Opinión
1 de Mayo de 2026
Crítica a la película “El diablo se viste a la moda 2”: Una que más sabe por vieja
Por Cristián Briones
Miranda Priestley regresa dos décadas después: la esperada secuela de "El diablo se viste a la moda" ya aterrizó en salas chilenas. Y aunque el mundo de la moda y de los medios ha cambiado, o se pierda algo de trama con nuevos villanos, la cinta funciona. "Al parecer, estar a la moda no pasa de moda. Aunque puede que este vestido no esté destinado a ser un clásico y se quede relegado a una sola temporada", escribe el crítico Cristián Briones.
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Cuando se estrenó “El Diablo Viste a la Moda” allá en el 2006, se convirtió de forma bastante veloz en una de aquellas películas icónicas. Más allá del retrato de un entorno laboral tóxico, su mayor gracia estuvo en el exquisito funcionamiento de sus estrellas: una gigante consagrada que fue capaz de interpretar a una jefa cruel y despectiva sin perder un ápice de la elegancia requerida por el rol; un siempre excelente escudero; y dos actrices en ascenso que probaron en estas dos décadas que mucho tenían que decir.
Los años le dieron a la película carácter y alguna mala lectura, pero en lo esencial, la convirtieron en un referente. Un artefacto que permitía atisbar la moda como industria creativa y la persecución de una cierta integridad que sólo existe en la ficción, porque, cómo brindaba su protagonista, en la realidad sí hay que pagar el arriendo. Una curiosa mezcla de respeto por ese oficio del diseño y revisión de aquel nivel de toxicidad del que hay que huir.
La idea de hacer una secuela sólo pudo estar en la mente de un ejecutivo revisando sus añejas inversiones y viendo si podía hacerlas rentar de nuevo.
Y sin embargo, funciona. Increíblemente, juntar a todos los involucrados en una aparente persecución nostálgica, resultó en algo más que una película satisfactoria. Poco más, pero algo más. Al parecer, estar a la moda no pasa de moda. Aunque puede que este vestido no esté destinado a ser un clásico y se quede relegado a una sola temporada.
Y es que en un nivel, “El Diablo Viste a la Moda 2“pareciera escrita por la mismísima Andy Sachs, el impecable personaje de Anne Hathaway. Lo cual es casi una figura literaria en sí misma, ya que la novela en que está basada la primera película, efectivamente la escribió “una Emily”. Una periodista que decidió entregarse a su oficio al final de la primera película, ganándose el efímero respeto de su déspota jefa, la editora de la ficticia revista Runway, Miranda Priestly, el extraordinario símil de Anna Wintour que construyera Meryl Streep. Y acá yace uno de los problemas del estreno de esta semana. Y es que esa mezcla de fascinación y respeto por el mundo de la moda y la toxiquísima figura de su desdeñosa editora, le quita la necesaria crueldad al diablo. Y sí, ese ensañamiento, ese ceño y labios fruncidos, esas miradas con los lentes tomados, fueron clave en el 2006 y sus atisbos son exquisitos el 2026, pero escasos. Esa admiración hizo que la historia fuera conducida hacia otros villanos en común, a esos en lo todavía más alto en la pirámide, unos sin gusto alguno.
Obviamente la película no está escrita por ella, el equipo original de la guionista Aline Brosh McKenna y el director David Frankel regresan con el mismo ímpetu que las estrellas, pero esta vez toman una decisión que ni siquiera pasó cerca de ese largometraje hace 20 años: tener un tema y un discurso. Y “El Diablo Viste a la Moda 2” adolece de esas dos décadas y de ese enfoque. Para bien y para menos bien, no estoy seguro de ocupar mal en una película que es capaz de funcionar en casi todas sus formas, a pesar de cualquier limitación autoimpuesta. Son 20 años en que las industrias cambiaron. La editorial, el periodismo, el cine, la forma de consumo de todas las industrias artísticas, etc. Y por mucho que todos los protagonistas parecieran estar en el mismo lugar, no lo están. Y esta película es sumamente evidente al poner aquello en pantalla.
Andy es una periodista íntegra en un mundo en dónde los medios y su profesión agonizan; y a la vez, tiene muy claro cómo funciona el despiadado sistema allá afuera.
Emily (Emily Blunt) es una eficiente arribista encaramada en el único lugar en donde la moda sigue generando dividendos. Miranda es el diablo con sus cuernos limados por el departamento de recursos humanos; y a la vez es alguien que sabe que es pesada la cabeza de quien lleva la corona, está consciente de casi todo aquello que se perdió en el camino. Nigel (Stanley Tucci) sigue siendo el fiel hidalgo atento a los pormenores, aunque acumula las cicatrices de todas las batallas dadas en nombre de alguien más. Y el mundo también cambió. Demasiado. Y ahí es donde Frankel decidió hincar los colmillos. Unos un tanto romos, pero la intención está. Es evidente, quizás demasiado. Incluso disonante. La persecución temática tiñe un tanto las telas de la narración, que cuando más destaca es cuando más es aquello en lo que tanto brilló la primera parte, el glamour exquisitamente bien puesto en una estética a la altura. Una picardía que pocas veces logra encontrarse con la consigna enarbolada.
Pero Frankel y compañía quieren hablar sobre la obsolescencia de la industria artística en un mundo en donde la parte superior de la pirámide sólo piensa en cómo sacarle hasta el último centavo y estrujar cada una de las inversiones, sin tener preocupación alguna por aquello que producen o la gente que la crea. Todos liderados por petulantes sin la distinción requerida. No es gratuito que el conflicto principal, que muy lamentablemente viene ya bastante avanzada la película, tenga que ver con la desaparición de una vieja guardia de magnates que respetaba a sus creativos, porque sabía que la quintaesencia, la magia, el je ne sais quoi, sólo podía obtenerse con ellos. Les respetaba y admiraba. Hoy tenemos a los barones de la tecnología y a los herederos. Gente que aunque contrate asesores de estilo, hay un límite que no va a romper, ni parece interesarle. “El Diablo Viste a la Moda 2” arremete contra ellos. Y en esa carga, se mezclan diablos y noblezas ganadas. Esos extraños compañeros de cama que causan las guerras.
Andy no es, ni será nunca, Miranda. Otra conversación en un auto, reflejo de aquel magnífico remate de la original, está de nuevo ahí para establecerlo. Pero es momento de un final feliz. Uno dado por el mecenazgo hacia las artes por esos escasos en la cima que aún persiguen el tan esquivo “buen gusto”. Y por los pactos, que no los compromisos, necesarios para la supervivencia.
Pero los cineastas son tan insistentes en instalar eso, que quizás la parte obsoleta es justamente el tratar de decir algo. Vivimos en tiempos en que la industria artística está siendo relegada al mero entretenimiento, como cada párrafo que esquiva la apreciación se toma siempre la molestia de recalcar: “¡Yo vine a pasar un buen rato, no a pensar”! Pero no se le puede pedir a los músicos del Titanic que no toquen afinado. Y eso es lo que intentan todos acá.
Al final, todo se reduce al tratar de poner algo en la pasarela que dure más que sólo esta temporada. Que trascienda. “El Diablo Viste a la Moda” lo consiguió. Se quedó en la retina e hizo todo el largo recorrido para convertirse en un referente en estas últimas dos décadas. Habrá que esperar si lo satisfactoria de ver, interesante de apreciar, y lo muy bien que vuelven a encarnar los personajes en esta secuela, basta para que pase de la temporada.



