Entrevista al dueño del mítico Bar de René y sus 30 años de historia: “Creo que somos el mejor bar de Santiago”
Bar de René cumple tres décadas con un concierto en el Caupolicán junto a las bandas que forjaron su identidad en Barrio Italia. El espacio se ha consolidado como una rareza: en un mismo recorrido conviven terraza, shows en vivo, vinilos, piscolas generosas y hasta una discotheque propia —Eléctrico—, configurando una experiencia que mezcla música, comunidad y una forma distinta de carretear, que incluso incluye pan con mortadela de bajón. Aquí, su dueño habla de los inicios en el 96, de la amistad con el rock, la cocina y la ética que rigen en uno de los locales más emblemáticos -y rockeros- de la noche santiaguina.
Por Felipe Betancour 19 de Abril de 2026
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Son la una de la tarde y el Bar de René abre sus persianas. De día, el lugar se siente distinto. Cuesta reconocerlo.
Un grupo de trabajadores mopea la pista de baile y limpia los baños. Otros almuerzan en una mesa frente a la barra principal. René González come con ellos en un plato hondo, junto a su padre y su hermana, con quienes administra el local.
En el salón interior —hoy habilitado para fumadores— entra la luz del sol. Aunque no lo parezca, ese espacio que alguna vez fue un galpón es en realidad una terraza. Las sillas están boca abajo sobre las mesas. El ambiente es tranquilo, casi hogareño.
De noche, en cambio, el bar se desordena: suena rock en vinilo, corren las piscolas —de las más generosas de Santiago— y todo empieza a alterar los sentidos.
Al terminar de comer, René González se sienta a conversar sobre las tres décadas del local. Habla con calma. No parece el prototipo del rockero enojón o inabordable; más bien, sus palabras tienden a la conciliación.
Así ocurre cuando recuerda los inicios, cuando el lugar funcionaba como una fuente de soda que ofrecía almuerzos clásicos chilenos a los vecinos del sector; también cuando cuenta cómo decidió abrir de noche para los estudiantes de la UNIACC, o cuando empezó a invitar a las primeras bandas que circularon por el bar. Incluso es conciliador frente a las críticas —de quienes dicen que su local ya no es tan rockero o que se volvió más “ñuñoíno”—.
Hoy, a 30 años de su apertura, este recorrido tendrá un hito fuera de sus propias paredes: un concierto en el Teatro Caupolicán, el próximo 5 de junio, que busca reunir a varias de las bandas que han pasado por su escenario. Kuervos del Sur, Yahaira, Rama, Estoy Bien y Angelo Pierattini —quien en 2013 realizó el primer show en vivo en la historia del local— serán parte de la jornada.
–¿Qué significa para ustedes cumplir 30 años?
–30 años es un montón de tiempo, que ninguno ni se imagina qué iba a suceder en realidad. Hace mucho rato el bar superó cualquier sueño o expectativa que había tenido y, es más, como que siento que lo guío nomás. Y cada vez más. No puedo meter lo que pasa en el bar en una bolsa y venderlo, regalarlo o llevármelo. Es algo que sucede aquí.
–¿Qué es?
–Es un producto colectivo de la gente que viene, que construye ese aire extraño que nos hace querer estar siempre acá. Yo mismo, ¿cachai? Yo vengo porque quiero estar aquí. Cuando no vengo es porque no puedo venir. No es porque no quiera venir. Entonces eso que sucede de una forma tan orgánica y llegar a los 30 años es una hueá impensada del año 96 que abrimos.
–¿Cómo era el Bar de René el año 96?
–Era una fuente de soda, un restaurante de comida casera. Se atendía hasta las doce de la noche: vendíamos cervezas de litro, cañas de vino, piscola y comida casera hecha por mi abuela.
—¿Y el espacio?
–Era la mitad de lo que es ahora; en el fondo, todo esto es nuevo. Al principio eran mesas fijas, como las de esas fuentes antiguas.
—¿En qué estabas tú cuando tu papá abrió el local?
–Estaba estudiando. Había terminado una carrera y quería estudiar otra, porque quería crecer. Entonces mi papá me invita al proyecto de trabajar juntos acá, y me vine. De pronto, me puse a cargo de la barra. Yo siempre había renegado mucho de ser comerciante, porque había vivido los vaivenes de la historia de mis papás, de su vida como comerciantes, que tiene esa inestabilidad, ¿cachai? Yo decía: no, yo quiero algo estable, que a fin de mes me paguen, y yo decidir cómo gasto la plata, y listo.
