Opinión
14 de Diciembre de 2025
La verdadera clave de la elección: el margen de la victoria
Por Marco Moreno
"La literatura comparada es clara: los márgenes amplios tienden a facilitar la gobernabilidad, mientras los estrechos incrementan la fragilidad del mandato. Pero en sistemas fragmentados —como el chileno tras 2021 y 2024— el margen opera más como señal que como garantía", dice Marco Moreno en su columna semanal, en la que desmenuza los escenarios que se abrirán la noche de la elección presidencial con los resultados en mano y la diferencia de votos entre José Antonio Kast y Jeannette Jara.
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Más allá de quién gane la segunda vuelta presidencial, la verdadera clave para entender lo que viene está en la magnitud de la diferencia. En ciencia política, el margin of victory —la distancia porcentual entre el primero y el segundo— no es un dato accesorio: es un indicador analítico del “mandato” y de la capacidad política inicial de un gobierno. Como recuerdan Scott Mainwaring y Matthew Shugart, los presidentes no gobiernan solo con votos, sino con la percepción de fuerza que esos votos generan en el Congreso, los partidos y la ciudadanía.
Las últimas tres segundas vueltas en Chile promedian 10 puntos de diferencia, un patrón que se ha transformado en referencia para calibrar la intensidad del apoyo inicial. La literatura comparada es clara: los márgenes amplios tienden a facilitar la gobernabilidad, mientras los estrechos incrementan la fragilidad del mandato. Pero en sistemas fragmentados —como el chileno tras 2021 y 2024— el margen opera más como señal que como garantía.
¿Qué debemos observar la noche del domingo? Propongo tres escenarios.
1. Brecha amplia (más de 10–12 puntos): mandato robusto, sistema tenso
Un triunfo holgado —como los obtenidos por Bachelet en 2013 o Boric en 2021— permite al ganador instalar la narrativa del mandato fuerte, ese concepto que Sartori y Linz definieron como la convicción de que el electorado otorgó autoridad para impulsar transformaciones profundas.
En este escenario, si Kast supera el 55%, podrá presentarse como la expresión de una mayoría nítida que pide un nuevo rumbo. Pero esa fuerza simbólica choca con un dato estructural: un Congreso fragmentado y sin mayorías automáticas, donde el PDG y sectores del centro adquieren un rol de veto player (Tsebelis). La brecha da capital, pero no reemplaza la necesidad de construir coaliciones estables.
En la derecha, una victoria amplia consolida la hegemonía del partido republicano y relega a Chile Vamos a un rol subalterno, reconfigurando el equilibrio interno del bloque. En el oficialismo, una derrota abultada profundiza la crisis del ciclo progresista iniciado en 2014 y abre un complejo proceso de recomposición de liderazgos y alianzas.
2. Brecha media (5–10 puntos): el mandato condicionado
Cuando el margen se ubica en torno al promedio histórico, el ganador obtiene una victoria clara pero no hegemónica. La literatura sugiere que este tipo de triunfos genera un “mandato acotado”: suficiente para gobernar, insuficiente para empujar transformaciones sin un esfuerzo de articulación.
Como advierten Amorim Neto y Martínez-Gallardo, en presidencialismos sin mayoría parlamentaria como viene ocurriendo en Chile, la clave está en la capacidad de formar coaliciones estables, no en el tamaño exacto del triunfo. Un margen medio obliga al nuevo Presidente a negociar desde el primer día y modera cualquier intento de gobernar por vía plebiscitaria.
Políticamente, la derecha celebra, pero sin euforia: un triunfo ajustado permite a Chile Vamos mantener influencia y limita la pretensión hegemónica republicana. En la izquierda, la derrota es dolorosa, pero no terminal: se preserva un piso competitivo y se abre un debate por la conducción del futuro bloque opositor.
3. Brecha estrecha (3–5 puntos) o sorpresa de Jara: el país partido y el mandato frágil
Aquí el margin of victory deja de ser un indicador para convertirse en un diagnóstico estructural. Como muestran Pérez-Liñán o Levitsky & Roberts, los presidentes electos con márgenes mínimos enfrentan mayor riesgo de bloqueo legislativo, desafíos de legitimidad y parlamentos envalentonados. La disputa electoral se traslada intacta al interior del sistema político.
Si Kast gana por poco, su capacidad para imponer agenda será limitada: deberá evitar la tentación del hiperpresidencialismo plebiscitario, incompatible —como recordó Linz— con sistemas sin mayorías estables. La oposición entrará fortalecida, el PDG ampliará su rol de bisagra y la política chilena se moverá hacia una parlamentarización intensa, donde cada reforma exigirá negociar voto a voto.
Si Jara logra una remontada inesperada, el efecto simbólico es aún mayor: una elección contra pronóstico no solo desarticula la narrativa de triunfo asegurado en la derecha, sino que reordena el mapa progresista y otorga al oficialismo una legitimidad renovada, aunque con un Congreso cuesta arriba.
La clave de la noche del 14D
El ganador importará, pero el tamaño de la victoria definirá el margen de maniobra. Un presidente con más de 10 puntos de ventaja inicia su mandato diciendo “la ciudadanía me dio la razón”; uno que gana por dos o tres debe gobernar bajo la lógica del acuerdo permanente. En un sistema con múltiples fuerzas, sin mayorías claras y con una oposición fragmentada pero empoderada, la brecha electoral será la primera señal para entender la gobernabilidad que viene.
La política chilena amanecerá mañana con un nuevo Presidente. Lo que aún no sabemos —y lo que realmente importará para los próximos cuatro años— es qué tan grande será su mandato.



