La solista canadiense brindó en Lollapalooza Chile 2025 un espectáculo que demostró la vigencia de su disco debut, Jagged Little Pill (1995) -un anticipo a lo que sería el #MeToo-, y exhibió una contundente capacidad vocal.
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Como si todo estuviera planificado, justo antes del inicio del show de Alanis Morissette, un grupo de pájaros comenzó a sobrevolar a un costado del escenario. Cuando las aves se fueron, y en lo que parecía una sincronización perfecta, un video en la pantalla gigante hizo un breve resumen de la sobresaliente trayectoria en la cultura popular anglosajona de la cantante canadiense, desde cameos en programas de conversación hasta multitudinarias apariciones en ciudades de todo el mundo.
Cuesta creer que han pasado treinta años desde Jagged Little Pill (1995), un álbum que vendió más de treinta y tres millones de copias y que, principalmente, puso en el mapa musical a una solista que le dio un giro completo a la música femenina, abordando desde su propia perspectiva una mirada reivindicativa de su género y, sin querer, transformándose en una madrina artística de colegas como Olivia Rodrigo, de gran debut en el país la noche anterior.
Hay, de hecho, dos artistas diferentes en Alanis Morissette. Por un lado, sus intereses actuales están en la meditación, la espiritualidad y una introspección absoluta que están plasmados en su último álbum, The storm before the calm (2022), con temas largos, planos y que reflejan su búsqueda por una paz personal. Por otro, está la Alanis Morissette que celebra el aniversario de su llegada al olimpo musical del pop, con sus canciones inundadas de angustia existencial y rabia por el eterno lugar secundario -y ahora en proceso de transformación- de las mujeres.
Sorprendida por una multitud que hace rato estaba frente al escenario esperando conseguir un mejor lugar, la norteamericana apareció vestida con un pantalón rojo y una camisa floreada como si estuviera a punto de ir a comprar pan. Ese relajo se contrapuso con una voz que suena como hace treinta años: impecable, con quiebres permanentes y que, de forma impresionante, no desentonan en ningún instante. El inicio con Hand in my pocket, mostró su fortaleza vocal y su espontaneidad ajena a cualquier artificio. Se alejaba y se acercaba al micrófono para demostrar sus dotes y en ningún momento se percibió estresada.
En ese ambiente de reclamación femenina, con imágenes donde se proclamaba por la igualdad entre hombres y mujeres, Morissette fue logrando aglutinar a su género que, en gran mayoría, interpretaba cada una de sus canciones. Pronto tiró toda la carne a la parrilla. Right Through You, esa crítica despiadada a los ejecutivos de la industria del entretenimiento -y que proféticamente parece dedicada a Harvey Weinstein- fue un golpe de efecto y, también, un anzuelo recogido por la nueva generación de solistas que la ven como una referente. Esa misma sensación se percibió en clásicos como You learn, coreado con fuerza por el público y, más tarde, con Ironic, otro de sus tempranos hits.
Hubo un segmento acústico, con temas como Mary Jane y Perfect, acompañada solo por un tenue piano o delicados rasgueos de guitarra que, fundamentalmente, exponían el poderío vocal de Morissette, que se lucía realizando diversas cabriolas con actitud y carácter.
En el tramo final remató con dos clásicos. El subversivo tema de término de una relación, You oughta now, y Thank U, una canción de espíritu calmo que anticiparía el carácter musical posterior de Morissette. Un rol artístico que la alejaría de las grandes giras y el estrés de renovarse en el éxito, pero que, a la larga, fue más gratificante. Porque ahora, treinta años después, hace lo que se le antoja.