Pero la verdad es que cuando me conecto con la barra y empiezo a mirar, todo comienza a fluir de una forma muy natural. Y digo: guau, esta es la oportunidad que tengo; me voy a agarrar de esto, no la voy a dejar pasar nunca más.
—Hay algo difícil de explicar en el bar: esa mezcla entre cocina bien chilena, piscolas y ambiente. Como una identidad muy propia. ¿Tú crees que eso tiene que ver con por qué muchos lo consideran uno de los mejores bares de Santiago?
—Yo creo que tiene que ver con la honestidad. Ahora, que yo crea que es el mejor bar de Santiago no significa que exista una competencia. Yo no creo en la competencia, ¿cachai? Al contrario, hoy día trabajo más para que haya más espacios, porque me parece más interesante desde el desarrollo musical y cultural, que es algo que venimos empujando hace tiempo y que el bar también permite apoyar.
Yo lo he visto muchas veces: gente que viene, lo vive, se va y después vuelve. Se genera una identidad muy fuerte entre la persona y el lugar. Y eso pasa porque es un espacio que se ha construido de manera muy orgánica. Yo creo que eso es lo que lo hace tan particular. Y, en ese sentido, por eso creo que es el mejor de Santiago.

De Fuente de Soda al Bar de René
Ese año, 96, el local tomó relevancia en el sector por la cazuela, el pescado frito y el pollo al horno de la matriarca. No era de carrete aún, era un lugar de barrio. Eso se mantuvo hasta 1999, cuando René hijo, junto a Pablo, decidió darle un giro al local. Mientras estudiaba, se aburrió de los paros universitarios y optó por dedicarse a fondo al negocio. Eso sí, con un proyecto de bar nocturno y un contrato que, en principio, firmó con su padre por dos años.
El primer éxito del bar vino de la mano de la incipiente UNIACC. La universidad privada abrió su facultad en Barrio Italia, sumando un aire juvenil y fresco a unas cuadras históricamente asociadas a los talleres mecánicos y con poca vida nocturna. René define esa época del barrio como el patio trasero de Providencia, donde vivía la gente que trabajaba para la clase más alta de la comuna. Cuando comenzaron a abrir de noche, eran la única luz encendida en calle Santa Isabel.

“Esa riqueza que tenía el barrio empezó a mezclarse con estos cabros que venían de barrio alto a meterse a la UNIACC, y con toda esa locura, esos colores y esa libertad que implicaba estudiar comunicaciones”, dice René sobre el origen del bar como se conoce ahora.
“Entonces, esa mezcla, y el hecho de empezar a habitar el lugar —llegar acá después de clases o entre medio de ellas— empezó a producir un pequeño colchón que fue germinando, ¿cachai?, hasta que llegaron los músicos y ahí como que se armó más”, agrega.
La llegada de los músicos al bar fue el inicio de una relación innegable entre el local y la música chilena. Una relación que, como casi todo en la historia del bar, comenzó de manera “orgánica”, como le gusta definirla a René.
Fue Héctor “Piri” Latapiat quien se acercó a la barra en una noche de carrete y le dijo a René que pusiera un disco que tenía en la mano. Al dueño del local no le tincó, porque la carátula era metalera y no tenía ganas de escuchar eso, así que le preguntó si era músico. Piri respondió que sí. “Perfecto”, le dijo el dueño del bar, “a la otra trae el álbum de tu banda y yo lo reproduzco”.
Tres días después volvió con el trabajo de Yahaira, uno de los primeros álbumes de la escena contemporánea que sonó en el bar. Junto a la banda de rock pesado, otros grupos locales fueron apareciendo y forjando amistad con el local: Weichafe, Hielo Negro, Kuervos del Sur o los Fiskales Ad-hok, son parte de la historia más íntima de René.
“Me he ido haciendo amigo de ellos también, y creo que ha habido una visión y un crecimiento en conjunto, en el sentido de querer que la escena crezca, de poder soñar con que un músico puede vivir de la música. Es una cuestión que suena muy lógica, pero que en la realidad es muy difícil, porque la gente no está muy acostumbrada a pagar entrada; muchos quieren todo gratis”, dice René sobre la relación del bar con la música en vivo
“Aquí en el bar, hace mucho tiempo, decidimos que no hay ningún show gratis: todo se paga. La gente tiene que entender por qué hay que pagar. En el fondo, el artista puede decir: “gano esta plata, y si me esfuerzo puedo ganar un poco más”, y empezar a pensar: “chuta, me alcanza para arrendar una pieza, me puedo ir de la casa”, y si le va bien, incluso arrendar un departamento, no sé, ¿cachai? Pensar en ser autosuficiente desde lo que te gusta hacer, desde tu profesión u oficio”, agrega.
