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Opinión

30 de Marzo de 2025

La resaca del Oscar

Foto autor Cristián Briones Por Cristián Briones

"Me gustaría llamar vuestra atención sobre tres largometrajes puntuales, de muy distintos orígenes e interés, que, si tienen la posibilidad, son de muy valiosa vista en cines", comenta Cristián Briones en esta columna. Los tres filmes que destaca son Parthenope: Los Amores de Nápoles de Paolo Sorrentino, Presencia de Steven Soderbergh y Bird de Andrea Arnold.

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Le llamamos la mañana del día después de la fiesta. La premiación ha terminado y todo el debate sobre las películas premiadas se diluye entre papeletas y cuestionamientos sobre el auténtico valor de los premios entregados en la temporada. Se discute, debate y desprecia mucho, pero lo cierto es que el Oscar, y toda la temporada de premios que éste corona, es la fiesta anual del cine.

Desde Letonia hasta México, aún no teniendo ninguna película en competencia. Desde Brasil hasta el conflicto de Gaza. Desde el Hollywood multimillonario hasta aquel cine que apenas logra pagar a los tramoyas. Todos están pendientes de que sus logros y la cobertura de ellos, consigan instalar sus largometrajes, cortometrajes, documentales, animaciones, etcétera, en la palestra de nuevo, para así extender su apreciación en la siempre vertiginosa historia del cine.

Y nos agotamos. Y paramos de ver películas por un par de semanas. No ayuda que los grandes estrenos no pasen de ser multimillonarias y deslavadas reversiones de sí mismas y que no concitan atención más allá de las polémicas de taquilla de turno. Pero es también el momento en que se estrenan aquellas películas que quedan a la zaga de la temporada de estatuillas y nominaciones.

Cuando las distribuidoras más pequeñas luchan por instalar en alguna sala obras valiosísimas como Sing Sing, una de las mejores miradas a la masculinidad de los últimos años. O La Semilla del Fruto Sagrado (Dane-ye anjir-e ma’abed, 2024), el extraordinario thriller iraní cuyo atrevimiento tuvo enormes costos personales para sus realizadores. O aquella animación de un pequeño país europeo que está imprimiendo estampillas con la imagen de su felino protagonista, Flow. Son muchas las películas que, pasada la fiesta, intentan encontrar un espacio en la resaca posterior.

Y me gustaría llamar vuestra atención sobre tres largometrajes puntuales, de muy distintos orígenes e interés, que, si tienen la posibilidad, son de muy valiosa vista en cines:

La primera de ellas es Parthenope: Los Amores de Nápoles (Parthenope, 2024) la nueva película de Paolo Sorrentino, director de La Grande Belleza y È stata la mano di Dio, quien repite obsesiones, fantasías y fijaciones. Y de forma descarada, lo cual es necesario apreciar en su justa dimensión. Parthenope: Los Amores de Nápoles no es una gran película, pero es un deleite visual de tal magnitud, que hace imposible despegarse de la butaca. Sorrentino vuelve a intentar demostrar que su Nápoles amado es el lugar más bello del mundo, y esta vez se vale tanto de su entorno y de su protagonista, para hacer un argumento válido al respecto.

No es extraño para los asiduos de la filmografía del napolitano la mucha energía que dedica a la belleza como un fin en sí mismo, pero la fortuna de contar con una intérprete prácticamente desconocida y de un atractivo al borde de lo hipnótico, la convierte en algo bastante fuera de lo común. Celeste Dalla Porta es Parténope, una joven mujer que se mueve en un mundo en donde se lleva todas las miradas y atenciones, gracias a su hermosura, pero que busca ella también, la forma de devolver la mirada y entender ese mundo. (Sólo a nivel de necesaria acotación, si esta película no está en un escritorio de DC Studios a modo de curriculum vitae para postular al papel de Wonder Woman, alguien está haciendo muy mal su trabajo).

Pero Sorrentino no se queda sólo en armar un paralelo entre su protagonista y su ciudad, es el recorrido y el paso del tiempo, es la tragedia y los lugares oscuros. Es la admiración por ese preciosismo y la advertencia de su peligro. Gary Oldman repite otra vez un papel que mucho le acomoda hoy, el de un borracho anciano sin pelos en la lengua, tal como en Mank y Slow Horses, y es uno de tantos hombres maduros que admiran y sirven tanto a Parténope como a la ciudad. El cineasta italiano se pasea por momentos oníricos, algunos bien sin asunto y muy desconcertantes, pero tiene su postulado muy claro: “En Nápoles hay espacio para todo”. Curiosa la manera de presentarlo, de eso no cabe duda.

