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Las Kitsch en sus 25 años en Blondie: la historia de la fiesta que ha vendido más de medio millón de tickets y que resiste a la crisis de la noche santiaguina

Antes de crear las fiestas Kitsch –el clásico bailable de Blondie–, Patricio Sánchez tocaba en una banda electrónica, idolatraba el new wave y fue uno de los fundadores del extinto club El Astronauta. Esta es la historia de un niño que detestaba la música romántica que sonaba en la radio de su mamá y que, tras una borrachera, terminó pidiéndole a su DJ que pusiera a Camilo Sesto en una fiesta de punks y góticos. Sin saberlo, esa noche encendió el germen del negocio que este año celebrará 25 años y que ha vendido casi medio millón de tickets.

Por 10 de Mayo de 2025
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Cuando Patricio Sánchez cumplió diez años decidió rebelarse musicalmente. Hasta entonces, había sido un niño obediente, que participaba en el coro de la iglesia de su barrio en La Florida, sobre todo en el mes de María, cuando la música era parte del rito. Pero algo cambió en noviembre de 1981, cuando un vecino de su edad le dijo que ese día no iba a acompañarlo a la parroquia: prefería quedarse en casa para ver un documental sobre un inglés asesinado el año anterior en Nueva York.

Patricio preguntó quién era. “John Lennon”, respondió el amigo. Nunca había escuchado ese nombre, pero algo en lo que siguió esa frase –el guitarrista de la mejor banda de la historia muerto por la certera bala de un fan– le despertó curiosidad. 

Desde entonces, Los Beatles le cambiaron la vida. En el patio de su casa, junto a vecinos del barrio, comenzó a montar shows de lipsync. Él asumía el rol de Ringo Starr y armaba una batería con lo que tuviera a mano: ollas, latas, cualquier cosa que pareciera hacer ruido.

El avance de los años ochenta lo hizo buscar nuevos estilos musicales, en la adolescencia comenzó a vestirse de negro y a seguir a las bandas New Wave y las de la incipiente música electrónica. También comenzó a despreciar la música que sonaba en la radio de su madre. Encontraba empalagosas las canciones de Camilo Sesto, Miguel Bosé o incluso de la Nueva Ola que sonaban en su casa. 

Su afición por la música se transformó en una forma de vida. Se creó un nombre artístico —Pato Hado—, formó un par de bandas (una de ellas llamada simplemente Hado), fue uno de los fundadores del extinto club El Astronauta y colaboró en el diseño del concepto del Bal Le Duc en sus primeros años. Esa experiencia le abrió las puertas de Blondie, la catedral de la noche santiaguina.

“Nosotros cerrábamos el Bal Le Duc a las cuatro de la mañana y con el Pancho Hacha, que era el guardia, nos íbamos directo a la Blondie. Nos dejaban entrar a las cinco. En esas andanzas conocí a Marino”, recuerda Patricio.

Marino es el nombre artístico de Eduardo Ábalos, el productor más histórico de Blondie. Un personaje que supo convivir con skinheads, punks, tecnoboys, new wavers y artesas, y que logró reunirlos a todos bajo el mismo techo en la discoteca de la Alameda. En esas visitas también conoció a Daniel Sánchez el dueño del lugar, oriundo de San Carlos.

Su nuevo círculo decantó en que Patricio comenzara a producir sus propias fiestas: la Melodark, que era alternativa, la Wild Boys, inspirada en Duran Duran, y la Underground, en la que se tocaba Britpop. 

En el cambio de siglo, del ‘99 al 2000, Patricio fue uno de los productores de una fiesta que le cambiaría la vida. Se llamaba Feel Different, se celebró en Avenida España, para Año Nuevo, y luego tuvo una segunda edición en Blondie en marzo. El concepto era simple, pero ambicioso: reunir a las distintas “tribus” que convivían en la ciudad y en la discoteca.

“La idea era convocar a todos: a los new wave, a los technopop, a los gays, a los punks, a todos”, recuerda. Y agrega: “En la fiesta se tocó de todo, era bien hueveada la música. Así que como a las cuatro y media de la mañana, medios curados, pusimos a Rafaella Carrà y a la Sonora Palacios. Y pasó algo loco: con esa música empezaron a hacer el ‘trencito’ todos los locos; había góticos, drag queens, un variopinto de personajes… Y ahí me di cuenta de algo. El primer DJ de todos estos huevones eran sus mamás. Igual que como lo fue en mi casa”.

Ese descubrimiento —que la música cursi, heredada de las radios familiares, podía ser un punto de encuentro y no una vergüenza— fue, sin saberlo, el inicio de todo. Lo que hasta entonces parecía un gusto culpable, pronto se transformaría en una fiesta que no se avergonzaba de lo kitsch, sino que lo celebraba. 

El nacimiento de las fiestas Kitsch: “El único fin es vender”

Patricio Hado vio el potencial de esa música en sus fiestas. Fue él, junto al productor Daniel Fuentes, quienes comenzaron a desarrollar la idea. Una tarde, en una reunión en la casa de Fuentes, Hado hojeó una revista que hablaba sobre la estética kitsch en el mundo. Le llamó la atención una definición: el kitsch era la antítesis del arte, un fenómeno popular cuyo único fin era vender.

