Secciones

The Clinic
Buscar
Entender es todo
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad
Francisco Paredes / The Clinic

Entrevistas

30 de Marzo de 2025

Claudio Valenzuela, líder de Lucybell: “Los días en que mi hija estuvo mal sentí que vivía en el infierno”

A poco más de sesenta días de la septicemia que tuvo al borde de la muerte a su hija Amaya y a siete meses de poner un receso indefinido en la carrera de su grupo, el vocalista habla de las dificultades para dedicarse a la música, de su vida en Estados Unidos en la era Trump y asegura que sus canciones tienen “una importancia grande en la música chilena”.

Por Felipe Rodríguez
Compartir

Claudio Valenzuela sabía que 2025 sería un año con sorpresas. Unos meses antes había acordado junto a sus compañeros de Lucybell que tendrían un receso indefinido y estaban proyectando una gira de despedida. Había recibido el nuevo año en Idaho, Estados Unidos, junto a su pareja y tenía pasajes para el 14 de enero. Pero el 5 de ese mes todo cambió. Un mensaje de la madre de su segunda hija lo noqueó. Le contaba que Amaya, de 24 años, sufrió una descompensación severa. Una otitis derivó en una septicemia y estaba internada en la Posta Central.

El panorama era extremadamente desalentador. La doctora que la atendía, le dijo que las posibilidades de sobrevivencia eran mínimas. “Veo un mensaje donde me dicen que vaya ahora mismo a Chile a despedirme de mi hija. Mi primera sensación fue quedar en blanco. Como recibir un combo imprevisto que no sabes de donde viene. Pensé en los miles de kilómetros de distancia que me separaban de mi hija. Más encima, es un viaje de unas veinte horas, un día entero. Tuve que cambiar los pasajes y partir al día siguiente. Por suerte, estaba con mi mujer. Ese viaje fue terrible, muy tenso. Sentí un golpe fuerte, inesperado, como ocurren las cosas a veces”, dice el líder de Lucybell a The Clinic.

Mientras recuerda esa situación, Valenzuela se emociona. Habla lento y hace silencios. Cuenta que el año pasado, antes de abordar un avión rumbo a Santiago, su hermano le escribió para decirle que su madre había fallecido repentinamente de un infarto. No quería repetir la historia.

“Llegamos a Chile, fuimos a dejar las maletas al departamento y partimos a la Posta. Pese a toda la tristeza, sentí una energía muy potente, especial. En las redes sociales me tiraron una buena onda increíble. Y creo que ese empuje ayudó a la recuperación de mi hija. Ahora donde voy me tiran buena onda y me preguntan por la salud de Amaya. Es súper lindo. Tengo una relación muy buena con la madre de mi hija y, aunque tengo tres hijos de madres diferentes, he tratado de hacer familia. Mis hijos -que viven en Berlín, Santiago y Estados Unidos- se llevan bien, están comunicados. Es complejo, es un trabajo, pero somos una familia. Por eso, los días en que mi hija estuvo mal sentí que vivía en el infierno. Ocurrió hace apenas dos meses, pero te juro que siento que fue hace años. Fue durísimo”, afirma.

—Fue potente también su mini show en la Posta…

—La energía en la Posta es superfuerte. Tienen emergencias todo el tiempo, salvan vidas. Lo de tocar fue una idea supersimple, de agradecer y regalarles algo de música. Hubo trabajadores, enfermos, personas en silla de ruedas. Me hizo bien.

—Hizo algo pocas veces valorado. Alabó la salud pública…

—A veces somos muy críticos, pero tienes que pasar por ahí. La gente se rompe el lomo trabajando y hay que valorar lo que hacen. Porque siempre los recursos son pocos.

Claudio Valenzuela sabe de pocos recursos. Se crió en Maipú, en unos blocks de tres pisos en Avenida Sur con Pajaritos –“Al costado veías a vacas pastando”, rememora-. En su casa se escuchaba mucha música. Su madre se presentó en algunos concursos radiales como cantante en Rancagua y era aficionada al pop español clásico de Camilo Sesto, Raphael y del argentino Leonardo Favio. Su padre, en cambio, era fan de The Beatles. El cantante estuvo en un coro del colegio y luego en un taller de guitarras.

