Opinión
24 de Enero de 2026
Ni adorno, ni trinchera: por qué el Ministerio de la Mujer importa
Por Isabel Plant
La elección de una política del Partido Social Cristiano para el Ministerio de la Mujer ha sido visto por muchos como una afrenta moral del futuro gobierno de José Antonio Kast. Judith Marín tiene ahora, entonces, un enorme desafío. El Ministerio de la Mujer existe porque la desigualdad no se corrige sola y porque, una y otra vez, las mujeres han tenido que recordarle al Estado sus desigualdades. La próxima ministra tiene hoy la oportunidad —y la responsabilidad— de priorizar a quienes más necesitan que el Estado funcione y responda, por encima de convicciones personales. Porque al final, y pese a todo, la consigna sigue siendo la misma: no por algunas, no por las que piensan igual, sino por todas mis compañeras, escribe la columnista.
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Directo al grano: por supuesto que el ideal sería no necesitar un Ministerio de la Mujer, ni un Día de la Mujer. Pero ya que la ONU calcula que, de no acelerar el tranco, la igualdad de género se alcanzaría entre 131 a 300 años más o menos, podemos decir que tener organismos y conmemoraciones y reivindicaciones de toda índole que buscan trabajar en el tema, bueno, qué bien.
Lo puedo decir más fuerte por si los de atrás no me escucharon: necesitamos seguir trabajando -y qué cansancio, pero peleando- por más igualdad. Quizás hasta cuándo. Y que haya un espacio estatal de la más alta importancia, es fundamental.
Ahora, que la recién nombrada futura Ministra de la Mujer, Judith Marín, no haya creído en algún momento la necesidad obvia de la institución, no es necesariamente razón para que no pueda ejercer el liderazgo.
Podría, claro, hacer un “irinazo” y habitar el cargo para luego hacerlo implosionar desde dentro. O, ya que cuando fue entrevistada al respecto hace unos meses, habló de la posibilidad de “reenfocarlo y darle la utilidad que debe tener”, puede que una vez que se siente en el escritorio de ministra, en marzo próximo, fije ella misma cuáles serán estas “utilidades”.
Ahora, según sus intervenciones públicas anteriores, quizás el utilitarismo que le vea Marín al ministerio choque con el de los avances feministas; pero ella misma fue a X a recibir las felicitaciones de la ministra Orellana (nuestra República, siempre sólida), diciendo que “trabajaremos por todas las mujeres de Chile, incluyendo todos los logros y avances que hemos tenido”.
La misma ministra Orellana mandó un mensaje en el chat del Comité Central del Frente Amplio, clarificando que el pertenecer a un credo, no le impide nada a Judith Marín, quien es parte del Partido Social Cristiano y desde muy joven ha hecho activismo como evangélica. “Es un error señalar su fe cristiana como un problema de base. En nuestro partido también hay personas de la misma fe, y de otras. Estado laico no es lo mismo que exigir una sociedad atea”, escribió la ministra actual, además de destacar la carrera como concejala de su sucesora.
Y Orellana tiene razón: si el feminismo progresista se trata de apropiar de los avances de género como solo posibles de un sector, se acaba el avance. Es por mí y por todas mis compañeras.
Lo puedo repetir más fuera si no me escuchan las de atrás: por todas, todas mis compañeras.
Marín, como ella misma destaca, estudió en La Pintana y creció en Puente Alto, y fue concejala por San Ramón. El ideal sería, entonces, que use todo ese conocimiento de las chilenas, las que más necesitan el apoyo de un movimiento que las proteja de la violencia, de la falta de oportunidades y el desempleo, para hacer avanzar proyectos que administración tras administración, no se logran destrabar.
Desde la ley de Sala Cuna, que sigue ahí, atrapada en debates de lado y lado mientras las chilenas dejan de tener hijos, en parte por los problemas de cuidado. O a mí, en lo personal, me haría también profundamente feliz la esperadísima actualización de la sociedad conyugal, una de mis obsesiones, donde desde 1855 se estableció que el hombre administra los bienes del matrimonio. Francamente. No creo que ambas deudas, que han sido empujadas por gobiernos de izquierda y derecha, tengan ni sector político, ni credo, ni sean mal vistas por la fe que sea.
En 1988, fue un grupo de mujeres que había peleado por el retorno de la democracia -por su propia vereda y empuje, ya que los hombres de ese momento no les dejaban el espacio- las que urgieron por la necesidad de una cancha más igualitaria en un país democrático y una institucionalidad acorde, en el documento histórico “Demandas de las mujeres a la democracia”. Luego vino la creación del Sernam, en 1991, por Patricio Aylwin, y luego del ministerio de la Mujer en 2015, en el segundo mandato de Michelle Bachelet.
El Presidente Boric, por supuesto, dio un paso más al integrarlo al comité político, presente en las reuniones del corazón de La Moneda; pero también sabemos que eso no aseguró que para momentos fundamentales eso no quedara solo en un arreglo ornamental, como para el Caso Monsalve.
Pero las cosas no son en blanco y negro. Hemos tenido todo tipo de ministras, con todo tipo de urgencias propias de su alma política. Hay dos cosas importantes con Marín: primero, que su legítima libertad de credo no tropiece con la honra y respeto a todas las personas, y que lidere con las necesidades del cargo como prioridad, antes que las de su fe. Es un entramado complejo, porque en el caso de su partido político, el trabajo público se organiza desde justamente sus creencias religiosas.
Es decir, yo estoy completamente en desacuerdo con lo que pareciera ser su visión de la homosexualidad, probablemente estamos en veredas contrarias respecto al aborto, pero prometo respetarla, mientras ella también erradique de su vocabulario palabras que se repiten en su sector, como “feminazi” o “feminismo ultra”.
Se ha pedido desde su vereda sororidad; estamos expectantes a ver si ella también está dispuesta a ejercerla.
El segundo punto de vital importancia ahora, es que el ministerio, como símbolo, no se pierda (como pasó en Argentina con Milei). Como faro. Como espacio para ir, una vez más, a nuevas batallas. Su peor destino podría ser convertirse en un cascarón falso para promesas de igualdad que nunca se cumplen, o ser totalmente secuestrado por veredas políticas extremas. No ha ocurrido hasta ahora, siendo que han pasado por su liderazgo dos mujeres de la UDI, una de RN, una comunista -que inauguró, de hecho, la oficina-, y, hoy, una frenteamplista.
Supongo que eso da una certeza: cuando las mujeres se sientan a escuchar los dolores de las otras, inmediatamente buscan solucionarlos. Dan lo mismo los colores políticos. Es el desafío de Marín, por sobre todos los otros, estar a la altura.



