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Política

16 de Noviembre de 2025

Crónica del knock out más doloroso a Evelyn Matthei: la favorita que terminó fuera del podio tras una falsa ilusión inicial por proyecciones de la TV

La noche del 16 de noviembre no solo dejó a Evelyn Matthei fuera de la carrera presidencial: la arrasó. La candidata que encabezó todas las encuestas durante meses y que alguna vez fue presentada como la única capaz de ordenar a la derecha, terminó relegada al cuarto lugar, superada por José Antonio Kast, por Jeannette Jara e incluso por Franco Parisi. Una derrota estrepitosa, inédita en su trayectoria y, para muchos en su sector, el golpe más duro de su vida política. En un comando marcado por el silencio, la candidata enfrentó el mazazo con los ojos vidriosos y terminó haciendo lo que había evitado durante toda la campaña: cruzar la ciudad para sacarse la foto con Kast

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Corría el año 2013 cuando Evelyn Matthei, vestida con un conjunto amarillo que hoy ya podría formar parte del archivo visual de la política chilena, subió al escenario para admitir su derrota frente a Michelle Bachelet, quien regresaba a La Moneda por segunda vez.

Aquella noche, bajo las luces encandilantes del comando y los gritos de los simpatizantes que no conseguían disimular la amargura, Matthei habló con la frente en alto y un aplomo que sorprendió a su sector, pero también a quienes no la apoyaban.

“Deseo que le vaya muy bien. Nadie que ame a Chile puede desear lo contrario”, dijo entonces, en un discurso sereno, casi pedagógico, donde insistió en la necesidad de unidad nacional incluso cuando la vencedora representaba un proyecto ideológico opuesto al suyo.

No hubo reproches ni excusas. Solo un tono firme, calculado, que respondía al viejo código de cortesía política: perder con dignidad también es una forma de poder.

“Estoy muy serena y en paz. Todo lo que ha ocurrido en estos meses ha sido maravilloso. El resultado es de mi exclusiva responsabilidad política. No fui capaz de remontar”, remató.

Once años después —este 16 de noviembre—, Matthei volvió a un comando presidencial. Y la escena regresó como una resonancia inevitable: la de una candidata acostumbrada a enfrentar elecciones —que no siempre buscó—, pero que ha debido encarar.

Sin embargo, pese a las semejanzas, esta vez el escenario era distinto. Ya no era Michelle Bachelet quien estaba al otro lado. Era primera vuelta, y el principal rival de Matthei parecía no encontrarse frente al charco ideológico de la candidatura comunista de Jeannette Jara, sino en José Antonio Kast: un adversario de su propio sector, con el que la tensión venía acumulándose hace meses.

A ese rival nunca pareció perdonarle el fuego amigo. Ni sus críticas públicas, ni aquel gesto —una acusación solapada— sobre el ejército de bots que, desde la ultraderecha, apuntó contra su campaña con una ferocidad inédita.

“Se ve una campaña en mi contra, que es asquerosa, de verdad asquerosa, porque alteran videos míos. Muchas veces hablo con ‘emm…’, pero ellos lo alargan a 10, 15 segundos, entonces pareciera que estoy vacilando o que tengo Alzheimer, como lo han dicho ya en forma específica”, llegó a advertir Matthei.

Por eso, en las horas previas a la elección, la pregunta que recorría los pasillos del comando —en el que desde temprano no se respiraba un ánimo de victoria— parecía ser solo una: ¿tendría Matthei el mismo tono conciliador que exhibió ante Bachelet en 2013 o esta vez, frente a Kast, una eventual derrota la encontraría más dura, más explícita, más dueña de una rabia contenida?

¿Se sacaría, finalmente, la famosa foto con su adversario interno?

La pregunta era esa, porque todas las encuestas coincidían en un mismo destino: la aventura presidencial de Matthei iba directo a un Knock Out, con ella —que por largo tiempo lideró las mediciones— proyectada incluso en un cuarto lugar, bajo Jara, Kast y Kaiser. Una caída libre que parecía dejarla aislada. 

Así lo sentían también los pocos seguidores que llegaron al comando, pero que aun así se negaban a abandonar la pelea. “Pese a la baja expectativa yo decidí venir. Hasta el último minuto hay que dar la pelea. Y si no ganamos, por lo menos juntarnos con los otros candidatos de derecha”, decía Ana María, 58 años, que llegó sola al comando de Matthei en El Golf, una de las zonas más exclusivas de Santiago.

El silencio tras el primer cómputo oficial

El ánimo de derrota se percibía incluso antes del conteo. El pobre cierre de campaña en el Estadio Santa Laura —semivacío, frío, sin épica— ya había dejado dudas hasta en los más optimistas.

