La última resistencia del Cinzano, el mítico bar de Valparaíso que superó la crisis y ahora busca mantener encendida la noche
Desahuciado, un nombre legendario de la bohemia porteña revivió el emblemático bar y restaurante que había cerrado sus puertas posestallido y pospandemia, para dar un lugar de carrete a su madre que lo salvó de la muerte. Artistas típicos del Puerto junto a un público heterogéneo de jóvenes, adultos y ancianos, batallan en el Cinzano por mantener viva la llama nocturna.
Por Marcelo Contreras 3 de Mayo de 2025
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Un gato duerme a pata suelta arriba de una vieja tele polvorienta de 14 pulgadas, ajeno por completo al movimiento telúrico del segundo piso del bar Cinzano gracias a Rudy Rey y su banda todo terreno, de esas que tocan lo que sea esta noche de viernes con tal de armar la fiesta, cada tema interpretado a tope. La pista está repleta de público bailando viejas cumbias, un revoltijo de edades con predominio de adultos mayores, turismo interno -gente de Macul y Rancagua-, otros de Argentina.
“No se preocupen -dice Rudy Rey en una pausa mientras se seca el sudor-, tenemos ambulancias arrendadas esta noche”.
Una pareja -ella de falda corta ajustada, él con camiseta de la U-, enfila directo a la barra. Piden shots de tequila con limón y sal, más un cóctel tornasol generoso en gin. Él insiste en llevar los cortos en una bandeja. Da un par de pasos, se vuelcan y regresa como si rellenarlos fuera cortesía de la casa. La bartender responde sin despegar la vista de los cremosos sour catedral que remata con amargo de angostura, que pagando no hay problema y sugiere esperar la orden en la mesa.
Rudy anuncia receso, se escucha Michael Jackson del Off the wall (1979) y una parte de la gente se mantiene en la pista, el rey del pop no falla. El efecto desaparece al ritmo de los Bee Gees con falsete y onda disco, todos vuelven a sus mesas a saciar la sed y reponer energías picoteando.
El DJ aprovecha de ir a la cocina por una chorrillana y la Venus del Puerto, una transformista reconocida de la bohemia de Valparaíso desde que se configuró con otros códigos en el regreso de la democracia, con el declive del amor tarifado, se observa de talle completo en unos espejos, ataviada como una meretriz del lejano oeste.
El chico con la camiseta de la U, Pipe, tiene 33, es de Santiago y vive hace un lustro en Valparaíso. Constanza, de 32, se declara sureña y hace dos años reside en el Puerto. “Vengo al Cinzano cuando quiero estar en un ambiente distinto a los que generalmente habitúo -explica él-. Tiene un tipo de música que a veces a uno le dan ganas de bailar y escuchar también. Y además que el encuentro con las personas es buena onda. Es bacán la experiencia”.
“Yo vengo por la historia del local -agrega ella-, y porque hay una propuesta. En el primer piso el locutor es trans con una performance muy interesante. Y por otro lado la música es muy buena. Y la diversidad que existe. No es un local que es solamente para edades más avanzadas, sino para todes”.
Solo en una mesa al medio del salón, un hombre septuagenario empina el codo y se arma de valor para dirigirse hacia una atractiva mujer con mirada de serpiente y en edad de ser su hija.
—Si usted está tan sola, ¿por qué no me acompaña?—, propone él con aguardentosa voz.
—No estoy tan sola —replica ella amable tras un sorbo de Ramazzotti—. Espero a mi esposo.
El marido aparece minutos después. Ella le cuenta, apunta discretamente la mesa del veterano galán con la mirada cada vez más perdida, en perfecta sincronía con su copa vacía. Sonríen, él le dice algo al oído, y se besan.

