Ciudad
23 de Diciembre de 2024Por qué algunos usuarios del transporte público escuchan con volumen alto sus teléfonos y la contenida molestia del resto de pasajeros
Los ruidos molestos al interior de un vagón del Metro o de un bus del transporte público son una acción casi constante que se vive para quienes utilizan esos espacios como medio de transporte. No obstante, la mayoría de los pasajeros se abstiene de quejarse. Ello con el fin de evitar problemas que resulten más tormentosos que oír un teléfono a un volumen alto, dice un experto.
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Para una persona que frecuenta el transporte público, el siguiente escenario puede no ser nuevo o, inclusive, lo podría reconocer como algo cotidiano. En un espacio que se comparte con un grupo de pasajeros, hay uno de ellos que resalta del resto.
Lo anterior no ocurre por sus prendas ni por alguna apreciación física que se pueda hacer de la persona —de hecho, la edad o el grupo socioeconómico del sujeto no es tema—, sino por la acción que lleva a cabo: la visualización de un video de TikTok, Reels o Facebook, o, también, la escucha de música. Ambas actividades, no importa cuál, es realizada sin audífonos. De ese modo, el ruido que sale de los altavoces del teléfono alcanza a alterar la atmósfera del propio recorrido citadino.
No obstante, pese a la evidente molestia que ocasiona tal escenario en el resto de pasajeros, nadie se queja. Y una explicación a ello es lo que otorga Tomás Peters, sociólogo y académico de la Facultad de Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile.
Peters señala, en primer lugar, que quienes utilizan un volumen alto en sus dispositivos móviles son “conscientes de lo que hacen”. Es decir, que no es una simple acción despistada, sino que tiene un motivo. Sobre todo en el caso de la gente que oye música en el transporte público.
“Cada vez es más difícil demostrar los gustos, las identidades, las formas de sentirse identificado. Lo que hacen estas personas es exhibir las identidades”, asegura el también doctor en Estudios Culturales, apuntando a que cada vez las mismas están “más ocultas”, apelando a que anteriormente existían las tribus urbanas, lo que hacía mucho más fácil la identificación con elementos culturales.
Además, señala que la forma actual de expresión —mediante un celular a volumen alto en el transporte público— es otra forma de “demostrar sus construcciones biográficas e identitarias, a través de exponer un volumen alto en las canciones“.
En razón de lo anterior, Peters destaca los smartphones, los que han permitido, según piensa, a que “uno pueda transportarse en la ciudad con una serie de instrumentos que permiten poder mostrar sus cuestiones identitarias, como las canciones”.
La queja interna de los usuarios del transporte público
Para el sociólogo, la incomodidad generada a raíz de un teléfono a volumen alto y la no manifestación alguna de molestia responde a cosas concretas.
“Hoy la gente se inhibe a cuestionar el uso de estos dispositivos por la creciente percepción de la violencia que ocurre en sociedades como las nuestras”, advierte. En eso, sostiene su punto ejemplificando con videos que recorren las redes sociales, en donde no son pocas las piezas audiovisuales que muestran riñas y golpes al interior de, por ejemplo, un vagón del Metro de Santiago.
“La gente prefiere prescindir de incomodar a otra persona que está haciendo este tipo de prácticas por el temor de recibir un acto de violencia o algún tipo de represalia verbal que signifique, en ese momento, una incomodidad mayor de lo que es tener que escuchar su teléfono“, resume.
Para cerrar su planteamiento, Peters propone que en el transporte público debiesen existir “reglas de convivencia del espacio urbano”. El sociólogo dice que en los lugares que se comparten manillas, fierros y asientos —que adornan y hacen útiles vagones o interiores de buses— “debería establecerse de manera cada vez más fuerte los requisitos que deben tenerse para una experiencia de respeto, de una convivencia urbana que efectivamente requiere que el respeto por el otro sea ejercido”.
Y cierra: “Las formas de transportarse en la vida urbana debería ser parte de un esquema más global (…) y que transforme en una cuestión de respeto del otro como una forma de convivencia”.



