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Correo 27 de Abril de 2026

Carta a la directora: El precio del pan no lo fija La Moneda

Rodrigo Cornejo
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El carro del supermercado no miente. Eso es lo primero que hay que decir, y hay que decirlo sin rodeos: las familias chilenas enfrentan una presión real sobre su capacidad de compra, y ese malestar tiene consecuencias que van mucho más allá de la economía. El editorial de ayer de The Clinic lo describe con precisión: el ciclo es claro, cuando el costo de vida sube, primero cae la calidad de vida, luego la capacidad de proyectar, y finalmente aparece la desesperanza.

Pero hay una pregunta que ese diagnóstico deja abierta, y que importa enormemente para saber qué hacer al respecto: ¿de dónde vino el alza?

Un choque que no salió de Santiago

Entre 2021 y 2023, los precios de los alimentos subieron en todo el planeta de una forma que no tiene precedentes desde los años setenta. Incluso antes de la gcuerra en Ucrania, los precios de los alimentos ya estaban en niveles récord: en febrero de 2022 habían subido un 20% en un año según la FAO. La guerra los empujó otro 40% adicional en marzo. Los factores que lo explican son el COVID-19, la invasión rusa de Ucrania y las malas cosechas relacionadas con el cambio climático. 

El alza de los huevos y las carnes que describe el editorial —y que el 88% de los chilenos sintió en su bolsillo— no fue una anomalía local. La inflación de alimentos en Europa del Norte llegó al 11,9% en 2023, y en Europa del Oeste al 11,4% (Fuente: FAO). Países con instituciones distintas, gobiernos de todo signo político y bancos centrales independientes vivieron exactamente el mismo fenómeno. El economista jefe de la FAO lo resumió con claridad: el mundo “experimentó un aumento dramático en los precios de los alimentos impulsado por una combinación de choques globales sin precedentes.” 

Chile, como economía pequeña y abierta, recibe esos shocks. No los origina.

La memoria del dolor dura más que la inflación

Esto tiene una consecuencia importante para entender el presente. La inflación anual en Chile cayó al 2,4% en febrero de 2026, la más baja desde agosto de 2020. Los salarios reales llevan más de treinta meses consecutivos creciendo por encima de la inflación. Y sin embargo, la sensación de que “todo sube menos el ingreso” persiste con fuerza. Eso no es una contradicción: es un fenómeno bien documentado. Los shocks de precio dejan memoria larga en el presupuesto familiar. Cuando el kilo de carne subió un 40%, las familias reorganizaron sus hábitos, sus deudas y sus expectativas. Que el índice haya bajado después no borra ese reajuste.

El malestar que describe el editorial es auténtico. Su causa, sin embargo, es en gran medida exógena a cualquier decisión de política doméstica.

El problema que sí tiene dirección política

Donde sí hay una responsabilidad interna, y donde el debate público debería concentrarse, es en un problema más silencioso y más antiguo. El 20% de los hogares de menores ingresos registró en 2024 la inflación acumulada más alta entre todos los grupos: 4,57%, por encima del promedio nacional. Quienes menos tienen pagaron más inflación, porque su canasta está concentrada en exactamente los bienes que más subieron: alimentos básicos, energía, transporte.

Eso no es un accidente. Es el resultado de un diseño institucional donde los mecanismos de reajuste de salarios mínimos y transferencias sociales están calibrados sobre un índice de precios promedio que no representa la realidad de los hogares más pobres. Es una falla que precede a todos los gobiernos recientes, y que ninguno ha resuelto.

¿Y dónde está la esperanza?

El editorial termina su texto pidiendo que al debate técnico se le sumen la esperanza y la empatía. Eso es justo. Pero la esperanza más concreta que se puede ofrecer a las familias chilenas es también la más difícil: decirles que la causa principal de su apretón no fue la impericia de sus gobernantes, sino una tormenta global que golpeó a todos por igual, y que —como muestran los datos más recientes— ya está cediendo.

El punto ciego no está en La Moneda. Está en creer que el precio del pan lo fija un ministro de Hacienda, cuando lo fija en buena medida Ucrania, el petróleo y el clima. Entender eso no es excusar a nadie. Es el primer paso para exigir las políticas correctas: aquellas que protejan a los quintiles más vulnerables de los próximos shocks globales que, inevitablemente, van a volver.

Dónde puede estar la esperanza

La esperanza económica no vive en los titulares ni en los discursos. Vive en tres lugares concretos que los datos ya permiten señalar.

El primero es el salario real. Cuando los ingresos crecen sostenidamente por encima de la inflación, las familias recuperan terreno aunque los precios absolutos sigan siendo altos. Eso está ocurriendo en Chile hoy, silenciosamente, sin que el debate público lo registre con la misma intensidad que registró el alza. La recuperación del poder adquisitivo no es noticia, pero es real. El desafío es que llegue con la misma fuerza a los quintiles más bajos, donde la inflación fue más alta y los aumentos salariales, más lentos.

El segundo es la competencia en mercados de bienes esenciales. Una parte del alza de precios que vivieron las familias chilenas no se explica solo por shocks externos: también refleja estructuras de mercado poco competitivas en sectores como los alimentos procesados, el retail y la distribución. Cuando hay pocos actores con poder de fijación de precios, el shock global se transmite hacia arriba con rapidez y hacia abajo con lentitud. Fortalecer la competencia —con regulación efectiva, con entrada de nuevos actores, con transparencia de precios— es una política doméstica que sí está al alcance y que sí protege el bolsillo de las familias independientemente de lo que ocurra en Ucrania o en los mercados de commodities.El tercero, y quizás el más importante, es la construcción de amortiguadores para el próximo choque. Porque habrá otro. El cambio climático ya está alterando los patrones de producción agrícola global, y el conflicto en Medio Oriente ha vuelto a elevar los precios internacionales de los combustibles, añadiendo incertidumbre al escenario inflacionario para los próximos trimestres. La pregunta no es si Chile volverá a recibir un shock externo de precios, sino cuándo y con qué herramientas lo enfrenta. Un fondo de estabilización de precios para bienes de la canasta básica, transferencias directas activadas automáticamente cuando la inflación de alimentos supera cierto umbral, e indexación del salario mínimo a la inflación del quintil más pobre en lugar del IPC general: estas no son ideas nuevas, pero siguen sin implementarse con la seriedad que el problema exige.

*Rodrigo Cornejo es Periodista UC y estudiante del Magíster de Políticas Públicas U. de Chile.

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