
Tiempo Libre
26 de Diciembre de 2025El norte de Chile, el bullying y los 80: “El cabrito”, el libro que explora las memorias de un niño en Punitaqui
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“Yo viví en Punitaqui, viví en Ovalle otro tiempo, después en La Serena y en la universidad estudié en el norte, en Antofagasta. Y donde más he vivido es en Santiago. Si tú me preguntas ahora dónde me siento más integrado, es en ninguna parte”, dice el periodista Juan Luis Salinas, “Pero siempre están los recuerdos de infancia. La infancia para mí es un territorio demasiado importante y bonito.
Pese a que yo decidí que iba a contar una historia más ruda”.
Salinas, coordinador periodístico en la Revista Ya de El Mercurio -y uno de los mayores expertos de la historia de la moda en Chile-, acaba de lanzar su tercer libro: “El cabrito”, de editorial La Pollera, donde revive su propia historia de infancia: un niño amanerado, gay, en el Chile de provincia nortina en los 80, hijo de una trabajadora de casa particular que lo deja al cuidado de una pareja a la que le dice abuelos, pero en realidad son sus tíos.
En “El cabrito” el niño sueña con los vestidos de las vírgenes de la iglesia y le gustan las Miss Chile, no juega fútbol y se juntan con niñas en su calle. Comienza a darse cuenta de la crueldad del entorno, cuando el patio del colegio se transforma en un lugar de amenaza, donde es sometido a diferentes burlas u humillaciones. Ve pasar la vida del pueblo -sus violencias, sus fiestas, sus personajes profundamente chilenos- con ojos de infancia, hoy enfrentado al adulto que es.
Para ello, Salinas emprendió un viaje de auto investigación, usando el oficio periodístico para contrastar sus recuerdos con los de los personajes del pasado. Y, por supuesto, encontró sorpresas. Aunque se rehúsa a decir que el libro fue terapéutico, o dice que no comenzó con ese afán, termina diciendo: “Un hombre viejo haciéndole la terapia al niño que fue”.
Volver atrás
Salinas publicó en 2019 su segundo libro, “El peso de la sangre”, una investigación sobre la historia del VIH en Chile, donde en un momento incluye su propia historia: cómo fue diagnosticado en 2001, estuvo en negación, hasta que cayó enfermo grave en el hospital dos años después. Sus memorias ahí, dice él, son utilitarias: “Yo no quería ahí hablar de mí mismo. Había una intención más narrativa en el uso de la primera persona ahí. Entonces cuando me piden este nuevo libro como que dudé harto”, explica.
La solicitud vino de Daniel Campusano, de La Pollera. “Yo creo que él pensaba en un libro que iba a ser sobre abrirse espacio en la ciudad, una cosa así”, dice Salinas, “Y yo le propuse crecer siendo niño gay.
O asumiéndote como gay en una época en que no se entendía el bullying, sino que era ser hombre. Esa era la premisa de ‘El cabrito'”.
A pesar de los dolores de crecimiento y de su biografía, en el libro Salinas insiste en escribir que no hay que olvidar que, a pesar de todo, como tantos niños, fue feliz. “No tenía que olvidarlo. Porque te podías dejar llevar por esa idea de dramatizar las cosas. Pero yo ahí también fui feliz”, dice. “Yo no tengo ningún cariño por el Punitaqui de ahora, pero sí tengo cariño con Punitaqui de infancia”.
—¿Hubo cosas que tú te recordabas que eran de una manera, y al enfrentarlas con terceros te decían que no era así? ¿Que te sorprendieron para mejor o para peor?
—Cosas que no tenían que ver conmigo, tenían que ver con el espacio alrededor. Yo siempre pensé que había sido el niño al que habían perseguido en el colegio, y después descubrí en estas conversaciones que se lo hacían a otros, a varios. Entonces yo era uno de los más avispados, dentro de todo, porque me escondí.
Y también con cosas que pasaban en el pueblo, con la pobreza que había alrededor. Porque yo vivía en una burbuja de mis abuelos. Me protegían. Tenía naturalizado de que había que llevarle comida que sobraba a los vecinos del lado, porque mi abuela era buena persona, decía yo, pero era porque no comían.
O recordar un intento de violación que hubo en ese tiempo. Había una violencia, como así como flotando en el aire, que uno no notaba.
—Pero yo creo que eso es ser niño, ves todo desde otro prisma, con una inocencia que te protege, finalmente.
