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Felipe Figueroa

Ciudad

18 de Septiembre de 2025

Carlos Cordero, la historia del costurero que vende banderas hechas a mano en la feria de Bajos de Mena: “Me siento súper patriota”

En la feria de Bajos de Mena, uno de los barrios más estigmatizados de Chile, Carlos Cordero vende las banderas que cose en su casa desde hace años. En el Día de la Patria habla de un oficio que nace en su taller casero, con pedidos que compiten mano a mano con las banderas hechas en masa en China, casi al mismo precio, pero sin historia ni puntadas propias.

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Carlos Cordero Villalobos (60) creció rodeado de agujas, hilos y máquinas de coser. Su padre era zapatero, su madre costurera, y entre ambos llenaban la casa de telas, cueros y de puntadas. Antes de cumplir cinco años ya se metía a escondidas en la habitación de su madre para jugar con la vieja máquina de coser a pedales, esa asociada al cuento de La Bella Durmiente. Ella lo retaba una y otra vez, hasta que se dio por vencida.

A los siete años, finalmente, lo dejó usarla. Desde entonces, Carlos nunca dejó de considerarse costurero.

“Mi mamá hace un tiempo falleció, pero yo opté por seguir su huella. Mi mamá nos hacía la ropa y mi papá los zapatos, nosotros no teníamos problemas en ese sentido como algunos de los vecinos”, comenta Carlos Cordero quien está vestido con una camiseta de la selección estampada con el 9 de Eduardo Vargas.

Trabajó durante años con la máquina, aprendió a ajustar su ropa, a confeccionarse distintas prendas o incluso mochilas. En su barrio ningún otro hombre sabía lo que él había aprendido: “No era común que este trabajo lo hicieran los hombres”, reconoce Carlos con orgullo quien hoy es colero en la feria de Bajos de Mena, la población de Puente Alto que concentra a más de 140 mil habitantes en un mismo sector y que durante décadas ha sido retratada como uno de los lugares más pobres y peligrosos de Chile.

Esa fama, repetida en titulares y reportajes, terminó por marcar a fuego a sus vecinos, incluso cuando la feria de Bajos de Mena se transformó en uno de los polos comerciales más grandes y concurridos del sector sur de la Región Metropolitana. Y es precisamente allí donde Carlos Cordero hace patria vendiendo las banderas que confecciona en un pequeño taller instalado al lado de su cama matrimonial.

Comenzó comercializando solo banderas chilenas, pero poco a poco descubrió que a la gente le interesaba poder adquirirlas de distintos países. Hoy vende desde los $8.000 sus banderas de países tan variados como Corea del Sur, Turquía o Ucrania.

“Mira, tengo una cliente que me ha comprado dos de Turquía. Yo me preguntaba quién va a comprar una bandera de Turquía aquí, pero uno se sorprende. Quizás está la ascendencia. Entonces me piden nomás, yo le explico las medidas con las que trabajo nada más”, comenta.

El origen del colero que vende banderas

Como muchos de sus vecinos, Carlos trabajó toda su vida donde se le abriera una puerta. Ya adulto, dejó de lado la costura y pasó por distintos oficios: primero en la construcción, luego en la cocina. Fue allí donde encontró estabilidad: durante décadas se desempeñó como pastelero en los supermercados Unimarc, hasta que la pandemia lo dejó sin trabajo.

En su casa de Bajos de Mena —donde vive junto a su esposa desde los años noventa— se plantearon qué hacer. Ambos sabían coser, así que decidieron probar suerte confeccionando banderas chilenas. Las ofrecían a cinco mil pesos, prácticamente lo mismo que costaban las importadas de China hechas en serie. Para sorpresa de ambos, las suyas comenzaron a venderse bien. Tan bien, que pronto optaron por dedicarse de lleno a ese oficio. Los vecinos que se acercaban a su puesto en la feria Bajos de Mena empezaron a encargarle otras banderas: primero de Turquía, Uruguay o Venezuela; luego de Croacia, Alemania y varios países más.

“He hecho de muchos países y las hago todas yo”, cuenta Cordero. “Un templo evangélico me pidió banderas de Israel, y otros vecinos me encargaron la de Palestina. No discrimino. También hice las de Rusia y Ucrania, y las cuelgo juntas como una señal de tolerancia”.

En cuanto a las que más le piden, además de la chilena, sorprende con un dato: “Se venden harto las de China y Corea del Sur”. Y recuerda cuál ha sido la más difícil de todas: la de Estados Unidos. “Tuve que bordarle cincuenta estrellas. Para esa bandera me quedé cosiendo hasta las seis de la mañana”, dice, todavía con orgullo.

Aunque asegura que su bandera favorita, fue la misma por la que empezó su negocio. “Yo me siento súper patriota. Yo antes me hacía yo mismo las banderas porque no tenía recursos para comprar. Por lo mismo, cuando me quedé sin pega pensé en hacer esto”, reconoce.

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