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Reportajes

Un bar de amigos y de barrio: cómo dos periodistas transformaron su local favorito en La Isla, un nuevo clásico de las tardes en Providencia

Dos periodistas convirtieron su bar de siempre en un refugio propio: un espacio de barrio, a escala humana, donde la amistad, la cerveza y la cultura se encuentran. Así nació La Isla, el heredero afectivo del extinto The Shamrock, que hoy reúne a vecinos, editores, ilustradores, actores y curiosos en las Torres de Tajamar.

Sigue a The Clinic en Google News Por 30 de Noviembre de 2025
Fotos: Carlos Rodríguez / The Clinic
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Cuando Daniela Lagos rondaba los 30 años decidió irse a vivir a Canadá por un año. En ese viaje descubrió y aprendió del mundo cervecero, sus variedades y la elaboración artesanal. De vuelta en Chile, le recomendaron “The Shamrock”, bar irlandés al que llegó atraída por la cerveza.

“Le dije a un amigo: ‘Oye, dime dónde están los lugares de la cerveza’. Y él fue quien me trajo acá un día. Me empecé a quedar porque me quedaba cómodo geográficamente. Y además tenían diez líneas de schop. Entonces empecé a probar cerveza y me terminé quedando”, dice Lagos. 

La periodista iba hasta tres veces a la semana y se terminó haciendo amiga de la gente que trabajaba en el local. “Siempre me han gustado los bares, no era necesariamente un sueño tener uno, pero este fue el primer bar que se convirtió un poco en una segunda casa para mí”, cuenta la periodista.

La historia de The Shamrock, con sus carteles de Guinness, las transmisiones de la UFC y los eventos especiales para ver los capítulos finales de “Game of Thrones” llegó a su fin en la pandemia. El cierre de cortina definitivo alcanzó los oídos de Daniela y de Diego González, también periodista y editor de Planeta, con quien ya había forjado una amistad en el bar irlandés.

“Este bar para mí también se fue transformando en un lugar donde yo tenía reuniones o donde me juntaba con amigas o con amigos. Y cuando quería ver a Daniela. Muchas veces el trayecto entre la casa y el trabajo puede ser algo que uno quiere hacer rápido, extender o puede ser también inhóspito. Y, en mi caso, a veces, cuando estaba en la ciudad, era tarde y ya no quería ni seguir trabajando y quería estar con alguien, venía al bar”, dice González.

La dupla cuenta que cuando tuvieron la oportunidad de soñar con que podían tener un bar, este fue el lugar. No querían negociar por otro sitio ni buscar otro bar que comprar. “Era el Shamrock o el Shamrock”, dicen los periodistas sentados en la terraza del local que ahora es La Isla, y donde, cuando baja el sol, empiezan a llegar los clientes desde el trabajo.

Ambos también buscaban tener independencia, no depender de la fragilidad de la profesión del periodismo. En un principio, el valor del derecho a llave era altísimo; sin embargo, el ofrecimiento final vino con un precio cuatro veces menor, por lo que la posibilidad de abrir el bar estaba cada vez más cerca. “Queríamos que fuera un bar nuestro, no un bar de inversionistas: que nosotros fuéramos los dueños”.

Vamos a La isla

Hoy, el Bar La Isla es uno de los mejores de su tipo en Providencia: un ambiente cercano, a escala humana, donde los amigos se encuentran y se reúnen en las mesas de la terraza en las Torres de Tajamar. Parte del éxito, dicen los dueños, también se debe al pequeño pero comprometido equipo, donde hay quienes los acompañan desde el inicio. Daniela está presente casi todos los días en el bar.

Abren de martes a sábado. Del antiguo local sacaron un par de cosas, pero en su estructura quedó casi igual. Tampoco había tanto presupuesto para hacer grandes remodelaciones, pero al menos les recuerda el lugar que los cobijó por años.

El primer día que abrieron, en marzo de 2021, fue un caos. Se llenó de inmediato. Los periodistas, acostumbrados a los textos, ahora atendían un bar con cocina. “Teníamos más de cincuenta personas, todos pidiendo de todo. Finalmente, esa misma gente después nos ayudó a cobrar, porque ni siquiera podíamos llevar las cuentas tan claras. Pero ese día fue un muy buen día, y nos sentimos muy orgullosos también”.

Fue un buen augurio de cara al futuro. A pesar de que en ese entonces aún había restricciones por el fin de la pandemia, el boca a boca del mundo editorial —donde Diego trabaja— logró congregar a un público de la movida cultural capitalina. “Al bar todos los días llegaba gente y se empezó a correr la voz de que era un poco un bar del mundillo editorial. No necesariamente un bar de escritores, pero sí venían editores y se encontraba a gente así. También ilustradores. Como que agentes culturales”.

En las pantallas de La isla se empezaron a dar películas o series, llegaron a trabajar amigos, y cambiaron las cosas de a poco, en la medida en que daba el bolsillo. Respecto al éxito que vino en los años posteriores, dicen que eso les dio libertad para no acelerar procesos; ver que a la gente le gustaba su estilo, y mantenerse tal cual eran. “Nosotros somos un bar poco pretencioso, piola; no digo al lote”, dicen.

La vida dentro de las Torres de Tajamar

Dentro de las Torres de Tajamar se ha armado un pequeño ecosistema a escala humana, con locales como Piedra Bruja, clásico para comprar juegos de mesa y donde los clientes se juntan a jugar cartas. También está el centro de pensamiento Nodo Tajamar, cerca el Centro Cultural España —que también los considera amigos de la casa—, y hace algunos meses abrió una sucursal de la disquería Club de Fans.

Los vecinos son parte clave del ecosistema. Al estar en el primer piso de las torres, la convivencia y el respeto por las reglas de la comunidad son fundamentales. Por eso, aunque la patente les permite abrir hasta las cuatro de la mañana, cerca de la medianoche —y los fines de semana a la una— en La Isla empiezan a cerrar las mesas y pedir a los comensales que bajen la voz.

“Hay hartos vecinos que vienen, son clientes habituales; los conocemos, nos sabemos sus nombres, y de los que no, nos sabemos el nombre de sus perros”, cuenta la dupla, sentada en la mesa de afuera del local, saludando a cada vecino que pasa.

La apuesta gastronómica

En cuanto a la apuesta gastronómica, dicen que, aunque les gusta la cerveza, tampoco son grandes especialistas: tienen lo que hay que tener. Hay stout, lager, pero la gente también va por la piscola y algunos cocktails que preparan, como el negroni o la paloma.

La comida también ha sido a pulso. “Mi pareja trabajaba aquí al principio; ahora no trabaja. Mi pareja es de México, entonces partimos con una carta un poquito más mexicana: tacos y quesadillas”, dice Daniela.

Con lo mexicano y las papas fritas de siempre. Luego fueron sumando; “Ahora tienen un sándwich de pollo, un sándwich de berenjena, y varias opciones veganas —importantes para su público— como las alitas de coliflor, que han sido un hit. También hay alitas de pollo, platos típicos de bar como el sándwich de pollo o las papas fritas, y sorpresas como pejerreyes fritos o unos choritos al vino blanco con papas fritas”, dicen sobre la carta.

Ya con las mesas instalas en la terraza, el sol comienza a caer. La dupla de periodista se prepara para una nueva jornada en el bar y lanzan la última reflexión. “Nos encanta nuestro bar, vamos a otros lugares, pero al final siempre terminamos acá”, cierran.

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