La relación del Bar de René con la escena nacional, empezó a generar un mito en torno al bar. Se comenzó a forjar una identidad más dura, de metaleros y piscola, que hasta el día de hoy mantiene, por eso, para muchos el Bar de René quedé fuera del recorrido de bares capitalinos. Sin embargo, su dueño se encarga de desarmar ese mito.
“Pero eso dura hasta que cruzas el bar, po”, dice René. “Entras al bar y te das cuenta de que no es así. O sea, yo recibo frecuentemente —gracias a las chiquillas que vienen acá— comentarios como: “me siento en un lugar donde estoy muy segura”. O sea, aquí si le pasa algo a una mujer, saltamos todos.
“El sábado trataron mal a una de mis trabajadoras: fue inmediato, afuera. No voy a aceptar que vengan a tratar mal a alguien aquí, menos a una mujer. Fuera. Si no entienden eso, no hay trato, ¿vale? Se acabó. Nosotros no transamos eso nunca; siempre hemos tenido esa formación orgánica”, agrega.
—En esa misma línea, se dice que el mundo del rock puede ser muy purista, incluso más que otros espacios, y que lugares como este ya no son “tan rockeros” como antes y que añora es más “ñuñoíno”. ¿Cómo respondes a esa crítica?
—Bueno, no somos ñuñoínos tampoco (risas). El rock es inclusión. El que no entiende que el rock es inclusión no sabe de lo que estamos hablando. Cuando abrimos, en el año 96, y después a fines de los 90 en la noche, este era el refugio de todos los distintos. Entonces, si alguien me viene a decir “no, es que ese distinto no cabe”, está equivocado: caben todos los distintos. Desde ahí venimos nosotros.
Tengo un amigo, el Mandinga, que no podía trabajar en ningún lugar porque tenía tatuajes; tenía que ir con camisa manga larga. Y hoy, por ejemplo, el Presidente que acaba de terminar también tiene tatuajes. Ese mundo se empezó a construir en esa época, y nosotros somos parte de ese proceso.

El anecdotario de René
René recuerda que “fue un momento histórico”: algo cambió en el ambiente del bar. Iba a entrar en vigencia la Ley de Tabaco y él pensaba: “¿Cómo, a las doce de la noche, ya no se va a poder fumar nunca más en espacios cerrados?”. Entonces avisaron a todos y, llegado el momento, se acabó: no se fuma más.
Y la gente, uno, dos, tres, dejó de fumar. “Ahí me encantó ver la educación cívica que tenemos los chilenos: entender y empezar a respetar al tiro”, dice. La medida hacía tanto sentido que, automáticamente, dejaron de fumar adentro. A las doce de la noche, se terminó.
Sacaron los ceniceros y nunca más nadie fumó, hasta que tuvo que hacer una obra ingenieril y de estudio de la ley para habilitar una terraza donde se hoy se puede fumar.
Otra historia que cuenta René va de la mano con el espíritu del bar.
La cosa es que una banda le pidió el bar para grabar un video. Como conocía al productor, accedió sin problema: no les cobró y les dio la mañana completa, con una condición clara: a las doce del día debían entregarle el local. Llegaron —eran extranjeros, alemanes, recuerda— y comenzaron a grabar en un ambiente relajado, todos contentos con el proceso.
Pero cuando llegó el mediodía, René fue firme: tenían que irse. Ellos pidieron un poco más de tiempo, incluso ofrecieron pagar lo que fuera para seguir grabando, pero él no cedió. A través de un intermediario —porque no hablaba inglés— les dejó claro que el acuerdo se respetaba: “Nosotros vamos a respetar al señor que viene todos los días a comerse su cazuela. Por la plata que tengai, no me vai a convencer”. Finalmente, se fueron, reafirmando una convicción que, dice, viene de su familia: poner a las personas por sobre el dinero.
En los inicios del bar, cuando apenas eran diez trabajadores —hoy son cerca de treinta—, René instauró una tradición que se mantiene hasta hoy: cerrar dos semanas en febrero, a pesar de los costos que implica. Esa cercanía con el equipo también se transformaba en una experiencia compartida fuera del trabajo, casi como unas vacaciones colectivas.
