Opinión
27 de Junio de 2026
Columna de Marco Moreno: Cuando el problema ya no es la oposición
Por Marco Moreno
"Hasta ahora, Kast ha privilegiado una imagen asociada a la gestión, la implementación de reformas y la conducción administrativa. Sin embargo, el clima de crispación creciente de su sector parece exigir una presencia más activa en la articulación política del oficialismo", sostiene Marco Moreno en su columna de esta semana, en la que repasa el crispado ambiente al interior de la derecha y el desafío del Presidente Kast de gobernar a los propios.
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Los primeros cien días de un gobierno suelen evaluarse a partir de indicadores relativamente visibles: aprobación presidencial, cumplimiento de promesas, instalación de agenda o capacidad para enfrentar crisis. Sin embargo, existe una prueba menos evidente, pero igualmente decisiva para la gobernabilidad: la capacidad de mantener cohesionados a quienes apoyan al gobierno.
Y es precisamente allí donde comienzan a aparecer señales de nuevas tensiones en la administración de José Antonio Kast: el desafío de gobernar a los propios.
Las disputas que han aflorado durante las últimas semanas entre Republicanos, la UDI y Renovación Nacional, sumadas a los reclamos por espacios de influencia dentro del gobierno y el intento de La Moneda de impulsar una nueva instancia de coordinación política, sugieren que el principal desafío del oficialismo ya no proviene exclusivamente desde la oposición. Comienza a emerger desde su propio campo político.
Lo interesante es que estas tensiones no responden únicamente a desacuerdos coyunturales. Revelan un problema más profundo: la distancia que existe entre una alianza electoral exitosa y una coalición de gobierno efectiva.
Como muestran Kaare Strøm y Wolfgang Müller en sus estudios sobre gobiernos de coalición, la estabilidad de una alianza no depende únicamente de compartir un programa, sino también de desarrollar instituciones de coordinación política que permitan administrar conflictos, distribuir responsabilidades y reducir los incentivos al comportamiento oportunista de los partidos.
En los presidencialismos multipartidistas, como lo es el caso chileno, la gobernabilidad depende menos de la autoridad constitucional del Presidente que de su capacidad para construir y conducir una coalición política estable. En definitiva, no basta compartir un diagnóstico o un adversario común. Gobernar exige instituciones, reglas y liderazgos capaces de administrar diferencias.
Como sabemos hasta ahora, el actual oficialismo no constituye todavía una coalición de gobierno en el sentido clásico del concepto. Lo que existe es una alianza de partidos que respaldó la candidatura presidencial de Kast y que hoy integra o apoya al gobierno desde distintas posiciones: Republicanos, UDI, RN, Evópoli, Socialcristianos, Demócratas y sectores del PDG. La victoria electoral logró ordenar transitoriamente esas fuerzas. La gestión gubernamental está comenzando a exponer sus divergencias.
La experiencia comparada muestra que este fenómeno es relativamente habitual. Como planteó Giovanni Sartori, los incentivos que mantienen unida a una alianza para ganar elecciones no son necesariamente los mismos que permiten sostener una coalición una vez alcanzado el poder. Lo que venimos observamos en Chile es que cuando desaparece el objetivo común de conquistar La Moneda, reaparecen las diferencias programáticas, las disputas por influencia y las rivalidades partidarias.
Los episodios descritos estos días son ilustrativos. Dirigentes de la UDI y RN han expresado malestar por lo que perciben como una influencia predominante de republicanos en la toma de decisiones. A ello se suma la preocupación del propio Ejecutivo, que ha comenzado a promover una instancia formal de coordinación entre las fuerzas oficialistas. El dato político relevante no es la existencia de diferencias. Toda coalición democrática convive con ellas. Lo relevante es que el gobierno parece haber advertido que carece de mecanismos suficientemente institucionalizados para procesarlas. La pregunta entonces es quién debe ordenar ese espacio.
Aquí aparece una segunda dimensión del debate: el liderazgo presidencial.
En los sistemas presidenciales multipartidistas como el chileno, la literatura sobre presidencialismo de coalición —desarrollada por Sérgio Abranches y posteriormente profundizada por Octavio Amorim Neto— muestra que el Presidente no solo gobierna el Estado. También debe ejercer como líder de la coalición que sostiene políticamente al Ejecutivo, articulando intereses, administrando conflictos y construyendo disciplina entre partidos que conservan identidades propias.
No basta ser jefe de Estado o jefe de gobierno. También es necesario ejercer liderazgo sobre la alianza política que sostiene al Ejecutivo.
Hasta ahora, Kast ha privilegiado una imagen asociada a la gestión, la implementación de reformas y la conducción administrativa. Sin embargo, el clima de crispación creciente de su sector parece exigir una presencia más activa en la articulación política del oficialismo. En otras palabras, menos énfasis en la gestión y más en la construcción de una coalición de gobierno.
La paradoja es que este desafío aparece justo cuando la administración parece estar transitando hacia una nueva etapa. Durante la campaña y los primeros meses de gobierno, el relato dominante fue el de la emergencia: recuperar el orden, enfrentar la crisis y actuar con rapidez frente a problemas acumulados. Ese relato funcionó como un poderoso factor de cohesión política porque subordinó las diferencias internas a un objetivo superior.
Pero los gobiernos no pueden sostener indefinidamente una lógica de emergencia. Tarde o temprano deben pasar desde la movilización hacia la institucionalización; desde la épica de la conquista del poder hacia la complejidad de ejercerlo.
Es el momento en que el “mito de gobierno”, entendido por Mario Riorda como el relato que organiza y da sentido a la acción gubernamental, comienza a ser sometido a la prueba de la realidad. Y una de las primeras exigencias de esa nueva etapa consiste precisamente en construir gobernabilidad dentro de la propia coalición.
La paradoja es evidente. Durante años, la derecha criticó los problemas de coordinación y fragmentación que afectaron a distintos gobiernos de la centroizquierda. Hoy comienza a enfrentar una tensión similar, aunque bajo una configuración distinta: la ausencia de una coalición formal capaz de ordenar a los partidos que respaldan al Ejecutivo.
No se trata todavía de una crisis de gobernabilidad. Pero sí de una advertencia temprana. Porque la experiencia demuestra que muchos gobiernos no comienzan a debilitarse cuando la oposición se fortalece. Comienzan a hacerlo cuando sus propios aliados dejan de actuar como socios de gobierno y vuelven a comportarse como competidores.
Los primeros cien días de Kast estuvieron marcados por el desafío de gobernar el país. Los próximos cien podrían estar definidos por una tarea igualmente compleja y probablemente más decisiva: transformar una alianza electoral exitosa en una verdadera coalición de gobierno. Porque ganar una elección otorga acceso al poder. Gobernar exige algo más difícil: construir las condiciones políticas para sostenerlo.



