Opinión
16 de Enero de 2026
Crítica de “Hamnet”: Amor, dolor, muerte, y la belleza inevitable
Por Cristián Briones
Es uno de los estrenos más esperados de la temporada de premios, donde ya ha cosechado galardones: "Hamnet" ganó el Globo de Oro a Mejor película de Drama, Mejor actriz Drama, y así se encamina al Oscar. Basada en la novela del mismo nombre de Maggie O'Farrell, cuenta la historia del dolor en la vida de William Shakeaspeare y su mujer Agnes, la que inspiró "Hamlet". Ahora, Chloé Zhao dirige una cinta que, según el crítico Cristián Briones, no solo ronda el tema de la pérdida y el luto, sino que es sobre lo que el arte significa para todos nosotros.
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La directora Chloé Zhao saltó a la fama cinematográfica cuando ganó el Oscar por su tercer largometraje, “Nomadland”, para luego tropezar de inmediato en el Universo Cinematográfico de Marvel con “Eternals”.
Algo bastante previsible para quien hubiera visto sus anteriores películas: “Songs My Brothers Taught Me” y, su obra maestra, “The Rider”. Las formas fílmicas de Zhao eran íntimas y naturalistas, y enfrentarse al gran presupuesto y a los requerimientos de inercia de una franquicia de superhéroes era un desastre esperando estrenarse. Y eso fue justamente lo que ocurrió, hace ya cuatro lejanos años en los tiempos de la pandemia.
El 2025, Zhao enfrentó un desafío muy diferente al adaptar a la pantalla grande una de las novelas más aclamadas del siglo XXI, “Hamnet” de Maggie O’Farrell. Pero la oriunda de Beijing entra al set siendo otra cineasta. El reconocimiento de sus pares no está sólo en galardones, si no en forma de producción: Steven Spielberg y Sam Mendes en los créditos. Amblin Entertainment como respaldo. Zhao escribe el guión con la misma novelista, y la historia de la pérdida y el duelo de Agnes ‘Anne’ Hathaway (Jessie Buckley) y su esposo William Shakespeare (Paul Mescal) ante la muerte de su hijo a los 11 años de edad, pasa de la prosa y la lírica de O’Farrell a la meticulosa estética de Zhao.
El amor y el dolor, la ira y el desconsuelo, son estampados en la pantalla con un cuidado ornamental inédito en la directora. No es que sus retratos íntimos carecieran de ese interés, pero su estructura cuasi documental, dejaba poco espacio a este nivel de esmero por el detalle. En “Hamnet”, el trabajo fotográfico del polaco Łukasz Żal (“Ida”, “Cold War” y “Zone of Interest”) es de texturas al borde de lo indeleble, y en donde el uso del color cuenta también una historia, el diseño de producción, vestuario, música (incluso con su propia polémica), diseño sonoro, y una hermoso etc, todo pensado para llevarnos tanto a los parajes en donde la historia se desarrolla, como a compartir la congoja de sus protagonistas.
Zhao no echa mano directamente a la poesía de O’Farrell, más bien la reemplaza por una lírica propia. Una hecha a medida en colores, sonidos, y sobre todo, magníficas interpretaciones. Lo de Jessie Buckley es tan enigmático como cargado de furia, Paul Mescal se ve en la necesidad de ser un espejo, tal y como la relación de su personaje lo requiere. Pero sigue siendo el Bardo, y su obra cumbre se llama “Hamlet”.
Y acá está justamente la cuerda floja en que la cineasta debe equilibrar: la artificialidad de las películas biográficas sobre artistas y el origen de sus obras maestras; la emocionalidad del tema, en donde la muerte de un hijo es de una tragedia ineludible; y el tratar de tener una mirada propia sobre el material de origen, ampliamente celebrado por el enfoque feminista sobre Agnes y el duelo como un ente desgarrador.
Lo artificial en un relato de ficción basado en personajes reales, es siempre un arma de doble filo. El riesgo de manipular emocionalmente, más todavía considerando la temática de Hamnet, está en todo momento. Para algunos, Zhao cruza la línea. El debate sobre la elección del tema musical para el desenlace es un flanco inevitablemente abierto al respecto.