Un Elvis latino
Apoyado en una esquina de la barra con la respiración agitada y la frente húmeda, Rudy Rey aún experimenta la adrenalina del escenario, poseído por este personaje acuñado como un “Elvis latino muy ordinario”, según su síntesis. Rudy Núñez, su verdadero nombre, recorre un cancionero vintage exigente. Porteño y de 43 años, suma un cuarto de siglo de trabajo “con altos y bajos, como todo artista”. Entre los momentos duros, pasó sin pena ni gloria por el Festival de Viña de 2014 con un número musical humorístico que nunca cuajó. “Un golpe poderoso”, resume. De la tele, donde figuró en programas como Coliseo Romano, nunca más lo llamaron.
“Este salón estaba abandonado y el Cone (Patricio González, socio del dueño de la propiedad) me dijo, ‘¿sabís qué? Tú soy el hombre, ármate una banda’. Veníamos de la pandemia, donde la pega en comedia no era mucha. Para mí fue un renacer”.
—¿Remonta la bohemia en Valparaíso o está difícil?
—Mediáticamente hay un trabajo de sacrificio con Valpo. Mostrar solamente lo negativo y para las fechas importantes como año nuevo ‘vengan a Valpo’, y el resto del año ‘Valpo es peligroso’. Hay un estigma.
La Venus del Puerto cuenta que empezó en 1990 en la Divine, la disco gay incendiada en 1993 en el barrio Almendral, con saldo de 16 muertos y 29 heridos. Alejandro Cid, el actor tras el reconocido personaje de la vida nocturna de Valparaíso, con estudios en el Club de Teatro de Fernando González, tiene cartón completo en locales emblemáticos como el desaparecido Club Valparaíso donde Los Tres estrenaron Fome en 1997, más otros como el Playa y el Pagano.
“Soy la reina del Cinzano desde el 11 de septiembre de 2022”, dice. “La gente ha entendido que los músicos de la vieja guardia muchos ya han muerto, o están jubilados. Hemos tenido que enamorar nuevamente al público. Luego de dos años y medio lo hemos hecho”.
—¿Qué diferencias ves entre este Cinzano y el de antes?
—La energía es la misma aunque ese público de antaño ya no está, por una cosa de la vida misma. Pero están sus hijos, están sus nietos, y ellos vienen con mucha nostalgia. En este lugar se sienten muy cómodos porque recuerdan esas noches junto a sus padres y abuelos.

Como una maleza
El Cinzano ha tenido muchas vidas desde sus orígenes en 1896 en la plaza Aníbal Pinto, uno de los puntos neurálgicos de Valparaíso. El establecimiento surgió como pulpería, bar y botillería gracias al italiano Pipo Lima, según se relata en el libro La Bohemia de medio siglo (Valparaisología 2018), de Samuel León Cáceres. El local pasó por diversos propietarios, varios de origen italiano, hasta que en octubre de 2020, noqueado por los efectos del estallido social -los daños fueron recurrentes en el sector- y luego la pandemia, el Cinzano anunció su cierre.
Patricio González (55), conocido como Cone -fue dueño de El Huevo, uno de los locales nocturnos más famosos en la historia de Valparaíso-, cuenta que tomó el Cinzano como una forma de darle un espacio a su mamá de 80 años, para carretear post pandemia.
“No tenía dónde ir -explica-, a ella y a sus amigos les daba miedo salir. Y yo venía de una enfermedad más o menos importante”.
—¿Qué te pasó?
—Desahuciado por cáncer. Me tocó justo la huevá más fría que fue pasar esta enfermedad (en pandemia) sin atención primaria.

La mamá de Cone lo tomó bajo su cuidado y así volvió al barrio de su niñez. “Me recuperaron con puro doctor y biólogo”, asegura González. “Ella lo salvó”, precisan amistades que prefieren el anonimato.
El Cinzano es parte de sus recuerdos familiares, solía ir con sus viejos al segundo piso. “Por eso -asegura- tenemos bien clara la idea, o yo la tengo superclara”.
Cone cree que esta versión del Cinzano es más inclusiva y femenina. “Antes eran puros hombres los que atendían”, evocando a una generación de garzones en la encarnación previa del local, que sumaba décadas de trabajo y trasnoche sin descanso en espacios de aire gris por el cigarrillo, y el aroma a fritanga adherido en la ropa.