Otro que optó por un atrevimiento visual fue Steven Soderbergh. A sus 62 años, el norteamericano sigue tan inquieto como siempre. Y especialmente prolífico (pueden ver dos de sus películas en cartelera en este momento, ambas colaboraciones con el guionista David Koepp). Esta vez ha agregado una nueva capa a su material: una cierta mirada preocupada. Y sí, “mirada” es la palabra que mejor puede definir la aproximación visual de Presencia (Presence, 2024). Soderbergh se para a medio camino entre la proeza técnica a nivel narrativo y el peso temático.

La suya es una obra sobre cómo abordar los temores de una generación completa, muchos de ellos, incluso no evaluados por los mismos que están en peligro. Es también una historia sobre el remordimiento, acerca de cómo la redención no es algo que vaya a ocurrir sin un coste personal. Que por mucho que no nos consideremos responsables, llega un momento en que las decisiones que tomamos se convierten en un panorama difuso. Un ejercicio de estilo que se equilibra adecuadamente con la aproximación temática misma.

Soderbergh se esconde de forma mañosa detrás de una cámara a medio camino entre el voyeur, todo el metraje está registrado en la primera persona de un “fantasma” que pulula una casa que ocupan los recién llegados protagonistas, y la vergüenza, para nunca entregar respuestas en una historia que apela a un terror más externo que al propio pulso de su propia fantasmagórica presencia. Mucho se podrá decir en contra de la película, que el alarde técnico no se sostiene, que sus giros son predecibles, que demasiado queda sin respuestas obvias, pero lo cierto es que Presencia es una de esas obras que se empiezan recién a cavilar cuando las luces de la sala ya están encendidas y eso es un logro que poco cine consigue en estos días.

Y para finalizar, una que tuvo sus atisbos en la temporada de premios con nominaciones en Cannes y los Bafta: Bird, de la siempre interesante Andrea Arnold. Heredera casi en solitario en ese movimiento compartido por su pares, Mike Leigh y Ken Loach, en un admirable intento por retratar un aspecto gigante de su nación: El Realismo Social Británico. No se apresuren, entiendo que el conjunto de esas palabras pudiera parecer que estamos frente a un tipo de cine que predica y sermonea, pero lo cierto es que eso está muy lejos de ser cierto.

Se trata de historias de gente que hace lo que puede. Por vivir. No intenta romantizar la marginalidad o convertir en heroica la pobreza, ni tiene una mirada condescendiente hacia sus protagonistas. Trata de retratar a un grupo de gente cuyas historias de vida no parecieran escapar a la sencillez. Pero lo hacen. La Dulce Vida (Happy-Go-Lucky, 2008), la reciente Lazos de Familia (Sorry We Missed You, 2019) o la obra magistral de Arnold: Fish Tank (2009) comparten todas la misma cualidad, relatos de personajes que luchan por vivir un poco mejor en un mundo cada vez más hostil, y eso basta para hacerlos interesantes.

Bird nos cuenta la historia de Bailey, el magnífico debut de Nykiya Adams, una joven de 12 años que vive al borde de la marginalidad con su hermano y su padre (el excelente Barry Keoghan), y que tiene una percepción peculiar de la realidad. Y aquí es dónde entra el personaje del ya notorio Franz Rogowski: Bird. Los coqueteos de la inglesa con lo preternatural no son nuevos, más de algo tiene Fish Tank, pero la carga de simbolismos del personaje que da el título a la película es bastante inédito en su filmografía.

Y funciona mucho mejor de lo esperado, incluso por sobre las estupendas interpretaciones, Keoghan y Rogowski deben ser de los mejores actores de su generación, y lo potente de la historia, que vuelve a arrojar luz en lugares a los que preferimos no estar mirando frecuentemente. Arnold decide dar un pequeño paso fuera del realismo para hacer más significativa su narración. Volar con las alas rotas.

En definitiva, tres películas muy distintas entre sí, que pueden encantarles o dejarles disconformes, pero que tienen un punto en común: son obras que sobreviven a una primera mirada en ese par de horas a oscuras en una sala de cine y se hacen un rincón en este incipiente año, eso ya de por sí, es suficiente para prestarles atención.

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