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6 de Marzo de 2026Emilia García, directora de estudios de IdeaPaís: “El feminismo de este gobierno ha estado muy desconectado de la experiencia cotidiana de las mujeres”
La socióloga plantea que es necesario que la derecha se abra espacio en temas de feminismo, centrados en la maternidad, los cuidados y la corresponsabilidad. En esta entrevista, cuestiona el rumbo del movimiento feminista en los últimos años. Critica lo que denomina un enfoque “identitario” predominante y asegura que las políticas de género del gobierno actual estuvieron al debe.
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Desde que estudiaba sociología en la Universidad Católica Emilia García se ha sentido cercana a temas de feminismo. En la casa de estudios participó del movimiento político Solidaridad, y desde allí le tocó vivir de cerca lo que fueron las tomas, paros y movilizaciones por el mayo feminista de 2018.
La directora de estudios de IdeaPaís comenta que incluso desde entonces, ella ya pensaba que “la derecha cometió el error de callar frente a desigualdades que eran reales, que sufrían las mujeres y sufren hasta el día de hoy”.
Así, luego García trabajó asesorando sobre estos temas en el Ministerio de la Mujer, el último año del gobierno de Sebastián Piñera, para luego ingresar a IdeaPaís como investigadora y dedicarse a temas de feminismo.
—¿Cómo se compatibiliza ser de derecha con ser feminista?
—Yo partiría haciendo una distinción. Es un error hablar del feminismo. Hay varios feminismos y lo que hemos visto con más fuerza en los últimos años, desde el 2018, pasando por este gobierno, hasta el movimiento feminista propiamente tal, es solo una de esas expresiones y que sería una expresión más identitaria o progresista.
Karen Offen, por ejemplo, dice que en los inicios del feminismo había un denominado feminismo relacional que defendía la importancia de los vínculos primarios de interdependencia y el apoyo social que eso significa, y por otro lado, decía ella, existía un feminismo de la libertad o más individualista que priorizaba más la autonomía individual, promovía más la participación de las mujeres en ciertos espacios en el mercado o en distintas actividades productivas.
Esas dos perspectivas, una más crítica de la maternidad y otra que reconocía mejor su potencial de realización, siempre coexistieron y competían entre ellas, pero con la llegada de la segunda ola, con la revolución sexual en los años 60, la libertad o la individualista se impuso por sobre la relacional. Eso provocó que la maternidad quedara relegada a un segundo plano, a un espacio privado, y perdió un lugar central en los debates y reivindicaciones del movimiento. Esa es una de mis grandes críticas al feminismo que vemos actualmente, que no ha sabido conectar con la mayoría de las mujeres, que los sufrimientos que tienen están casi todos atravesados por el hecho de ser madres.
—Entonces, plantea que es posible ser feminista y de derecha, pero con este enfoque hacia la maternidad.
—De todas maneras, no solo porque existen distintos tipos de feminismo, sino que precisamente porque la adhesión al feminismo identitario, progresista, que es el que vemos más influyente, ha ido decayendo en los últimos años. Hay un espacio muy grande para la derecha y para los otros tipos de feminismo de presentar una alternativa real y concreta frente a desigualdades y problemas reales que sufren las mujeres hoy en día. Eso no significa dar la guerra cultural invertida, sino que significa políticas y prioridades claras en violencia, en corresponsabilidad efectiva, en apoyo a la maternidad y al cuidado, en empleo, en el apoyo al embarazo vulnerable. Si efectivamente vamos a estar en contra del aborto, entonces, ¿Cuál va a ser la política de apoyo al embarazo vulnerable? Porque efectivamente las mujeres que se encuentran en esa situación están en una posición imposible. Si no queremos que la respuesta sea el aborto, entonces ahí una respuesta dentro del feminismo sería un apoyo robusto y serio al embarazo vulnerable.
—¿Y cómo se podría apoyar el embarazo vulnerable?
—Hay una fundación, Chile Unido, que al igual que otras fundaciones en el mundo acompañan a mujeres que tienen embarazos no deseados, y las tasas de arrepentimiento del deseo de abortar son sobre el 80%. Es bien lindo, porque uno se da cuenta que en realidad detrás de la mayoría de las mujeres que buscan abortar está el hecho de la falta de redes, de que la pareja no existe, la falta de independencia o autonomía económica. Y cuando uno les da una respuesta a esos problemas que son reales y concretos, la gran mayoría de las mujeres decide no abortar.