—Ese es el punto. Yo creo que cuando uno es niño, como no has tenido tantas experiencias en la vida, y tal vez esta experiencia es lo único que como que agrede, no lo quieres verbalizar, lo normalizas, le bajas el perfil y tratas de protegerte con las únicas herramientas que tienes. Y uno está tan ensimismado y tan preocupado por lo que te está pasando, porque tú eres tu propio mundo, que no miras alrededor.
—La fuerza del libro es justamente mezclar temporalidades, del adulto y el niño.
—Yo a ese niño no lo entendía. Como que a mí me da un poco de vergüenza ese niño que fui, en la medida que fue trabajando en el libro me empezó a dar vergüenza. Porque encontré que ese niño era malo con su mamá.
—Pero qué niño va a tener una relación con una mamá que ve tan poco; solo de adulto entiendes el sacrificio que ella estaba haciendo para trabajar. No venía de la crueldad.
—Puede ser, pero yo a ese niño me costaba entenderlo, me costaba entender lo cobarde que fue, lo ensimismado que fue y yo lo desconocía. Y eso me había pasado mucho tiempo antes. A mí me pasó cuando empiezo a escribir “El peso de la sangre”, el tipo cobarde que tampoco se quiso hacer el examen de VIH, nunca quiso asumir el diagnóstico.
“Entonces como que en estas idas atrás, en sus reporteos hacia atrás, siempre descubría como un rasgo de cobardía, sentía como que me costaba. Es difícil enfrentarse a los pasados de uno“.
Un niño chileno en “El cabrito”
La escritura de “El cabrito” tomó en vez de los iniciales seis meses propuestos, varios años. El resultado no solo es un viaje temporal de una vida, sino que también un retrato generacional a un Chile de provincia que no siempre se asoma en la enclaustrada literatura local. “Hay una tradición anterior, o sea, está Manuel Rojas, Marta Brunet, que siempre roban de la provincia y en un momento la perdimos, a excepción de Daniel Villalobos con ‘El sur'”, dice Salinas.
“Me interesó mucho dejar en claro dentro del texto que todo esto ocurrió en 1985, que el Punitaqui de ese momento, no hay que juzgarlo con la mirada actual“, añade el periodista.
“Con mucha de esa gente después como que uno, con los años, hace las paces. Porque también eran niños, eran niños crueles que estaban replicando lo que veían en sus casas. Yo entré a la universidad, toda esta misma gente me tenía mucha buena. Como que cambié, yo subí un estatus”.
—El que la hizo: salió del pueblo y estudió.
—Sí, pero también me incomodaba, porque eso me alejó de amistades que eran súper importantes. Y para mí volver a este libro fue reencontrarme con quien creo es mi amiga más larga en la vida. Y volver a mirar a mis abuelos.
—El libro también retrata una estructura familiar muy chilena. Un niño cuya mamá se va a trabajar y lo crían los abuelos que no son los abuelos.
—En Punitaqui casi todos los niños eran así, entonces los que tenían familia normal eran los extraños.
—¿Eso te marca identidad, o como adulto que mira a su niñez?
—Pero eso para mí eso no era tema de debate cuando escribía. Para mí las cosas que más me complicaban de decir era tener esa mirada, como yo desde la superioridad mirando piadosamente ese pueblo y yo no quería eso. No quería, no me interesaba.
“Yo no me siento superior al resto porque creo que ellos hicieron una vida fantástica y a veces incluso les envidio esa vida. Muchos viven en parcelas, crían sus cosas, y tienen una vida que no es tan ajetreada como la de uno que está como súper presionado y súper exigido por tonteras a veces”.
Salinas dice que algunas cosas más crueles las dejó fuera. Que a veces todos los niños son un poco crueles. Y que ahora, pasados los 50 años, cuando en su cabeza se va a un lugar tranquilo, vuelve a los pastos de Punitaqui, a la maleza que crecía cerca de la higuera y de la pequeña viña campestre de su abuelo.
“Yo aprendí a querer ese niño. Hice esa terapia y aprendí a querer ese niño. Ahora de repente lo odio, pero lo quiero. Lo entiendo a él y sus circunstancias. Y también entendí el pueblo, entendí a mis abuelos, entendí a mi mamá”, dice el periodista, y luego añade con risa: “Y se abrieron más preguntas. Bueno, quizás si uno se reportea a sí mismo, nunca se termina”.