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Opinión

5 de Abril de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

Amigas y rivales: ¿Son las amistades femeninas tan tóxicas como en “The White Lotus”?

La serie de HBO ha puesto como tema de conversación las rivalidades y conexión pasivo agresiva entre amigas. ¿Es tan venoso como aparece en televisión? Las conocidas de toda una vida pueden ser con quienes vas dejando de tener intereses o vidas en común. También son las que más te conocen.

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Mientras ustedes leen esta columna estoy en Brasil, con cuatro de mis mejores amigas de toda la vida. Las del colegio, de hace treinta años; de esas que fueron a la casa que viviste cuando niña; que conocen a todos tus ex; que quizás todavía se saben tu celular de memoria porque lo aprendieron en tiempos antiguos, cuando se marcaba desde un fijo. Las que se saben el nombre de tu mamá y que te acompañaron a despedir a tu papá. Las que a veces no ves en seis meses, pero si logras coordinar agendas y te sientas en una mesa con un trago, estás de regreso en octavo, con los mismos chistes, las mismas historias y, a veces, las mismas peleas.

Por supuesto que cuando le he contado a la gente de mi viaje, organizado para celebrar nuestras cuatro décadas -dejando hijos y parejas en Santiago-, adjunto como chiste la foto de las tres amigas rubias que visitan Tailandia en la última temporada de The White Lotus (HBO). En la serie, una es una actriz televisiva, otra una mamá que ahora vota Trump, y la otra una abogada de Nueva York; se conocen desde niñas y aunque están felices de estar juntas, los pelambres internos, los comentarios pasivos agresivos y la rivalidad que surge en su semana en el paraíso han hecho que se escriban todo tipo de ensayos al respecto.

Vogue tituló: “En White Lotus, la amistad femenina es un campo minado”. El New York Times ha publicado ya dos artículos al respecto, uno sobre cómo los tríos de amigas son felices y conflictivos, y otro sobre cómo estar con tus amigos de infancia te vuelve a veces un niño, en el mejor y peor sentido. Glamour: “Cómo White Lotus le achunta a la fea verdad de las amistades de mujeres”. Y así al infinito.

¿Pero es tan terrible tener amigas mujeres eternas? A lo que le apunta bien la serie de HBO, es que las amigas de infancia pueden no tener nada que ver con tu vida adulta. Es decir: unidas por la familiaridad, el cariño y el tiempo, a medida que creces, tus opciones o tus situaciones de vida y sobre todo tus intereses van divergiendo. En The White Lotus se muestra de manera chistosa cómo las que viven en Los Angeles y Nueva York no pueden creer que su amiga eterna ahora haya votado por Trump.

Si me pongo a pensar, con mis amigas definitivamente votamos distinto en las últimas elecciones y ha habido roces políticos en la adultez, pero breves; nuestra conexión no va por ahí, por la mirada de mundo. Con una vivo a tres cuadras de distancia, pero con otras dos, a otro extremo de la ciudad; creo que ni ellas ni yo jamás nos gustaría vivir donde lo hacen las otras. Algunas se pueden topar en vacaciones o cumpleaños, con otras nunca sucederá; nuestros círculos sociales propios han divergido y no son concéntricos. Por muchos años yo fui la única soltera o no casada, y cuando tuve a mi hija a los casi 40, algunos de los hijos de mis amigas ya estaban llegando a preadolescencia.

Y quizás no son las primeras que llamo si me pasa algo digno de contar en el día y a veces el chat de whatsApp no se activa en unas semanas. Me entero más por Instagram de sus rutinas o viajes o eventos, que por ellas mismas. Y sí, tal como en la serie, a veces bajo el velo de la preocupación y cariño habita el pelambre. ¿Qué hacemos, entonces, todas juntas en Río de Janeiro?

Al momento de escribir, aún no se ha estrenado el capítulo final de The White Lotus. No sabemos si después de su pelea frontal, las tres amigas de la serie volverán -o si sobrevivirán- a su país, un poco menos amigas. Si se quiebra todo o, por el peso de los años, la conexión es irrompible y son igual de amigas que siempre.

Con mis amigas somos personas profundamente distintas. Quizás si nos hubiéramos conocido de adultas, algunas no seríamos cercanas. Pero en este mundo de conexiones y redes sociales y confusión y caos, aferrarse a constantes se siente siempre como volver a casa. Conozco a la niña y a la adolescente que habita en cada una de ellas, como ellas conocen a la mía. A esa parte insegura que nunca terminamos por conquistar del todo, a la que quedó con sueños en el camino. Saben de golpes que nos ha dado la vida sin tener que explicarlos.

Son capaces de decirte a la cara las desubicadas más grandes, pero porque no hay nada que aparentar, porque sería imposible hacerlo: poca gente te conoce más. Hemos vivido quiebres y distancias, por razones tontas y por razones importantes, pero pasan las décadas y la marea siempre nos trae de vuelta agrupadas a la orilla. Junto con las otra tres que no se sumaron a este viaje, son de las personas que quiero más profundamente y siempre, siempre, aunque hayan pasado incluso años, estoy feliz de ver. Cualquier pedazo de hielo se derrite en segundos.

Las amistades femeninas suelen, por la naturaleza de las mujeres, hilarse desde lo más profundo. Porque compartimos y revelamos y cuidamos. Son las que nos mantienen en pie, las que nos alimentan y también las que a veces nos hacen sacar chispas. Las rivalidades, muchas fruto de las imposiciones sociales con que crecemos sobre la manera correcta de ser mujer, terminan siendo leseras: quién se da el primer beso primero, quién tiene pololo primero, quién es más gorda o más flaca, más linda o más fea. Quién tiene el matrimonio más feliz o los niños más perfectos. Tonteras que con las de toda la vida pasan de largo, porque son las que te abrazaron con la enfermedad de tus padres, las que aman a tus hijos, con las que puedes ir a llorar por un divorcio.

Así que si nos peleamos en Brasil, no va a durar mucho. Porque son, sobre todo, las que te permiten no ser ni madre, ni hija, ni pareja, ni periodista o sicóloga o profe: son las que te ven como tú misma, persona. Y te quieren así. Eso es oro.

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