—Nunca digo que nunca, ni siempre. Pero por ahora, no. Me encanta el Festival de Viña, y que le vaya muy bien al humor, siempre; me carga cuando pifian a los humoristas. Viña es harto trabajo y la rutina la quemas ahí. Tienes que tener un plan b inmediatamente para poder seguir trabajando. Por eso prefiero ir a festivales más chicos. 

—Antiguamente un humorista hacía un buen año y coronaba la temporada con el Festival de Viña. Ahora anuncian la parrilla y aparecen nombres desconocidos para el gran público, con éxito de nicho. Esta alteración en el orden de los factores ¿qué opinión le merece? 

—Hoy en día hay humoristas que parten en la Quinta Vergara, y es para la risa. Y como no los conoce nadie, “si me va mal, da lo mismo. Y si me va bien, de ahí parte mi carrera”. Mira lo que le pasó a este flaco re simpático (Diego) Urrutia, lo llamaron una semana antes porque se cayó el Yerko (Puchento). Y mira cómo le fue, y mira cómo le ha ido después. Creo que el Festival de Viña hay que verlo con mucho más respeto, hay que prepararse. A mí, las veces que he ido el 2000 y el 2007, me contrataron como en agosto del año anterior. Y a uno le piden que no diga ni una cosa, salvo la familia no más. 

—¿Siente que el público de la Quinta Vergara es particularmente temperamental e impaciente? 

—Mira, el público no se puede poner de acuerdo. ‘Hoy día vamos a ser pesados, hoy día vamos a estar simpáticos’. El público chileno en general, no solamente el de Viña, agradece cuando uno le entrega un buen espectáculo, ¿para qué estamos con cosas? Mira, los éxitos del Bombo o la primera vez que fue Kramer, o el show muy bien hecho y montado de Jorge Alís. La gente agradece eso. La gente no se puede poner de acuerdo para pifiar. Lo que me molesta y no me gusta es cuando dicen “este humorista es comida para el Monstruo, lo contrataron para que lo pifien”. Creo que nadie se merece que lo pifien por su trabajo. Porque hay familias detrás, hay un trabajo de harto tiempo. 

—¿Qué le parece el barullo, la polémica en torno a este comediante venezolano George Harris? 

—Yo no debería contestar esto, porque la gente va a decir, ‘ah, está siendo políticamente correcto’. No he tenido tiempo de verlo, pero cuando salió la parrilla me llamaron de muchas partes para saber qué opinaba de este señor George Harris. Yo conozco a George Harrison, de los Beatles, pero de George Harris lo único que he averiguado es que hace un humor medio confrontacional, creo, y se mete en política con nombre y apellido cuando detalla a un mandatario, a una autoridad, y eso no le gusta a todo el mundo. Pero debe ser gracioso, por algo lo traen.

—En ese sentido, ¿qué le parece cuando el stand up se utiliza con abanderamientos ideológicos o causas en boga? 

—Todas las decisiones que toma un artista, un humorista frente al micrófono son -como dicen en la televisión-, responsabilidad de quienes las emiten. El humorista que decide hacer eso y lo hace bien, lo respeto. En lo personal trato de no involucrarme en dividir al público. Te metes en temas conflictivos y ya sabes que no vas a tener el 100% de la aceptación de la gente. Yo admiro mucho lo que hizo tiempo atrás mi amigo “Palta” Meléndez, y el mismo Ricardo Meruane empezó haciendo un humor político muy inteligente. Pero si uno hace las cosas con respeto y humor… porque el humor es para hacer reír, no para dividir ni crear conflictos. 

—Usted trabajó en la industria televisiva en una época de oro en términos comerciales y creativos, y ha sido crítico en el último tiempo respecto del contenido en la pantalla ¿qué es lo que resiente? 

—En el show muestro imágenes de Video Loco, Viva el lunes, de Una vez más, y la gente aplaude de forma espontánea porque como que echa de menos esos programas. Me siento privilegiado de haber vivido en esa época, haber trabajado y conocido a monstruos de la televisión, (los directores) Felipe Pavéz, Gonzalo Bertrán, Sergio Riesenberg; esa época en que todos los canales competían con programas propios creados por ellos mismos.

Pero hay que ser bien justo, no existía cable ni Netflix, por eso los programas marcaban 30, 40 puntos. La televisión ha descendido en la comercialización de los programas y hoy día se usan mucho las licencias de afuera, el programa tiene que ser igual, como pasa con los realities. Tienes teleseries todos los días y a todas horas, y hay muchos programas de conversación que son muy entretenidos. Pero lamento que no hay espacios de espectáculo, no hay shows donde el humorista vaya a hacer rutina y el cantante cante, y los músicos muestren sus habilidades. No existen esos programas. 

Comentarios

Notas relacionadas