—¿El desafío de la derecha ahora sería apoyar ese tipo de iniciativas y ligarse más a temas de feminismo?
—Sí, de todas maneras. Hay una oportunidad para poner temas en el centro que se han dejado fuera. El feminismo de este gobierno, que ha sido muy influyente en la discusión pública, ha estado muy desconectado de la experiencia cotidiana de la mayoría de las mujeres y creo que esa desconexión se nota en dos puntos. El primero, la maternidad y los cuidados. Este feminismo más identitario ha tendido a tratar la maternidad como un asunto meramente privado, donde cada mujer resuelve sola si es que quiere o no traer hijos al mundo, o como un símbolo de dominación del que habría que emanciparse. Y con eso se deja fuera una dimensión central de la experiencia femenina porque buena parte de los desafíos de las mujeres actualmente están atravesados por su condición materna, y el movimiento feminista rara vez ha transformado esto en una bandera central. Por eso creo que el feminismo ha perdido el contacto con la experiencia real de muchas mujeres chilenas.
Y el segundo punto es el registro que se utiliza. Cuando el discurso se arma desde la enemistad, desde la sospecha permanente hacia los hombres, se genera un antagonismo que al final termina perjudicando más a las propias mujeres que beneficiarlas. Porque entre otras cosas bloquea la misma cooperación, alimenta el péndulo hacia la otra dirección y por eso no es de extrañar que hoy en día veamos manifestaciones tradicionalistas o neoconservadoras que quieren volver hacia un pasado donde la mujer no tenía derechos civiles o políticos. No estoy tratando de justificar esas manifestaciones, solamente digo que el registro que el tono que se ha utilizado por cierto feminismo ha generado la enemistad entre sexos y eso a la larga termina por perjudicar aún más a la mujer porque queda aún más sola. Y también es francamente injusto con una gran cantidad de hombres que no son como ese feminismo los plantea.

—Ya se ha hablado que va a cambiar probablemente la forma en que se manifiesta de nuevo el movimiento feminista de lo que fue el gobierno actual. ¿Cómo cree que va a transformarse la ola feminista?
—Ese feminismo terminó hablándole a un segmento muy acotado y no a la gran mayoría de las mujeres. Y entre dejar de lado la experiencia de la maternidad y esta enemistad entre hombres y mujeres, creo que ha llevado a que hoy en día ese tipo de feminismo no genere adhesión o cada vez menos adhesión.
Respecto a la ola feminista, lo miraría con una lógica más amplia y más parecida a cómo se han comportado los movimientos sociales en los últimos años. En el gobierno de Boric, más allá del relato, no hubo una gran movilización sostenida y en particular el movimiento feminista estuvo sorprendentemente callado, incluso frente a episodios que en otros tiempos habrían generado una presión pública enorme. Y ahí me estoy refiriendo al caso Monsalve.
Eso demuestra que las olas o manifestaciones no dependen solo de la justicia de una causa, sino que también dependen del contexto, de la oposición, de los incentivos políticos, pero también de la coherencia. Y si algo creo que nos enseña la historia reciente de nuestro país es que la paz social o la gobernabilidad no sólo dependen del gobierno de turno sino que también depende de la conducta de la oposición y de cuánto se tolera o se incentivan las manifestaciones, ya sean pacíficas o violentas. Hoy no sabemos y nunca vamos a saber por qué no vimos ninguna de esas manifestaciones pacíficas o violentas, pero sí sabemos que las oposiciones actuales no las incitaron como recurso. Por eso a mí me cuesta comprar esta lectura triunfalista de gobernabilidad como mérito de este gobierno.
Ahora, espero que el gobierno entrante dé por hecho que habrá movilizaciones y que se prepare para aquello. Si hubiera manifestaciones feministas no creo que serían exactamente iguales que las que hubo en el 2018, creo que serían reacciones a medidas o discursos concretos y ahí lo interesante va a ser ver si esa movilización se vuelve transversal políticamente o si se vuelve a capturar por una agenda más identitaria.
—En esa línea, ¿qué desafíos concretos tiene en particular Judith Marín, a quien además ya se le ha criticado por su carácter conservador?
—En términos de agenda, el apoyo a la maternidad, a los cuidados, la prevención de la violencia, la corresponsabilidad. Creo que son agendas no solamente compatibles con un discurso de derecha sino que profundamente coherentes con un ideario hasta conservador.
