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6 de Agosto de 2025Perdí la vista a los 40 años y entré a estudiar Psicología a los 50: “Uno puede aprender de generaciones más jóvenes, tienen mucho que enseñarnos”
Ronald Pool entró a la universidad a los 50 años tras dar la Prueba de Transición Universitaria (PDT). Se tuvo que someter a ese examen de manera oral, porque a los 40 años perdió la visión debido a una enfermedad genética. Si bien en un comienzo fue difícil de asumir, ahora está terminando su carrera y su meta es realizar un magíster.
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Me queda este semestre que viene y obtengo mi licenciatura, el próximo año es la práctica. Soy un estudiante mayor, por así decirlo. Llegué como mechón a la carrera de Psicología de la Universidad de Chile a los 50 años tras dar la Prueba de Transición Universitaria. Esa prueba la tuve que dar de manera oral, porque a los 40 años perdí la vista producto de una enfermedad genética que aqueja solamente a los hombres. Se llama coroideremia y poco a poco fui perdiendo la visión porque afecta a la retina.
Pero es necesario partir un poco antes para que se entienda mi historia. Viví gran parte de mi vida en Brasil, sin embargo mi familia retornó a Chile. Somos un clan así que todos decidimos volver y llegué a Chile en 1992 cuando tenía 22 años. Como conté antes, salí en la lotería de la genética y a los 40 años perdí la vista. Los primeros años fueron difíciles porque tenía un emprendimiento, una pequeña empresa y no pude continuar con eso. Luego vinieron problemas económicos y eso arrastró al fracaso matrimonial. Estuve como un año y medio, dos años quizás, sin querer hacer nada. Hasta que un día después dije “Estoy puro tonteando, tengo hijas. Tengo a Bárbara y a Josefa”. En ese momento eran chicas, la mayor iba a cumplir los 11 años y la más chica iba a cumplir los 6. Ahí empecé a hacer cosas, de a poco fui retomando cosas. Amigos me ayudaron y luego decidí estudiar. Junto a mis hijas, también está mi hermano mayor Erwin y mi hermana menor Lilian. Mi familia es un pilar importante en todo esto.
De la básica a la PAES
Como estuve viviendo en Brasil, no había regularizado mis estudios y tuve que hacer todo el proceso de nuevo. Desde básica con exámenes libres y Enseñanza Media. Me fue bien y rendí la Prueba de Transición Universitaria que ahora se llama Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES).
Me fue demasiado bien en la PDT porque a mí no me tuvieron que contar la historia, yo la viví. Con mis resultados sobrepasé los requisitos que pedían. Quería postular a algo en Antofagasta, siempre pensé en la filosofía o en la psicología, pero se me cerraron varias puertas en algunas universidades por ser ciego. Y me molestó mucho. Pero lejos de abandonar, seguí analizando opciones y entre ellas apareció la Universidad de Chile, la que tenía un acceso especial para personas ciegas. Postulé, mandé correos, me hicieron una entrevista.
Recuerdo que estaba con mi hija cuando me llamaron de la Universidad de Chile. Me preguntaron si estaba solo y les conté que estaba con mi hija y me pidieron poner el altavoz y escuché las palabras que no esperaba: “Ronald, bienvenido a la Universidad de Chile“. Me emocioné, fue una noticia bastante buena.
Ser estudiante a los 50 años y ciego
Entrar a la universidad con casi 51 años fue toda una aventura. No lo voy a negar, al principio fue un poco complicado. Pensé que el hecho de ser ciego, ser de región y además la brecha etaria entre mis compañeros… No venía con muchas expectativas. La primera semana fue tranquila. Yo llegaba, alguien siempre me ayudaba y entraba a clases. Recuerdo que en esos primeros días se me acercó una compañera de Vallenar. Se presentó como Tami y me dijo que me conocía porque hicieron un reportaje contando mi historia en la Universidad. Desde ahí empezamos a conversar todos los días y con el pasar de las semanas más gente comenzó a juntarse conmigo.
Hubo también otra amiga, Anto, que me ayudó bastante. Me acogió en su casa por todo un mes cuando comenzaba mi historia en Santiago. Pero eso no fue todo, en ese primer año, mi amiga Yeraldine, me ayudó mucho con los temas de las compras en el supermercado y a trasladarme. A ella la conocí en Antofagasta, pero se había venido a Santiago antes que yo. Fue muy importante en el proceso de comenzar a vivir solo porque no conocía a nadie en la capital. Ella fue fundamental en la parte logística del cambio de ciudad. Ahora me puedo mover solo por Santiago, cocino, estudio y hasta salgo de carrete con mis compañeros. Soy un agradecido de la vida, Vivimos en una sociedad muy individualista y creo que ese camino es el equivocado, ya que creo cuando las personas se juntan, la luz brilla con aún más intensidad. Cuando aportamos algo a los demás también estamos aprendiendo y creciendo.

Los millones de mensajes
En un ramo un profesor dice “bueno, ustedes saben que tenemos un compañero ciego que es Ronald. A ver, ¿Quién lo va ayudar?”. Todos callados y yo trágame tierra porque todavía no tenía tanta confianza con mi curso. “Ya pues, me voy a enojar”, dijo el profesor. Creo que a todos nos pilló de sorpresa esa intervención, a mí también, que hiciera esa solicitud tan abiertamente. Salió cómico, pero me complicó un poco.
En ese tiempo vivía en Ñuñoa y siempre apago el teléfono cuando estoy en clases. Entonces no lo prendí hasta llegar a la casa. Cuando lo prendí, en el grupo de WhatsApp de la generación y a mi chat personal habían unos cien mensajes diciendo “Ronald, yo te apoyo”, “Ronald, yo te ayudo”, “Ronald no te preocupes”. No fue un tema que no quisieran, quizás la forma los pilló desprevenidos. Quedaron paralizados y no fue de mala voluntad. Después de eso se fueron dando las cosas. Me invitan a los carretes, voy a sus cumpleaños, conozco sus casas. Son 30 buenos amigos que tengo dentro de la universidad.
Dentro de la facultad está Paula Chamorro, quien fue la que me recibió en una primera instancia, quien me entrevistó y quien ha seguido conmigo el proceso día a día. Es a quien puedo acudir y me ayuda sin dudar. Me explicó todo cuando yo recién llegaba y que hasta el día de hoy se preocupa cuando la llamo, se comunica conmigo para saber qué pasa y ha sido un apoyo muy importante en esta aventura.
Lorena Castañeda, coordinadora de apoyo, también ha sido muy importante para mí y todo mi proceso.

Los dos cumpleaños
También tengo muy buenos amigos profesores. Una de las cosas graciosas que pasaron es que tuve que hacer dos cumpleaños: uno para mis compañeros y otro para profesores para no juntarlos. He tenido muy buenos profesores. Hay personas muy importantes, una es la profesora Ivette González, también Horacio de Latorre que era de Inclusión. Han sido muy importantes para mí. He tenido una grata sorpresa. Creo que me saqué el loto con la generación. Es una generación bastante apañadora. Amigos de generación, el departamento de la Universidad de Chile, los profesores.
Me invitan a todos los cumpleaños, a todos los carretes. Cuando terminó el semestre nos fuimos a la Blondie, allá terminamos el semestre. Ha sido una grata aventura, he aprendido harto. Uno puede aprender de generaciones más jóvenes, tienen mucho que enseñarnos. Tenemos mucho que aprender de ellos.



