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Opinión

5 de Abril de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

La polémica por Gabriela Mistral y los autogoles no forzados: cuando La Moneda pierde la pelota

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

A propósito de la conmemoración de los 80 años del Premio Nobel de Gabriela Mistral, la ministra de Cultura, Carolina Arredondo, y la ministra de la Mujer, Antonia Orellana, se enfrascaron en una disputa que volvió a generar ruido al interior del equipo de gobierno. El punto de fricción: el intento de “resaltar el lesbianismo” de la poetisa como uno de los ejes de la conmemoración, como señaló una académica de la U de Chile y que luego fue desmentida por el Gobierno. "Una disputa no solo innecesaria, sino estratégicamente costosa", señala el columnista Marco Moreno.

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“Si nosotros tenemos la pelota, ellos no pueden hacer ningún gol”, sentenció alguna vez Johan Cruyff, sintetizando la lógica más elemental —y a la vez más estratégica— del juego: mantener el control para evitar la ofensiva del adversario, como sucedió esta semana a propósito de Gabriela Mistral. En política, como en el fútbol, quien domina la agenda tiene el control del partido. Y sin embargo, el gobierno de Gabriel Boric parece especializado en perder la pelota justo cuando más le conviene tenerla.

El reciente viaje del Presidente a India fue, por mérito propio, un acierto: fortalecimiento de relaciones bilaterales, apertura comercial con una potencia emergente, y un desempeño presidencial que fue bien evaluado incluso por voces críticas. Era una oportunidad clara para proyectar liderazgo internacional, mostrar un gobierno enfocado en la reactivación económica y recuperar parte de la iniciativa perdida en los últimos meses. En resumen: el gobierno tenía la pelota.

Pero apenas sonó el pitazo de regreso, desde el propio equipo oficialista se encargaron de desviar la atención hacia un nuevo enredo identitario. Esta vez, a propósito de la conmemoración de los 80 años del Premio Nobel de Gabriela Mistral, cuando la ministra de Cultura, Carolina Arredondo, y la ministra de la Mujer, Antonia Orellana, se enfrascaron en una disputa que volvió a generar ruido al interior del equipo de gobierno. El punto de fricción: el intento de “resaltar el lesbianismo” de la poetisa como uno de los ejes de la conmemoración. Una versión que surgió a partir de los dichos de la profesora de la Universidad de Chile, Soledad Falabella, pero luego fueron “desmentidos rotundamente” por el ministerio de las Culturas y el Gobierno.

Más allá del debate legítimo sobre la interpretación de la vida y obra de Gabriela Mistral, el problema aquí no es literario ni biográfico: es político. Lo que debería ser una oportunidad para celebrar un hito cultural y proyectar una política de Estado en torno a la figura de la única mujer latinoamericana en recibir un Nobel de Literatura, termina convertido en un nuevo round entre ministerios, en una disputa que no solo es innecesaria, sino estratégicamente costosa.

Estos “autogoles no forzados” son ya una práctica recurrente. Cada vez que el Ejecutivo logra articular un relato de acción y futuro, aparecen voces desde su propio elenco que reabren conflictos simbólicos, introducen controversias identitarias o protagonizan roces internos que distraen y fragmentan. El resultado: se debilita la capacidad de conducción y se regala control de la agenda a la oposición, que ni siquiera necesita forzar el error. Solo observar y capitalizar.

En un momento en que Chile enfrenta una agenda compleja —desde la crisis de seguridad hasta los desafíos económicos—, el gobierno pierde foco al insistir en discusiones que solo hablan hacia su electorado más duro. Una coalición que aspira a reelegirse o proyectarse necesita ampliar sus bases, no encerrarse en nichos temáticos. Menos aun cuando el propio Presidente ha llamado a construir mayorías sociales y políticas.

La cita de Cruyff es más que una metáfora futbolística: es una advertencia. Mientras el Gobierno siga cediendo la pelota por errores no forzados, será difícil avanzar en las reformas estructurales, en la recuperación de la confianza pública o en la instalación de una narrativa que conecte con las mayorías. Porque si el gobierno no tiene la pelota, son otros los que empiezan a hacer goles. Y en política, los partidos también se pierden por falta de estrategia.

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