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Carlos Rodríguez - The Clinic

Tiempo Libre

5 de Mayo de 2026

Leonardo Padura, escritor cubano: “Todo aquel futuro que se nos prometió, pues se ha ido difuminando y de él prácticamente no queda nada”

Es el escritor cubano contemporáneo por excelencia. Con "Morir en la arena", su última novela, Leonardo Padura aterriza en Chile con una historia atravesada por la vejez, la familia y la desilusión de toda una generación de cubanos, o la historia de una derrota, como él mismo resume. El cubano, quien además está en el país por el ciclo La ciudad y las palabras de la UC, habla con The Clinic sobre la situación de la isla, sobre su hogar en La Habana y los costos de jardinear y del próximo libro que prepara con su famoso personaje, el detective Mario Conde, el que envejece junto con él: "Si yo fuera argentino, iría a un psicoanalista. Como soy cubano, pues escribo a Conde".

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Leonardo Padura, 70 años, tiene el dedo completamente hinchando y deformado; se lo lastimó y se clavó una espina mientras jardineaba en su casa en La Habana. Es el lugar, cuenta, al que le gusta volver, después de giras literarias extensas y cansadoras, como la que lo trajo a Chile esta semana, pasando antes por Argentina y luego por Perú.

“Me gusta mucho volver a mi patio. Yo pensé que no podía trabajar, escribir literatura fuera de Cuba, lo pensaba mucho tiempo. He comprobado que sí, que puedo, y hay dos o tres lugares a los que voy y me quedo temporadas trabajando, escribiendo.

Pero cuando regreso, bueno, trabajo todos los días ahí en mi casa y en las tardes bajo a mi patio. Ahora no tengo perro, porque precisamente por los viajes era muy complicado. Pero bueno, hay un perro en la casa de mi hermano y ese perro está conmigo ahí en el patio. Y yo voy haciendo cosas, he pagado la consecuencia de que este dedo, mira cómo está. Me han operado dos veces el dedo y me lo van a tener que volver a operar por estar ahí, por estar ahí en el patio cultivando plátano, recogiendo mangos, guayaba, guanábana, chirimoya”.

Luego añade: “Me encanta ese espacio porque es el lugar en el que dejo de pensar en todo y pienso en todo. Hemingway representó el escribir como sacar agua de un pozo. Si sacas mucha agua, el nivel baja.
Entonces tienes que dar un tiempo para que ese nivel suba. Ese tiempo del patio es el tiempo en que el nivel del agua sube después de una jornada de trabajo. Y al día siguiente, pues ya tengo nuevas ideas, tengo nuevas perspectivas y se me ocurren cosas, haciendo un trabajo físico que me gusta mucho”.

Padura es, por supuesto, una eminencia de la literatura cubana, uno de sus mayores voces de exportación durante las últimas décadas, gracias a sus libros con el detective Mario Conde, solucionando misterios en las calles de la isla, y luego con su consagración literaria, “El hombre que amaba a los perros” (2009). Ganador del Premio Princesa de Asturias, del Nacional de Literatura de su país, entre muchos otros pergaminos, escribe en Cuba, sobre Cuba.

Ha venido a Chile con su última novela, “Morir en la arena”, un melancólico retrato generacional e historia de una familia llena de dolores, recuerdos y perdones. Además se presentó en el ciclo La Ciudad y las Palabras de la UC. Y, aunque siempre le preguntan sobre su país, también quiere hablar de sus pasiones, y de su hogar. “Yo no soy de las personas que tenga una especial relación con los símbolos, la bandera, el himno, el escudo, para mí la representación de la patria es mi casa”, dice a The Clinic.

La derrota de una generación

“Morir en la arena” retrata a una familia donde ha sucedido una tragedia, un parricidio. Y, también, retrata a una generación de cubanos que nacieron casi al mismo tiempo de la revolución, y hoy viven en una isla que donde la vida se hace cada vez más compleja, con la pena de un sueño incumplido.

“Siempre trato de que mis libros, aunque traten de asuntos cubanos, tengan una perspectiva universal. Eso aquí, en este caso, está marcado por asuntos como la vejez, el perdón, la redención, el miedo, el amor, las segundas oportunidades, y creo que todas esas cosas han conectado con los lectores y ha ido muy bien”, dice, sobre la recepción del libro.

—Parte del libro es esta generación mayor, que mira hacia atrás y ve ciertos momentos o decisiones que dan vuelta a todos los caminos trazados. ¿Para usted también ha sido así? ¿Hay un momento que cambió todo?