Respecto de la ministra entrante, creo que toda persona tiene derecho a demostrar gestión, llevar su propia agenda y construir puentes. En ese sentido, es un error y poco prudente prejuzgar a alguien que aún no asume ninguna gestión. Dicho eso, sí veo el riesgo de que la agenda mujer se instale ahora como batalla cultural desde la derecha, repitiendo el mismo error del gobierno saliente, pero con el signo contrario. Y eso creo que sería un gran error.
—Respecto al tema de la agenda valórica, José Antonio Kast ha dicho que no iba a ser una prioridad en su gobierno. ¿Es un acierto eso?
—El proyecto republicano ha mutado mucho desde su origen y pienso que el denominado gobierno de emergencia también responde a una estrategia del mundo republicano por obtener mayorías para así poder gobernar. Todos sabemos que para llegar a La Moneda uno necesita que la mitad de los votantes voten por ti y para eso era necesario también ampliar un poco más el discurso o dejar ciertos temas fuera.
—¿Y respecto al enfoque de género cuál es su postura? Porque el gobierno actual impulsó mucho que en distintas ramas se usara enfoque de género al momento de hablar de políticas públicas.
—El enfoque de género en su sentido más básico es simplemente considerar el contexto y la realidad. Mirar la situación concreta de una persona cuando diseñamos una política o evaluamos un caso (…). El problema, creo yo, es cuando el enfoque de género se vuelve un eslogan y se estira hasta el absurdo. Cuando se ocupa como etiqueta para vender o para anunciar medidas básicas, inflar anuncios que no agregan ninguna sustancia. Ese abuso ha terminado dañando el concepto, porque la gente, con justa razón, deja de verlo como una herramienta razonable y empieza a verlo como una imposición ideológica.
—Si tuviera que evaluar lo que fue la gestión de este gobierno respecto de temas de mujer, ¿hay algún logro que destaque? Y también en qué cree que se está al debe.
—Mi evaluación es que el feminismo del gobierno fue más retórico que estructural. En su inicio el gobierno se autoimpuso un marco que a mi juicio era muy ambicioso, que era ser un gobierno feminista. Pero ese marco, creo yo, nunca terminó de despegar o nunca fue una orientación realmente estructurante. Ahí hay un indicador bien concreto y es que aún estando cuatro años en el comité político, la ministra (Antonia) Orellana no logró convertirse en un actor con peso sostenido cuando el gobierno tuvo que definir sus prioridades. De hecho, cuando la agenda se reordenó hacia la seguridad y la economía, el ministerio quedó fuera de la conversación central y nunca logró un giro propio para leer esos temas desde una perspectiva feminista.
Ahora, también sería injusto negar avances concretos, pero es importante distinguir. Uno puede reconocer medidas que beneficiaron a las mujeres y al mismo tiempo sostener que el feminismo como identidad de gobierno fue más marketing que conducción (…). Obviando lo que ya he dicho, en el fondo, la parte de la maternidad y el cuidado, la corresponsabilidad, creo que todavía está pendiente un giro más cultural y político de dejar de exigir que la mujer lo haga todo, que trabaje como hombre y que críe como si tuviera una red de apoyo enorme y empezar a construir un modelo que involucre más a los padres en la crianza. Un discurso que valorice el rol de la paternidad, que valorice la importancia que tiene no solamente para el hijo, sino que también para la pareja, para ellos mismos, sí tienen un rol que cumplir en esta agenda de equidad de género.
—¿El feminismo es exclusivamente de las mujeres o los hombres también pueden ser feministas?
—Yo creo que sí, creo que un hombre sí puede ser feminista. Nunca he creído en los espacios separatistas que hacían, por ejemplo, en la universidad. Quizás voy a ser un poco polémica, pero obviando que el feminismo ha logrado avances reales, también es cierto que parte del discurso público ha tendido a patologizar lo masculino. Usamos mucho el concepto de masculinidad tóxica y no proponemos ningún camino alternativo. Y eso no solamente es injusto con muchos hombres sino que es políticamente torpe, porque como decía anteriormente genera resistencia, más polarización, y creo que ahí la derecha, el gobierno entrante o las otras alternativas de feminismo tienen mucho que proponer en reinventar el rol de los hombres promoviendo una paternidad con sentido. Trabajos que sean compatibles con la vida familiar, permisos parentales para los hombres que estén bien diseñados, corresponsabilidad afectiva, una serie de medidas que apunten a la otra mitad de la sociedad de la que nunca hablamos.