Mario Desbordes, alcalde de Santiago y uno de los aliados más visibles de Matthei —quien ni siquiera llegó a ese acto, argumentando problemas de salud— fue uno de los primeros en arribar al comando en El Golf.

“Estoy más o menos de salud. Me siento un poquito mejor, estoy con antibióticos, con puff nasal (…) Lo que espero de hoy es a Evelyn Matthei en segunda vuelta”, dijo Desbordes, intentando despejar incertidumbres.

Otro que llegó temprano fue Max Luksic, alcalde de Huechuraba, recibido por Juan Antonio Coloma y el empresario Juan Sutil.La premisa entre los rostros que iban entrando era la misma que manifestaba Ana María: con todo en contra, la pelea había que darla hasta el final.

Durante la primera hora de conteo, las proyecciones de televisión —previas al primer cómputo oficial— alimentaron la ilusión. Algunos canales la situaban empatada con Kast; otros incluso la rozaban en un segundo lugar. Kaiser, a esa altura, parecía un fenómeno que se diluiría rápido.

Pero la ilusión duró muy poco.

A las 19:06, con apenas 1,6% de mesas escrutadas, llegó el mazazo:

31,33% — Jara

23,27% — Kast

15,54% — Matthei

El comando quedó en silencio. Un silencio duro, espeso, imposible de disimular.

Mientras las caras se alargaban en El Golf, los seguidores de Kast —en otro lado de la ciudad— ya celebraban, vitoreaban, cantaban el himno nacional. Estaban seguros de lo que venía.

A las 19:21, con el segundo conteo con 5,96% de mesas, ese silencio se convirtió en lápida:

26,40% — Jara

25,10% — Kast

17,46% — Parisi

14,29% — Matthei

13,80% — Kaiser

La derrota ya tenía forma, magnitud y consecuencias: no solo quedaba fuera de la carrera, sino detrás del economista del PDG virtualmente empatada con un diputado que hace cuatro años era streamer. 

Era, ahora sí, una de las peores noches de su carrera.

Una caída dolorosa para Matthei

Evelyn Matthei construyó su carrera política sobre una cadena de triunfos que parecían confirmar que tenía un lugar reservado en la elite de la derecha. Partió fuerte: en 1989 fue electa diputada con un aplastante 42,32%, la primera mayoría de su distrito, y cuatro años más tarde volvió a ganar —con 25,85%— sin mayores sobresaltos. En 1997 dio el salto al Senado, imponiéndose en Coquimbo con un sólido 23,32%, instalándose como una figura de carácter. 

Su primera gran caída llegó en 2013, cuando perdió la elección presidencial frente a Michelle Bachelet por casi 25 puntos: 62,17% versus un 37,83% que marcó una derrota dura, rotunda, que la dejó fuera del tablero presidencial por varios años.

Esa noche, pese al tono sereno con que concedió la derrota, quedó claro para su sector que Matthei no había logrado conectar fuera del votante tradicional de derecha. Un aterrizaje forzoso que, para muchos, parecía cerrar definitivamente la puerta a cualquier nueva aventura a La Moneda.

Pero el destino le entregó una segunda vida. Su llegada a la alcaldía de Providencia en 2016 —con un 53,22%— y su reelección en 2021 con un aún mayor 54,86% fueron leídas como un renacer político. Un repunte inesperado que la posicionó, por primera vez, como una carta presidencial verdaderamente competitiva. 

Ese éxito municipal, que combinó orden, gestión y un sello personal muy reconocible, hizo crecer la idea de que, ahora sí, Matthei podía coronar la carrera que había perseguido por décadas. Precisamente por eso, la derrota de este 2025 duele más: no solo cayó en primera vuelta, sino que lo hizo de forma estrepitosa, arrasada por su propio sector, quedando relegada al quinta lugar tras comenzar como favorita indiscutida.

Su caída en este proceso presidencial, para muchos en la derecha, no es solo un traspié electoral, sino el posible punto final de una trayectoria marcada por ascensos fulminantes y derrumbes igual de bruscos. Y que también hacen tambalear la continuidad de Chile Vamos, una de las coaliciones más importantes desde el retorno de la democracia.

Pese a comenzar el año como la favorita, Evelyn Matthei terminó atrapada en una secuencia de errores estratégicos que fueron debilitando su candidatura. Primero dejó crecer a José Antonio Kast mientras concentraba buena parte de su energía en enfrentarse al gobierno: entró en todas las peleas posibles —desde la Cuenta Pública hasta la disputa con la vocera Aisén Etcheverry— y protagonizó polémicas que se volvieron virales, como su crítica a las cámaras del Estadio Nacional mientras era grabada por una de ellas.

En paralelo, Kast se mantuvo disciplinado, evitó temas valóricos, presentó planes semanales sobre seguridad, inmigración o narcotráfico y se posicionó como la opción más ordenada y eficaz de la derecha. 

