Hijo del artista magallánico “Talo” Mansilla, exdetenido de Isla Dawson, recuerda el legado de su padre: “Me enseñó que nadie nace sabiendo y todo se puede aprender”
Entre sus diseños en madera, su vínculo con el mar y el ritmo sin horarios que lleva en Caleta Tortel, Rodrigo Mansilla reflexiona sobre el estilo de vida que aprendió de su padre, el destacado escultor magallánico Rodolfo “Talo” Mansilla, a casi siete años de su partida. "Lo que aprendí con él fue el manejo de todas las herramientas, y a sobreponerse a las situaciones y salir adelante", sostiene.
Por Ignacia Munita 6 de Enero de 2026
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“Los planos los tengo en la cabeza”, dice Rodrigo Mansilla desde la casa que construye desde hace ocho años en una loma alta de Caleta Tortel, en la Región de Aysén. En el mismo sitio funciona su taller, donde se acumulan herramientas heredadas de su padre, el escultor Rodolfo “Talo” Mansilla, fallecido en mayo de 2018.
Desde ahí, Mansilla —artesano de la madera— repasa las distintas vidas que ha tenido: desde emigrar de Punta Arenas a Iquique para estudiar Biología Marina, hasta los dos años que pasó en Torres del Paine como guía turístico.
Vive en uno de los puntos más elevados de Tortel, al que se accede tras subir largas escaleras que conectan casas y muelles suspendidos sobre el agua verde claro. La casa, dice, la ha levantado a pulso, con la misma lógica con la que impulsó la construcción del Laboratorio de Oceanografía Costera Tortel, una instalación de la Universidad de Concepción, además de estaciones interactivas dedicadas a la ciencia y la cultura local. Así también fue dando forma a su negocio artesanal en madera.
Pero no siempre estuvo ahí arriba. Antes de echar raíces en el extremo sur del país, recorrió buena parte de Chile siguiendo el pulso del mar: se formó como buzo, aprendió a leer corrientes, mareas y climas, levantó laboratorios y se movió con la misma soltura bajo el agua que sobre la madera. En ese ir y venir fue sumando distintos oficios que hoy confluyen en la casa que construye sin apuro. “Yo trabajo cuando quiero, y sin horario. De repente me quedo hasta la 1 o 2 de la mañana”, reconoce.
En una pausa de su trabajo atendiendo un local en el que vende artesanías, se toma un tiempo para recordar el legado que le dejó su padre, “Talo” Mansilla”, el reconocido artista magallánico que estuvo detenido en Isla Dawson.
“El legado que me dejó fue la gran cantidad de cosas que hago, las aprendí junto con él, porque teníamos una relación bien, diferente a una relación común de padre e hijo, éramos más amigos que padre e hijo, y trabajamos juntos durante hartos años”, señala en conversación con The Clinic.
De hecho, junto a su padre confeccionaron la obra “Cola de Ballena”, una icónica escultura de hierro que representa la cola de una ballena franca austral, ubicada en el Muelle Arturo Prat de Punta Arenas. “Lo que aprendí con él fue el manejo de todas las herramientas, y a sobreponerse a las situaciones y salir adelante. Me enseñó que nadie nace sabiendo y todo se puede aprender, y uno puede hacer cualquier cosa en la vida. Y así es que llegué a hacer todo, a navegar, trabajo un poco en madera, no soy experto en nada, pero sí hago de todo un poco”, declara Mansilla.

En ese sentido, menciona que, al igual que su padre, se acostumbró a vivir y trabajar solo. “Yo diría que nadie es capaz de seguirme al ritmo, y no porque no porque haga muchas cosas, sino porque no tengo horario. Me gusta hacer las cosas cuando se me ocurren, no tengo por qué depender de un horario o un día. Si me dan ganas de trabajar a las tres de la mañana, trabajo a las tres de la mañana, no tengo por qué tener un horario”, declara sonriendo.
Mansilla relata que en el taller tiene la materia prima de los objetos que crea —principalmente de madera— y que los detalles de las impresiones los hace en su casa, que queda a unos metros de distancia. De hecho, plantea que ahora se encuentra confeccionando una serie de medallas para una corrida que habrá el próximo fin de semana en Caleta Tortel. “Tenemos que hacer todas las medallas para la carrera, son 120 y de madera”, destaca.
La vida en Tortel
Para Mansilla, vivir en Tortel, comuna a la que arribó hace diecisiete años, no es sinónimo de dureza, sino de una forma distinta —y más simple— de pasar los días. “Según yo, no es una vida ruda. Es una vida mucho más sencilla que en una ciudad”, subraya.
“En una ciudad, si no tienes trabajo, no comes; no tienes abrigo ni casa. Si no pagas la cuenta de la luz, te la cortan. Acá, aunque el clima puede ser más rudo, siempre hay alternativas. Puedes ir a una isla, botar un árbol, traer leña y tienes con qué abrigarte. El resto de la leña la vendes o la cambias por comida. O sea, puedes tener abrigo y comida solo por ir a buscar un árbol”, explica.

“En Santiago eso no existe. No puedes ir a botar un árbol para abrigarte o comer. La única forma es trabajar, y no todo el mundo tiene la posibilidad de hacerlo. Allá todo el mundo corre, pasas horas en traslados, entre el metro y otras cosas. Acá el tiempo funciona distinto”, añade.
La relación que mantiene con el tiempo —sin horarios fijos ni planos trazados— es la misma que rige su forma de trabajar y de vivir en Tortel. En una de las cimas de Caleta Tortel, entre madera, herramientas heredadas y proyectos que avanzan cuando pueden, Rodrigo Mansilla sigue armando su casa como ha construido su vida: aprendiendo en el camino, sin apuro y con los diseños en su cabeza.