—En la puerta de la habitación de Seymour Glass, el personaje de J.D. Salinger en “Franny y Zoey”, está escrito una frase que ellos le atribuyen a Marco Aurelio, que aquello ‘estaba deseando ocurrir’. Yo creo que en mi vida había muchas cosas que estaban deseando ocurrir, sin yo estar plenamente consciente de que podían suceder y que se armaron con una lógica y con una concatenación que me ha llevado hasta aquí.

El hecho, por ejemplo, de que yo quería estudiar periodismo en la universidad y que el año que iba a ingresar a la universidad no abrió la escuela de periodismo y estudié literatura. Y yo que no pensaba ser escritor, pues ahí, entre compañeros que escribían, decidí que yo también iba a intentar escribir.

Terminé estudiando literatura y ahí con conocí a la persona que es compañera desde entonces, desde el año 78, y hemos armado toda la vida a partir de ahí. En un momento determinado de mi carrera en que yo había decidido dejar todos los trabajos que tenía para dedicarme a la literatura sin tener editorial, sin tener dinero, y que de pronto apareciera un premio que me dio dinero y apareció una editorial que me dio la seguridad de poder publicar mis libros y con la que trabajado durante 30 años (Tusquets).

Bueno, pues son cosas que me han ocurrido y después han venido satisfacciones muy inesperadas. Tengo más de 60 premios, desde premios pequeñitos hasta premios grandes. Y creo que me han ido pasando cosas que yo nunca imaginé que fueran a pasar, pero que han ocurrido y que espero que sigan ocurriendo.

—¿Y qué le pasa ahora, cuando dando estas entrevistas, se ha transformado en esta voz cubana por excelencia? ¿Se vuelve a veces alguna responsabilidad, que lo hace escribir distinto?

—No pienso en eso. No pienso en eso, porque si pienso en eso estaría intentando que la literatura fuera otra cosa. Mi único propósito es retarme en cada libro que escribo, retarme a mis posibilidades, a mis capacidades y sobre todo a mis incapacidades, y tratar de escribir el mejor libro que soy capaz de escribir en el momento en que lo escribo.

Y en eso pongo todo mi esfuerzo. Lo que pasa después con los libros y cuánto puede representar de una imagen posible de Cuba, pues bueno, eso es algo que es parte de la obra, pero no que yo lo busque como algo que yo quiera hacer con mis obras. Yo malamente me represento a mí mismo.

Y es lo que cada libro intenta ser, una imagen posible de Cuba, siempre vista desde la perspectiva de mi generación. Los personajes son siempre de mi generación, o mayoritariamente de mi generación, y trato de que tenga una visión social de un ambiente, un contexto tan peculiar como el cubano, sin olvidar que para que esos otros lectores que buscan o encuentran una imagen de Cuba tengan puentes por los cuales transitar hacia esa visión de un país.

—En “Morir en la arena” está la particularidad de una generación cubana, de alguien que nació en los años 40 o 50 y ahora ya una persona grande, y ve que quizás toda la primera mitad de su vida tuvo unas certezas que ahora ya no son tales.

—Eso está muy claro en el libro, que es la historia de una derrota. Y en el centro de esa derrota esta una generación a la que se le prometió el futuro, un futuro que se pospuso, que se dilató y que finalmente no llegó.

Es una generación que se preparó, que estudió, que trabajó, que se sacrificó, que obedeció, a la que se le pidieron muchos sacrificios, entre ellos, por ejemplo, el que sufre, Rodolfo, con tener que ir a una guerra, siendo un hombre que es un cobarde y que no tiene nada que ver con la violencia y tiene que ir a una guerra, entre otras muchos sacrificios que se nos pidieron. ¿Y al final este estado de vulnerabilidad en que quedan? Pues bueno, es una gran decepción.

El país está viviendo desde hace muchos años en crisis. Esa crisis a veces tiene determinadas mesetas de estabilidad, pero generalmente ha sido una pendiente que ahora mismo ha sido brutal lo que ha ocurrido en los últimos cinco o seis años, después de la pandemia y ahora muy acelerada por la política del gobierno de los Estados Unidos hacia el país.

Entonces, en medio de eso están las personas, la gente de mi generación con una edad ya determinada que los hace depender de lo que les pueda entregar la sociedad. Ellos no tienen condiciones para emigrar, aunque algunos emigran, no tienen condiciones para trabajar, aunque muchos tienen que trabajar, y con dependencia, en algunos casos salvadora de hijos que viven fuera y que les envían las donaciones, como le llama un personaje de esta novela a esos dineros que los salvan de la precariedad total.