Con esa idea rondando en la cabeza, decidieron montar una fiesta con una premisa sencilla, que Hado resume así: “Las kitsch son las canciones que odiábamos cuando chicos. Esta huevá tenía que ser así: puras canciones malas, de baja reputación, de plástico. Finalmente, canciones que siempre despreciamos y que hoy nos recuerdan a nuestras madres. Así partió”, recuerda.

Las fiestas Feel Different terminarían siendo reemplazadas por las Kitsch, el primer afiche promocional incluyó la foto de Rafaella Carrà con tonos rosados y corazones. “Me acuerdo de que todos en la Blondie decían ‘qué onda’. Otros productores y los locos de la barra no cachaba qué onda, me decían que me había vuelto loco”, recuerda Hado.

Luego de la segunda fiesta Kitsch —cuenta Hado—, Fuentes dejó el proyecto. Para la tercera edición, sentía que algo faltaba. Quería un gesto más teatral, más pop. Entonces pensó en René de la Vega, un artista que en ese momento ya era casi una reliquia de principios de los 2000, un exgalán con un one hit wonder. Pero esa noche, en la Blondie, volvió a brillar. Al menos ahí, entre luces y bailarines disfrazados, fue una estrella nuevamente.

“Era la primera vez que alguien iba a cantar en la Blondie con micrófono. Me acuerdo que René tenía dos hermanas coristas, y unas minas lesbianas se subieron al escenario y las agarraron a besos. Tuvimos que llamar a los guardias. Fue un furor”, recuerda.

“Ahora el René es alcalde y ya no está metido en esto (…) pero me acuerdo que en esa época iba a mi casa en La Florida y me decía: ‘yo soy a go gó’, y yo le preguntaba qué huevá era esa. Él quería ser como un cantante antiguo, quería hacer su carrera así. Con el René hicimos unas cuarenta fiestas”, agrega.

Desde entonces, las fiestas Kitsch nunca dejaron de tener artistas invitados. Por allí pasaron Cecilia, el Pollo Fuentes, Pablito Ruiz, Lucho Barrios, Yuri, Los Viking 5. También hubo espacio para personajes más excéntricos: el elenco de Cachureos, la Tía Pucherito, los del Mundo del Profesor Rossa y hasta un insólito encuentro entre Rikishi —la estrella de la lucha libre estadounidense— y Gustavo Becerra, el y humorista actor que interpretaba al guatón de la fruta en los comerciales de jugos Watts.

El fenómeno Kitsch creció como la espuma. Hado se asoció con EMI y sacó un álbum titulado Música para encerar, que llegó a disco de oro. Así, las mismas canciones que su madre ponía en la radio —esas que él juró odiar— terminaron por abrirle la puerta a su futuro laboral.

Los 25 años de las fiestas Kitsch

Este 2025 las fiestas Kitsch cumplen un cuarto de siglo. Según estima Patricio Hado, se han realizado cerca de 500 ediciones y se han vendido casi medio millón de entradas. Este sábado se celebrará una nueva versión, centrada en la nostalgia de las teleseries chilenas, con un afiche que incluye a Felipe Camiroaga y los galanes de Machos.

La celebración oficial del aniversario número 25 será en julio, en la discoteque Blondie. El evento contará con artistas invitados, entre ellos Luis Jara, quien ya ha cantado en la mítica pista durante el matrimonio de Nicolás Copano y Lady Ganga. Pero más allá del cartel, lo que realmente resalta es la vigencia de una fiesta que ha logrado resistir a la crisis de la noche santiaguina: el cierre de bares, el alza de precios y el desplazamiento del carrete hacia espacios privados.

Lo kitsch, alguna vez despreciado como mal gusto, hoy vive una revalorización constante. Y es esta fiesta —que desde su origen celebró lo anticuado— la que ha debido reinventar incluso sus propios íconos. El día del aniversario, por ejemplo, ocurrirá algo casi impensado en la Blondie: sonará reguetón. Esa noche, La Gasolina de Daddy Yankee —el santo grial del género urbano— llenará la pista. Una canción lanzada en 2004, cuatro años después de la primera Kitsch, que ahora forma parte del canon nostálgico. Del desprecio al altar.

Entre los hitos que prepara Patricio Hado está también el lanzamiento de un libro sobre la historia de la fiesta, en el que promete incluir a todos los artistas invitados que pasaron por su escenario. Además, proyecta la realización de un musical titulado Caliente Caliente, inspirado en el fenómeno.

Pero de todos los momentos que ha vivido en estos 25 años, hay uno que guarda con especial cariño: los años en que su madre lo acompañaba. La misma mujer que, sin proponérselo, al prender la radio en la casa terminó inspirando el corazón de esta fiesta.

“Mi mamá bailó en mi fiesta hasta los 76 años. Llegaba a las doce de la noche con cien empanadas para la gente que trabajaba, y después se quedaba bailando. Hoy tiene 83 y problemas de movilidad, ya no puede venir. Pero la Kitsch es en parte de mi mamá. Todo esto viene de la madre. La cultura materna. A esta fiesta mucha gente viene con sus mamás, y eso es lo más maravilloso. La música se hereda”, dice Hado.

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