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19 de Julio de 2026Crítica al show de medio tiempo| “Me no comprendo soccer”: Justin Bieber, los Muppets y el día que la FIFA dejó de confiar en el fútbol
"No todo tiene que traducirse para todo el mundo". Una reflexión sobre el show de medio tiempo de la final del Mundial 2026, la tensión de un 0-0 y la decisión de la FIFA de interrumpir el partido para convertir el fútbol en un espectáculo pensado para quienes todavía no han aprendido a mirarlo.
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Hace diez años leí una columna de Hernán Casciari que nunca se me borró de la cabeza. Se llamaba Me no comprendo soccer y contaba una anécdota de vacaciones en la Patagonia. Un turista texano llamado Mike no entendía por qué Casciari estaba fascinado viendo una y otra vez el penal que Messi cedió para que Luis Suárez marcara. “My no comprendo soccer”, le dijo. ¿Qué tenía de extraordinario un pase corto y un gol sin resistencia en el fútbol?
Más tarde, la conversación dio un giro inesperado. Mientras Mike veía un partido de básquetbol lleno de puntos y jugadas espectaculares, le preguntó a Casciari por qué los argentinos se demoraban horas en hacer un asado si podían cortar la carne en trozos pequeños y cocinarla mucho más rápido. Ahí Casciari entendió que la pregunta era la misma. El estadounidense no alcanzaba a ver el placer que había en la espera, del mismo modo que no alcanzaba a ver la belleza de un partido donde casi no pasa nada. Había cosas que simplemente no formaban parte de su manera de mirar el mundo.
Casciari terminaba concluyendo que hay maravillas que solo se aprecian cuando uno ha aprendido a mirarlas. Hay cosas que no necesitan traducirse para todo el mundo.
Me acordé de esa columna viendo el entretiempo de la final del Mundial 2026.
Vaya por delante lo obvio: el show fue estimulante. Madonna entrando del brazo de Ronaldo y Ronaldinho. Ted Lasso presentando a Justin Bieber. BTS haciendo exactamente lo que BTS sabe hacer. Shakira confirmando, otra vez, que nació para los mundiales. Como espectáculo, fue impecable. Si hubiera ocurrido antes del partido, después del partido o en una ceremonia aparte, probablemente estaría escribiendo otra columna.
El problema no fue el show. El problema fue ponerlo en medio del partido.
Un 0-0 al término del primer tiempo de una final del Mundial no es un vacío que haya que llenar, al menos para mí. Es parte del juego. Es un silencio lleno de posibilidades. Es fútbol en su estado más puro, donde cada minuto pesa más que el anterior aunque todavía nadie haya convertido.
Es exactamente ese tipo de belleza que no siempre se entiende a la primera mirada. Por eso me gustan los gringos que no entienden de fútbol y más aún los que no quieren entender. La FIFA, en cambio, decidió que esos minutos se podían usar para convocarlos: casi media hora de estímulos interminables de celebridades, de canciones. Como una publicidad de cigarros de los años cincuenta.
Y el cierre terminó de explicar la idea. Niños con camisetas de todos los países cantando junto a los Muppets una canción diseñada al estilo de Coldplay. Todo perfectamente calculado. Todo perfectamente global. Todo perfectamente vendible.
El uruguayo –vaya nacionalidad para hablar de esto–, Eduardo Galeano escribió que el fútbol es “el arte de lo imprevisto”. Y en este show todo ere predecible,
No creo que ese cruce acerque a nadie al fútbol. Más bien hace lo contrario. Interrumpe la única experiencia capaz de enamorar a alguien de este deporte: las pocas certezas.
Me gustan los estadounidenses que no entienden —ni quieren entender— de fútbol. Me gusta que exista gente para la que un empate sin goles siga siendo un espectáculo incomprensible para ellos. Eso significa que todavía queda algo en este deporte que no puede reducirse a una fórmula. Que todavía hay que ganárselo. Viendo cientos de partidos donde aparentemente no pasa nada, hasta que un día, sin que nadie lo explique, uno entiende por qué el gol es mejor que 100 puntos.
Por eso creo que el error de la FIFA no fue hacer un show de medio tiempo. Fue desconfiar del fútbol. Pensar que una final del Mundial necesitaba parecerse un poco más al Super Bowl para conquistar a quienes todavía no lo entienden. Y quizás la mejor manera de conquistar a esos espectadores era exactamente la contraria: dejar que el fútbol, como siempre lo ha sabido hacer, se defendiera solo.