Entonces, todo aquel futuro que se nos prometió, pues se ha ido difuminando, difuminando, difuminando, y de él prácticamente no queda nada. Es este presente de carencias y de problemas que están viviendo la gente.

—Al centro también está la historia de una familia. ¿Veía esperanzado como estos personajes iban a salir adelante, a reencontrarse, moverse? ¿Es un optimista de las familias universales?

—Yo creo que en nuestras culturas la familia tiene un peso muy importante, y en la situación de Cuba hoy, fundamental. Yo pienso que estas personas de la tercera edad, o de la cuarta edad, o la quinta, como es el caso de mi madre, que tiene 98 años, son muy dependientes de la familia.

Imagínate, mi madre recibe una jubilación de 1.500 pesos en un país donde un paquete de un kilo de leche vale 1.800, o un paquete de 30 huevos vale 3.000. Si no fuera por la familia, esa señora se hubiera muerto. Entonces, toda una serie de lazos familiares, pues sostienen a una parte de la familia.

Hay además un problema muy viejo en Cuba, que es el de la falta de suficientes viviendas, y en una misma casa viven tres y cuatro generaciones de esa familia, y tienen que soportarse, porque si no, alguien no tiene donde vivir. Y eso puede traer muchísimos problemas, como te podrás imaginar, porque la familia es un núcleo muy cercano, pero muy conflictivo, en el cual hay afinidades y hay también controversias. Y eso ocurre creo que en cualquier parte del mundo.

Pero sí, yo tengo un apego muy importante a la familia. Es una familia que se ha ido reduciendo, porque bueno, ya mi padre no está, uno de mis hermanos vive en Miami, prácticamente todos mis primos por parte del apellido Padura, viven fuera, tíos que han muerto, yo me estoy poniendo viejo y bueno, veo cómo la familia va reduciéndose y por eso creo que ese pequeño núcleo que va quedando tiene una mayor importancia en cuanto al apoyo, no solo sentimental, que es normal, sino también el apoyo económico que salva de una precariedad a algunos miembros de la familia.

De beisbol, cine y literatura según Leonardo Padura

Debe dar muchas entrevistas; como explican desde su editorial, todos quieren hablar con Padura. Y, como siempre, preguntarle por cómo es la isla hoy, cómo fue ayer, qué se perdió y se aprendió en el camino.

Él, dirá a The Clinic, que prefiere hablar de cine, literatura y beisbol, sus grandes pasiones. “Los periodistas insisten en preguntarme por cuestiones políticas de Cuba, y yo no me niego a hacerlo, pero pienso que a veces se insiste demasiado en algo que los periodistas ya saben, pero quieren que yo lo diga”.

Leonardo Padura en su paso por Chile. Foto: Carlos Rodríguez

¿Qué está viendo, entonces, Padura? “Verá, soy un cinéfilo muy fiel a mis gustos, y por eso, más que ver cosas nuevas, siempre estoy volviendo a ver cosas que me gustan mucho. Una serie como ‘The Wire’, la he visto cuatro o cinco veces. Estoy viendo otra vez ‘Slow Horses’, con Gary Oldman, porque voy sobre seguro, tanto en las series como en los libros, me gusta ir sobre seguro”.

—¿Y qué le gusta leer hoy en día?

—Soy un lector muy heterodoxo, muy heterodoxo. También me obliga el hecho de que publico todos los meses una reseña de libros en Babelia, en El País, y hay veces que son libros que escojo yo, hay veces que son libros que escoge el editor, y eso me obliga a leer mucha literatura muy diversa.

Pero releo mucho, releo mucho. Hay autores que, por supuesto, prefiero. Acabo de leer, por ejemplo, el último libro de Emmanuel Carrere (Koljós), que es un autor que yo tengo mucha afinidad con su literatura. Y bueno, releo a clásicos, pero sobre todo clásicos contemporáneos.

Ya me cuesta mucho trabajo leer literatura del XIX, por ejemplo, ya no puedo leer a Balzac, ni a Tolstoi ni a Dostoievski. Entonces, bueno, leo a Vargas Llosa y a Carlos Fuentes y a Rulfo y a García Márquez y otros autores, los escritores norteamericanos con los que tengo tanta relación, desde autores muy contemporáneos como Paul Auster, anteriores como Salinger o Truman Capote, o autores más anteriores como Hemingway.