“El profesor del coro me agarró porque le gustó la impostación de mi voz. Nunca me salieron gallitos en la adolescencia”, indica. Empezó a tocar temas de Silvio Rodríguez y, más grande, fue grabando álbumes que se emitían en el programa “La Hora Cero” de radio Concierto. Allí conoció a Kate Bush, David Bowie, Joy Division, The Smiths. “Y me hice fanático de Sumo”. Salió de cuarto medio del liceo municipal de su comuna a los 16 años y obtuvo puntaje nacional en Matemáticas. Estudió ingeniería en la U. de Chile, pero aunque le iba bien, congeló la carrera. Y pasó a estudiar Sonido en la misma universidad. Ahí conoció a algunos de sus futuros compañeros de Lucybell. A la usanza de las viejas bandas, estuvieron más de tres años ensayando y tocando en lugares antes de tener ofertas discográficas.

“En un principio, no teníamos ni instrumentos. Todo era precario. Trabajaba en la disquería Fancy que estaba en 11 de septiembre y ensayábamos en Cerrillos, cerca de donde se hace el Lollapalooza. Llevábamos instrumentos y amplificadores de la disquería en micro y metro y los devolvíamos en la misma noche para que no se dieran cuenta. Fue difícil, pero nos gustaba lo que hacíamos”, señala.

Tantas ganas tenía de hacer música que ni siquiera su paternidad en 1993 puso su trabajo en reversa. Fue un riesgo que costó mucho, lágrimas y dolores de alma, pero el cantante siguió adelante. Estaba convencido que la música era a lo que debía dedicar su vida. “Cuando partimos era difícil sacar una canción y, más aún, darla a conocer. En esa época tú decías que eras músico y la gente te respondía ‘qué lindo. ¿Pero a qué te dedicas?’”, confiesa.

Esos años de explosión musical en diversas direcciones, con bandas como Los Tres, Chancho en Piedra, Los Tetas, Pánico y La Pozze Latina, entre otros, marcaron una particularidad en Lucybell. Un sonido compacto, diferente en su confección a la mayoría y que se balanceaba entre la melancolía y cierta oscuridad. “Los años de ensayo y tener a tres estudiantes de sonido hizo que nuestro música jamás fuera amateur. Sabíamos como lograr lo que queríamos pese a la precariedad de los equipos. Yo tenía una guitarra hechiza y recién con el disco rojo (1998), me pude comprar una como la que quería. Fue una buena enseñanza. Ahora tú puedes tener tu estudio en un teléfono y puedes hacer cantar hasta un gato. Las limitaciones nos ayudaron a crecer”, dice.

Muchas cosas han cambiado en la industria musical desde el origen de Lucybell. Las regalías que proveían las casas discográficas ahora son inexistentes. Y el contacto a través de las redes sociales puede ser directo entre los músicos y sus seguidores. Eso, por supuesto, tiene sus beneficios y perjuicios.

“En treinta años ha cambiado todo. Podías tener almuerzos de mil dólares, giras con aviones a cualquier lugar, limusinas que te esperaban en México y también en Chile. Eso es historia, se disolvió. En las redes sociales puedes tener buena energía y también odiosidad. Tuve amenazas de muerte después de tocar en Plaza Italia en la época del estallido. Se produjo una cosa fascista extrema. Me dejaban textos como ‘sé donde vive tu hija. Te iremos a buscar’. Puse un par de denuncias en la PDI, por si acaso. Lo chequearon y eran personas de ultraderecha, que se manifestaban a través de bots. Trataban de meterte miedo. En general, sin embargo, la gente es buena onda”, comenta el vocalista de Lucybell.

—¿Qué lugar cree que tiene en la música chilena?

—No quiero pecar de una falsa modestia, pero creo que una importancia grande por lo que veo en el público. Cuando nos saludan con respeto o ver a un niño de ocho años con una polera de Lucybell que me abraza y se pone a llorar. Ahí es donde veo cosas importantes. Hace unos días, me mandaron un link de una pareja en su matrimonio que bailaba el tema Milagro como si fuera el vals de los novios. Es potente.

“Tuve que trabajar haciendo Uber, como dependiente de Guitar Center, un local de venta de instrumentos”

Claudio Valenzuela asegura que lo que más le impresiona de Lucybell es la importancia que tiene para sus seguidores. Ese, dice, es el gran poder del grupo. Así como otra situación que les ha llamado la atención: la gran cantidad de nuevas generaciones que asisten a sus conciertos. Está convencido que esa renovación de audiencias se debió a la pandemia. Una época de encierro que obligó a que la gente conviviera más de cerca y que traspasara información -en este caso musical- que hizo que fueran descubriendo nuevos sonidos.

“Pasé la pandemia en Idaho y no fue tan ruda como en Chile. Creo que acá, al estar encerrados, se compartió más música. En Estados Unidos cerraron restaurantes y tenías que andar con mascarilla, pero podías salir”, comenta el vocalista de Lucybell.

—¿Cómo vivió ese periodo, sobre todo, en lo laboral?