La carta mantuvo clásicos ineludibles –las chorrillanas, las calugas de pescado-, y la relación precio/calidad es inapelable.
Como conocedor del negocio nocturno por más de 35 años en Valparaíso, Cone cree que los problemas de seguridad y la falta de transporte público nocturno en una ciudad popular -a las 9 de la noche ya no pasan buses-, resulta crucial. “Estamos conociendo a la nueva autoridad –dice en referencia a la alcaldía liderada por Camilia Nieto (Frente Amplio-, pero creo que somos el último de la fila. Porque la parte gastronómica, pub y discoteca, no nos ha ayudado nadie. Entonces, volver a reencantar a tu público y que no cumplan ciertas condiciones básicas como la presencia de carabineros y micros, nos hace más difícil la cosa”.
“Vamos a invertir en una van -detalla- para estar transportando a los clientes, y tratar de que la experiencia sea lo más segura y grata posible. Pero, puta, ¿por qué tenemos que ser nosotros? ¿Por qué?”.
“Siempre nos han mentido, es la misma mierda, pero con diferente olor”, agrega en referencia a las distintas administraciones municipales y autoridades. “Este tipo de negocio lo asumen como una maleza que les sale por todos lados, y no lo entienden como una planta, como algo más delicado que después florece. Uno tiene que cumplir todas las putas normas, pagar patentes, permisos… ¡Es un hueveo! Más el personal, ¿cachai? Que ahora es súper delicado tener gente trabajando”.
Cone asegura que el primer año fue mejor, pero cada verano ha sido más flojo. “No vienen turistas y se nota que la ciudad no hace ninguna campaña para que venga la gente. No veo nada en Santiago y ciudades cercanas. Y nuestro público principalmente es de allá, de Viña, Reñaca, Concón y el interior. Gente que se arriesga a venir igual, entre comillas. Valpo no es peligroso. Solo hay que saber, como en todo puerto”.
La madrugada comienza y la fiesta sigue en el Cinzano. Rudy Rey protagoniza un nuevo bloque, en el primer piso hay más música en vivo, la cocina sigue humeante y la barra persiste como una usina de cócteles, shops y jarras de borgoña. Los tradicionales taxis en las puertas del local aguardan. A bordo de uno, la playlist arroja Stuck on you de Elvis.
“El Cinzano está muriendo -asegura el veterano conductor-, cada vez atiende menos días”.
Si está moribundo, a las 01:15 finge muy bien su agonía.

“Ya ‘estai’ listo“
Otra noche de viernes en el Cinzano, menos gente que la semana anterior. Luis Riquelme, Manzanita, asegura desde el escenario que el local es el quinto bar más antiguo del mundo, y canta Piel canela (1952) de Bobby Capó, la voz estrella de la Sonora Matancera, institución pop latina del siglo pasado que persiste en la memoria, gracias al rescate de artistas como Chico Trujillo.
Un par de pantallas de viejos televisores proclaman que Manzanita es del cerro La Loma, otrora conocido porque de ahí provenían los lanzas, hoy de fama turística gracias a la quinta de Los Núñez, un reducto clásico a mitad de quebrada.
Manzanita era un prodigio en los años 50, “el niño de la voz de oro de Valparaíso, artista exclusivo del American Bar”, cuenta más tarde, orgulloso de haber conocido La Cuadra, el desaparecido barrio rojo y bohemio del sector puerto.
“Si perdiera el arcoíris su belleza”, canta Manzanita siguiendo los versos de Piel canela mientras ingresa un generoso contingente de turistas, y la gente baila entre las mesas donde se bebe, se brinda y se entonan estribillos de otros días. Los más jóvenes se hacen selfies y videos obviando el entorno y el decorado, un recordatorio de que aquí han transcurrido 129 años de parranda.