“Hamnet” pareciera tener una sola motivación, y nada de subtexto. Sin embargo, Zhao busca poner en pantalla algo que no tiene que ver con Shakespeare como autor propiamente tal, ni con el tormento que tanto él como Agnes encarnan. Y eso en sí mismo, ese acto deliberado, debiera al menos replantear (aunque no necesariamente descartar) aquel punto de vista sobre la manipulación. Porque mientras más uno revisa lo que está en la película, más absorbe aquello que se queda, más nota que lo que Zhao hizo primar, no fue sólo hacer referencias al escritor más reverenciado de habla inglesa.
Zhao centra su relato en la pérdida, de eso no cabe duda. Pero no así su punto de vista temático. Y esto resulta desorientador para aquellos más versados en las narrativas. Puede llegar a sentirse manipuladora porque el relato que construye aparenta no tener otro tema que el duelo. Ocupa casi la mitad de la película en llegar a la tragedia, casi como intentando construir el momento de asestar el golpe. No obstante, esa tragedia, no es de lo único que quiere impregnar su obra. Ni el dolor, ni la muerte, ni el amor, son el corazón de “Hamnet”. No solamente. Es lo que Hamnet terminó significando para la humanidad. Y esto es en extremo evidente en el punto más potente de conflicto en la película: su conclusión. Es allí donde el dolor vívido de Agnes se enfrenta al dolor en verso shakesperiano. Su indignación al ver a un joven actor que rememora a su hijo perdido es cruda y vehemente, como lo ha sido todo su personaje. Y sirve como reflejo del proceso y los textos de William, cuyo nombre completo fue pronunciado recién hace breves minutos. Agnes tiene en su cuerpo la ira y angustia que evocan que la vida no es más que un cuento narrado por un loco, que no es más que ruido y furia, y no significa nada. Eso está ahí, en su rabia. Y la cámara necesita poco más que mostrarla.
Y sin embargo, Zhao apuesta que cada aspecto visual y sonoro de esa última secuencia, cimentados en todo el metraje previo, se presenten como base de su mirada sobre Hamnet: lo que el arte significa para todos nosotros.
Expresarse no es un proceso de sanación en sí mismo. El dolor de tamaña pérdida no podrá diluirse ni en la más exquisita obra de arte. Pero el arte está ahí para ser. Porque no tiene otra salida. El arte es cómo sentimos el mundo, cómo nos abrimos a él, lo apreciamos y lo entregamos como algo más. Como algo que tiene su propia belleza, incluso cuando ha nacido de lugares horrendos. Y acá es dónde se establece el abismo con las historias contemporáneas sobre artistas y sus obras. Esta no es la historia sobre un triunfo. No es la narración de un éxito. No es tampoco la historia de una derrota, sino más bien de una rendición. Zhao también, claudica ante el arte. Y lo que este dice de nosotros como individuos y como sociedad.
El corazón roto puesto en una pintura, el dolor puesto en una partitura, la muerte y el olvido contemplados en papel y tinta, la pasión dando forma a una piedra, el duelo por la pérdida de un hijo puesto en un libreto. La vida y la muerte que se arrastran desde el bosque y sus cavernas al escenario y sus decorados, sus espectros y profecías, las tragedias de la vida y la única forma de trascenderlas. El rojo fiero y salvaje de Agnes que se va deslavando en la angustia de gritos sordos, el azul contemplativo de Will que va palideciendo de forma fantasmagórica. De los estandartes de ambos colores que se despliegan en un teatro.
No hay nada más hermoso que poner tu talento al servicio y entregar todo eso de vuelta. Porque el círculo del dolor, de la pasión, de la muerte, del amor, de la tragedia, no se completa hasta que una audiencia ahoga algo en su garganta, solloza, aplaude, ríe, se conecta con algo que es tan grande como el mundo y tan hondo como el alma.
Eso es el arte. Esa es la belleza que queda en este mundo.
el resto es silencio.