—Fue durísimo porque me separé, tuve que ir a terapia a diagnosticarme una depresión que me acompaña desde niño. En lo laboral fue complicado porque no tenía ahorros. Tuve que trabajar haciendo Uber, como dependiente de Guitar Center, un local de venta de instrumentos. No viajé a Chile en cuatro años. Hicimos unos shows online, pero fue marginal. En general, fueron dos años muy complicados porque no pudimos trabajar.

—¿Cómo es vivir con depresión?

—Es una enfermedad que tengo que manejar. Aunque empastillado se puede vivir y trabajar, en ocasiones se hace complejo. Tengo bajones. Si un día me olvido de tomar los medicamentos, puedo bajonearme. Por eso es importante tener estas muletas que te ayudan a estar mejor. Empecé un tratamiento en 2020 y siento que el mundo es diferente, que tengo paz, aunque a veces no me sienta tan bien.

—Desde 2003 que ha vivido con intermitencias en Estados Unidos, en México y también en Chile. ¿Cómo es la vida en la nueva era con Trump?

—Vivo en una zona pro Trump, muy conservadora. Y está difícil. Me gusta mucho la historia y creo que estamos de vuelta a 1938, 1939. Es algo cíclico. Me enteré que al entrar a Estados Unidos te están revisando las redes sociales. Si tienes algo contra Trump o a favor de los palestinos, te sacan, te llevan a un costado y te pueden detener por sedicioso o porque quieres acabar con el gobierno. 

—¿Cómo es su vida en Estados Unidos?

—No es como creen algunos en Chile, que soy millonario y tengo una casa con yate y piscina. Nada que ver. Por mí, viviría en Chile, pero tengo un hijo de 11 años al que quiero ver crecer. Soy inmigrante y no tengo amigos. No me junto con nadie. Me quedo en mi casa, bajo a grabar a mi estudio, veo a mi hijo, ando en bici. Llevo una vida muy pausada. Me gusta estar tranquilo. 

—¿No le dan ganas de salir y conversar con amigos?

—Si me quiero tomar algo, lo hago solo. O realizo videollamadas a amigos en Chile y conversamos. Estamos dos horas hablando y lo paso bien.

A sus casi 56 años -que cumple en junio próximo-, el vocalista de Lucybell asegura que su vida de rock and roll está en retirada. No cree que las drogas ayuden a la creatividad, pero indica que probó de todo y que es “fácil irse de rosca con las drogas porque generan placer en el ser humano”. Dice que se cuida y que planea muchos proyectos a futuro -discos solistas, biografías de la banda, etc-, pero que, en ocasiones, es importante saber perderse un poco. Sobre anécdotas con drogas, indica que tiene varias. Pero recuerda una situación como la que lo dejó más traumatizado.

“Con un amigo fuimos a comprar unas cosas ilegales a una población. Teníamos un contacto, llegamos a su casa y la escena era de surrealismo absoluto. Cuando llegamos, pensaron que éramos ‘ratis’ y tuvimos que llamar al contacto. Nos sentaron en un lugar y había una niña de unos 13 años, embarazada de ocho meses y paqueteando ‘verde’. Otros niños hacían otras cosas similares. De pronto, una mujer adulta, manda a un chico de unos siete años a buscar un ‘ladrillo’. Cuando lo trae, lo había abierto y lo chupeteaba. Lo primero que pensé fue ‘me tengo que ir de acá’. El pendejo recibió un coscacho. Pero esa cruda realidad fue demasiado”, confidencia.

Pese a que estará fuera de los escenarios hasta julio, cuando comience una gira por dos meses por diversos lugares de América, Valenzuela todavía no sabe que sentirá cuando ponga el punto final a su grupo el 10 de octubre en el Movistar Arena. Está seguro que serán muchas sensaciones. De hecho, algo experimentó en el último y celebrado show de Lucybell en Lollapallooza. “Nos vamos en quizás en el mejor momento del grupo. Este trabajo musical es un matrimonio y un matrimonio con ego. Siempre he pensado que hay que tener una dosis de ego para subir al escenario. Hay personas que tienen pánico escénico, porque pasan muchas cosas que debes controlar y que pasan por tu cabeza”, dice.

—¿Se desconcentras a veces en los shows?

—Claro. En Lollapalooza estaba superconcentrado cantando y, de repente, aparecieron Los Halcones de la FACH planeando y me desconcentraron. Me puse a pensar si había apagado el horno o si había sacado carne del refrigerador. Cosas domésticas. Lo importante es volver. Y, por supuesto, no olvidar la letra que estás cantando.

Temas relevantes

#claudio valenzuela#Lucybell

Comentarios

Notas relacionadas