“Al principio cerrábamos una semana, después dos, y nos íbamos a Pan de Azúcar, Y no solo íbamos nosotros: también iban los clientes. Imagínate el bar completo, lleno de carpas en Pan de Azúcar, un carrete que no paraba nunca. Yo apagaba la radio y la prendían en otra carpa más allá, y después en otra”, dice de esas vacaciones.
La gastronomía de René
A los que aguantan hasta que se prenden las luces del bar de René, les espera una recompensa: hace años se instauró la tradición de dar pan con mortadela a los últimos clientes, para que no se vayan con la guata vacía después de la noche de carrete. El origen de este gesto se remonta a comienzos de los 2000, cuando la municipalidad empezó a exigir que se ofreciera comida a los clientes.
Así surgió una idea inesperada: hacer cabritas. Compró una máquina en Tenderini y comenzaron a regalarlas; al principio, fueron un éxito. Con el tiempo, eso sí, todos terminaron un poco aburridos, pero la fórmula funcionó durante años. Además, tenía una lógica clave: para cumplir con la normativa, la comida debía ser “elaborada”, es decir, pasar por calor. Y las cabritas cumplían perfectamente con ese requisito.
“Entonces, después de todo eso, volví a lo mismo y dije: un pan con chancho, como la torta de jamón del Chavo del Ocho. Ese era un poco mi rollo, ¿cachai? Un pancito simple. Además, en ese tiempo tenía una polola que había estudiado cocina y hacía un paté increíble, y yo no hallaba qué hacer con tanto paté”, cuenta René.
“Partimos con pan con paté, y al principio todos reclamaban: que la guagua estaba dura, que la nuez, que esto, que lo otro… puro reclamo. Entonces dije: ya, saquemos el paté. Y ahí empezó a quedar lo que es hoy: el pan con jamón, con mortadela. Y ahí hay mucha historia: la gente se lo toma, lo agradece y lo espera. Me parece genial, porque tiene algo especial: es el momento en que yo dejo de vender y tú dejas de comprar”.
—Otro de los hitos culturales y gastronómicos del Bar de René son, obviamente, las piscolas. Hay una idea de pisco generoso, de mantener cierta calidad, y también precios accesibles, en un contexto donde todo ha subido. ¿Cómo se sostiene ese equilibrio entre ser un bar “barato” y mantener ese estándar?
—Siempre hemos querido que venir acá no dependa de si tienes o no tienes plata. Por eso tratamos de mantener los precios lo más bajos posible. Nunca, por ejemplo, he querido sacar la cerveza de litro, aunque me lo han dicho muchas veces. También cuidamos la medida: recorro Santiago buscando el vaso de 350, que es el que usamos, y la cantidad de pisco tiene que ser generosa. Al final, es una relación de precio y calidad: si te tomas una piscola barata y mala, no la disfrutas; pero si es buena, aunque no sea cara, se entiende y se valora. Hay que buscar el equilibrio
—Y en la comida, también hay clásicos, como el churrasco marino.
—Sí, ese lo “robamos” de la caleta del norte en nuestras vacaciones. La cocina acá siempre ha tenido que ver con lo chileno, con el rescate de lo que hacía mi abuela, las cazuelas. Durante años dimos almuerzo, y cuando dejamos de hacerlo, quedó esa espina. Entonces, en esta transformación del bar, con una cocina más grande y más ambiciosa, empecé a pensar qué sumar. Y el churrasco marino, que siempre pruebo cuando voy a las caletas, apareció como algo natural para traer acá.
Las fiestas de René
Más allá de los shows en vivo, la música es protagonista durante toda la noche. Por ejemplo, lo que suena en las tardes y noches en René son vinilos; nunca se conecta un aparato digital. La razón es clara: su dueño busca respetar el trabajo y el valor del artista.
“Nosotros no tenemos nada que no sea original, solo vinilo desde hace hartos años. Entonces, siempre estamos comprando y buscando mucho”. Hoy son cerca de diez cajas de discos, a las que se suman otros que traen amigos para poner en el local.
Así también volvieron a activar Eléctrico, la discotheque del Bar de René, lo que suma otro atractivo al local. En un mismo día puedes sentarte en la terraza de Barrio Italia mientras cae la tarde, entrar a ver una banda en vivo, quedarte en el patio interior escuchando vinilos y, finalmente, ir a bailar a Eléctrico: una rareza total en un país donde reina estar encadenado a la mesa durante horas, y donde incluso para bailar al lado de una mesa las municipalidades exigen una patente especial.



