Carta a la directora de Alejandra Mustakis: Salud mental, el desafío que nos interpela a todos
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Hoy la salud mental se ha convertido en la principal preocupación de las personas en todo el mundo. De acuerdo a una encuesta global de Ipsos, pasó del 27% que registraba en 2018 a un 45% en 2024 en 31 países. De esta manera, el desafío de la
salud mental ocupa el primer lugar, seguida del cáncer (38%), el estrés (31%), la obesidad (26%) y las drogas (21%).
Más que un ranking, esta es una señal de alerta. Porque cuando la salud mental lidera entre las inquietudes que afligen a hombres y mujeres, el tema es mucho más amplio que el acceso a psicólogos o tratamientos. Estamos hablando de cómo vivimos, cómo trabajamos y cómo nos relacionamos.
A pesar de los avances tecnológicos y las comodidades de la vida moderna, hay algo en el trasfondo que no está funcionando. El problema es que vivimos en un mundo hiperconectado, pero muchas veces profundamente desconectado en lo humano. La vida se nos pasa en exigencias, rapidez e incertidumbres; el éxito se mide en productividad, pero pocas veces en bienestar. Y a la larga eso tiene consecuencias.
Desde el mundo del emprendimiento también se ve esta realidad. Emprender implica cosas positivas como pasión, amor y propósito, y a la vez incluye altos niveles de estrés, incertidumbre constante y, muchas veces, soledad. Y lo mismo ocurre en las empresas, grandes y pequeñas.
La salud mental genera consecuencias en el desempeño diario y, eventualmente, es causante de otras enfermedades. Por eso, la conversación en torno a cómo abordarla debería realizarse a un nivel país para evaluar cómo estamos diseñando nuestras organizaciones y analizar si realmente estamos creando espacios donde los equipos puedan desarrollarse sin sacrificar su bienestar.
¿Estamos poniendo a las personas en el centro o seguimos priorizando sólo los resultados? Esa es la gran pregunta, y si la respuesta es la segunda opción, es urgente un cambio de enfoque.
La salud mental no se resuelve únicamente con más atención clínica o una mayor disponibilidad de profesionales. Son aspectos relevantes, claro que sí, pero que operan cuando el problema ya es evidente.
Desde el emprendimiento hay algo que hemos aprendido, muchas veces a la fuerza: los recursos son limitados. El tiempo, la energía, el foco. Nada es infinito. Y cuando no se gestionan bien, el proyecto simplemente no se sostiene.
Ese aprendizaje no es teórico. Viene de la experiencia. De equivocarse, de ajustar, de volver a intentar. En el emprendimiento, a veces se gana y otras se aprende. Y es ese aprendizaje el que permite seguir construyendo.
Con el tiempo, uno entiende que no todo se trata de empujar más, sino de decidir mejor. De priorizar. De saber dónde poner la energía y dónde no. Y quizás ahí hay una pista que no estamos mirando lo suficiente.
Así como aprendimos a gestionar recursos escasos en los negocios, hoy el desafío es aplicar esa misma lógica a la vida. No para hacer menos, sino para hacerlo mejor y con más criterio.
Entender que la energía también es un recurso. Que el foco no es infinito. Y que sostener —un proyecto, un equipo o una vida— requiere algo más que esfuerzo.
La salud mental, vista así, deja de ser solo un tema clínico o emocional. Pasa a ser también un aprendizaje. Uno que, como en el emprendimiento, no siempre es evidente, pero que resulta clave para que lo que construimos realmente perdure.
Porque al final, no se trata solo de cuánto somos capaces de hacer, sino de cuánto somos capaces de sostener.