—Y, cuénteme, en ese pozo que se va llenando lentamente su escritura, como mencionaba antes. ¿Qué libro viene ahora y qué otras historias le quedan por contar?

—No soy tan inteligente como para tener dos o tres ideas en la cabeza. Tengo malamente una, malamente una que es la que estoy empezando a trabajar, una novela que estoy empezando a trabajar recuperando al personaje de Mario Conde.

Con 70 años, Mario Conde va envejeciendo conmigo y va envejeciendo con el tiempo histórico de Cuba. Esta historia va a ocurrir en el 2025 y es la búsqueda de una persona y va a servirme para hablar un poco como el principio de los grandes ideales revolucionarios en qué pueden derivar.

Y es lo que estoy intentando escribir ahora.

—¿Y cómo se trabaja el envejecer a un personaje, al que le ha dado una vida y que los lectores aman, más encima?

—Eso es lo más fácil de todo, porque lo único que tengo que recordar es qué partes del cuerpo me duelen cuando me levanto por la mañana.

—Cuando son personajes tan queridos, a veces los lectores se los apropian. Entonces a veces dicen no hubiera hecho esto, no me gusta esto.

—En el caso de Conde es muy complicado porque ya Conde hace rato hace lo que le da la gana. Entonces es bastante ingobernable, bastante ingobernable. Y bueno, el proceso de envejecimiento es algo que él expresa, analiza, vive. Si yo fuera argentino, iría a un psicoanalista. Como soy cubano, pues escribo a Conde y me psicoanalizo con respecto a lo que significa el paso del tiempo y el envejecimiento.

—Para terminar, otra de sus pasiones, el béisbol. ¿Cómo está el béisbol hoy día en la isla?

—Yo tengo algo que posiblemente sea un récord, que es haber vendido en una noche 20.000 ejemplares de un libro. Era un libro de entrevistas a jugadores de béisbol que escribí con un colega del periódico en el que yo trabajaba. Eran esos jugadores que cuando yo era niño los veía y los admiraba, eran mis dioses. Y tuve la oportunidad, 30 años después, de entrevistarlos y armar ese libro, que se llevó en un camión a un día al estadio, un día que se decidía el campeonato.

Había 40.000 personas en el estadio, y de esas 40.000 personas, 20.000 compraron el libro. Aquella época los libros en Cuba eran muy baratos, costaban 40 centavos, 50 centavos, algo así. Y el estadio era gratis. Imagínate tú.

El béisbol forma parte de la espiritualidad cubana. Y digo espiritualidad porque generalmente se habla de que pertenece a la cultura. Yo creo que es mucho más profundo. Y bueno, crecí jugando béisbol, viendo béisbol, soñando con el béisbol, no yendo a la escuela, escondiéndome para ir a jugar béisbol.

Me pasó ya en mi juventud que me di cuenta de que yo no iba a ser un buen pelotero, y por eso quise ser cronista deportivo. Hoy el béisbol en Cuba está viviendo su propia crisis, que es parte de la crisis del país, y es que los mejores jugadores salen del país, como pasa con todos los deportes en todas partes del mundo. Aquí en Chile, ustedes ven a los que se quedan, los buenos están en las ligas europeas.

Y eso ha debilitado mucho el béisbol en Cuba y el que estamos viendo ya no es de la misma calidad y no se juega con la misma pasión que aquel que yo disfruté cuando yo era niño. Mi equipo Industriales es el equipo de la ciudad de La Habana y es el heredero de un equipo de la liga profesional cubana que existía, que era el Almendares y tiene el mismo color, el color azul.

—¿Qué es más feliz, recibir un premio Príncipe de Asturias o que el equipo gane la liga?

—Recibir un premio Príncipe de Asturias.

—Lo fue a recibir, eso sí, con una pelota de beisbol en la mano.

—Claro, la llevé mi pelota, porque dije yo quiero ser un cubano que va a recibir este premio y llevaba una guayabera, que fuera de la corbata y tal es la prenda de gala cubana. No quise que fuera una guayabera panameña ni yucateca, quise que fuera una guayabera hecha en Cuba y fue hecha en Cuba, me costó un huevo, un huevo cubano, no un huevo chileno, es decir, mucho dinero.

Y como yo no soy de las personas que tenga una especial relación con los símbolos, la bandera, el himno, el escudo, para mí la representación de la patria es mi casa, más que estos símbolos que son los usuales. Pues decidí que iba a llevar a Cuba en una pelota de beisbol y la llevé.













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