Maquetas toscas de viejos barcos, mosaicos retratando los rostros de Violeta Parra, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, el Gitano Rodríguez y Lukas, en tanto una parte de la barra alinea botellas sin sacudir. Hay banderines del Wanderers, unos zapatos suecos, un teléfono que ya no marca, parlantes viejos que quizás funcionan. En las paredes cuelgan imágenes de naufragios y del remolcador Poderoso, un símbolo de Valparaíso que arribó en 1911. Ahora yace volcado en Talcahuano tras el terremoto y tsunami de 2010, en vez de ser un museo flotante en la bahía tras acoderar naves de todo el mundo por más de 70 años.
Un anciano encorvado retrata a una pareja en una mesa, en la barra el cajero y una mesera resuelven un entuerto con una cuenta. La bartender desliza discretamente un corto de sour que sabe a gloria. Cuenta que si la noche “está coqueta”, la gente bebe negroni, y que odia preparar limonadas.
Sostenido en un vaso con hielos a medio derretir, un parroquiano se acerca al bar y pide un combinado. “No, ya ‘estai’ listo”, responde el cajero, mientras una pareja ordena whiskys -uno con Coca Cola, el otro con Ginger Ale-, los dejan en la barra y salen a fumar. El cliente chambreado insiste fingiendo una sobriedad ahuyentada hace rato, y la bartender le ofrece un trago más escueto y menos golpeador. “¿Tenís sencillo pal colectivo?”, pregunta ella. El hombre palpa sus bolsillos y saca una abultada billetera con papeles doblados e infinidad de tarjetas de crédito de multitiendas y bancos del retail. Encuentra cuatro lucas. “Guárdalas bien”, dice ella, como una profesora aconsejando a un alumno atolondrado.
Manzanita canta Amigo de Roberto Carlos, promete regresar y se baja del pequeño escenario del primer piso, donde solía presentarse la fallecida Carmen Corena, la artista más identificada con el Cinzano, cuyo talento fue registrado por Roberto “Titae” Lindl de Los Tres, en los álbumes Una noche en el Cinzano (2002) y Otra noche en el Cinzano (2008). Manzanita recorre algunas mesas, saluda y le piden fotos. Cerca de la barra una mujer en sus 40 de gestos histriónicos lo aborda, se ríe y se acaricia el cabello, en tanto su pareja la observa y bebe en silencio.
A Luis Riquelme, de 76 años, le dicen Manzanita porque cuando era un mocoso, en su barrio cantaba y bailaba a cambio de una manzana confitada. De niño interpretaba los éxitos de Joselito, una precoz súper estrella española entre los 50 y los 60, que arrasó en Hispanoamérica. Manzanita canta desde los 14 años. “Tuve una vida bohemia muy joven -subraya- pero soy un bohemio que no toma ni fuma”.
El artista vuelve al escenario con su hijo atento a reproducir las pistas instrumentales desde un computador instalado en un piano vertical. Manzanita anuncia El Galeón español en homenaje a Tommy Rey, y prácticamente la mitad del público de las mesas se dirige a la estrecha pista.
Un par de amigos porteños ya veteranos observan y comentan la conquista de uno de sus compadres que bailotea rejuvenecido con una mujer mayor, que ha pasado por el quirófano. Inmediatamente al lado unas chicas se graban en el celular, siguiendo la cumbia con movimientos de bailanta argentina. A un par de metros, una pareja de aspecto acomodado se ríe tratando de poner sabrosura sin éxito a ese hit original de Los Wawancó.
El hombre encorvado termina el retrato, la pareja le da unos billetes, se levanta y camina lentamente, con notorio esfuerzo en cada paso. Se detiene a la altura de un pilar, debajo de una pequeña campana con la advertencia típica de los viejos bares. El que toca, paga una ronda. El anciano observa el escenario murmurando algo para sí mismo. Luego mira obligadamente al piso y enfila a las puertas del Cinzano, rumbo a la plaza Aníbal Pinto.