A ese desgaste se sumó la demora en construir una estructura política propia: Matthei confió en su popularidad municipal y tardó meses en instalar liderazgos fuertes en el comando, mientras su círculo de Providencia no lograba darle un relato claro. Solo a fines de agosto, con el ingreso del senador Juan Antonio Coloma y el empresario Juan Sutil, la campaña comenzó a mostrar cohesión, pero ya cargaba el peso de semanas de tropiezos.

El resto de los errores empujó a la candidata hacia un punto sin retorno: quedó atrapada entre seducir al electorado de centroizquierda desencantado y no irritar a la derecha más dura. 

Cuando Evelyn Matthei subió finalmente al escenario, el silencio que aún oprimía el comando parecía más pesado que los números del Servel. No hubo música, ni vítores improvisados. Solo un aplauso tibio, disperso, casi protocolar, que acompañó a una candidata que ya había digerido lo que las cifras habían dejado en evidencia: la derrota más dura de su carrera política. Aquella que no venía desde la izquierda —como en 2013— sino desde dentro de su propio mundo.

Con los ojos vidriosos, respirando hondo antes de cada frase, Matthei agradeció uno por uno a los partidos que la acompañaron, a su equipo, a quienes votaron por ella. Era un agradecimiento correcto, medido, pero cargado de una emoción contenida que contrastaba con la Evelyn del 2013: aquella que habló serena, casi pedagógica, tras perder con Michelle Bachelet. Esta vez su voz se quebró en un par de ocasiones. Y si entonces se esforzó por exhibir unidad, ahora parecía estar obligándose a ella.

“Gracias, gracias a las chilenas y los chilenos que me acompañaron con esperanza…”, insistió, como si buscara poner orden en una campaña que se le desfondó en cuestión de semanas. Luego vino la frase que el comando evitó comentar durante días: “Hoy son otros los llamados a avanzar en la carrera presidencial”. Ahí no hubo metáfora. Ahí Matthei reconocía lo evidente: no solo había perdido; había quedado atrás incluso de quienes, hasta hace pocos meses, consideraba políticamente marginales.

Y entonces llegó el momento que todos esperaban —y que muchos dudaban que ocurriría— desde que los bots, las insinuaciones de enfermedad y las peleas cruzadas quebraron cualquier cercanía entre ambos comandos. “Ahora vamos al bando de José Antonio Kast para felicitarlo, como corresponde”. La frase cayó como una rendición de manual. Un gesto de disciplina forzada después de una campaña marcada por acusaciones de fuego amigo y dardos que jamás se habían visto con tal crudeza entre dos candidatos del mismo sector.

Ahí, en ese punto exacto, la crónica se cerró sobre sí misma. La misma Evelyn que en 2013 pidió unidad nacional tras perder con Bachelet, hoy caminaba hacia el comando de Kast para sacarse la foto que había evitado durante toda la campaña. Una foto que no representaba un proyecto común, sino un trámite político inevitable. La imagen —que en minutos más inundaría redes sociales— la mostraba con una sonrisa tensa y un brillo húmedo en la mirada, forzando una normalidad donde ya no la había.

Fue el último acto de una noche que, para ella y su círculo, quedará inscrita como el golpe más amargo de su historia electoral. Una derrota que no vino de la vereda de enfrente, sino desde la misma casa donde alguna vez creyó tener asegurado el futuro. Y que, como un espejo cruel del 2013, volvió a mostrarle que incluso en los momentos en que parecía favorita, la política chilena sigue siendo capaz de darle la espalda en el último minuto.

Quizás por eso, mientras en el comando algunos comentaban la magnitud del golpe electoral, resultaba imposible no mirar la trayectoria completa que traía Evelyn Matthei hasta esta noche: la joven dirigente que formó parte de la “Patrulla Juvenil” y que peleó de igual a igual con Sebastián Piñera y Andrés Allamand por la conducción de su sector; la parlamentaria de tres décadas, la ministra que navegó crisis complejas, la candidata improvisada del 2013 y la alcaldesa que sostuvo Providencia durante ocho años. Una carrera que parecía hecha de círculos que siempre volvían a abrirse. 

Esta vez, sin embargo, la curva podría estar llegando a su fin: arrasada por su propio sector, desplazada por fuerzas a las que atribuye deslealtad, y convertida, de golpe, en el rostro más visible de un ciclo que se agotó.

Si esta noche marca o no el punto final de su historia pública, solo el tiempo lo dirá. Pero en los pasillos del comando, mientras las pantallas anunciaban su debilitsds posición, había una sensación común: que Evelyn Matthei, la misma que tantas veces volvió, quizás ya no tenga otro regreso.

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