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Sandro Baeza

Editorial

9 de Agosto de 2026

Editorial: Fuera de control

Por
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Un grupo de niños toca el timbre de una casa y sale corriendo. Es una travesura antigua, molesta y probablemente merecedora de una conversación con sus padres, pero la respuesta que conocimos esta semana pertenece a otra dimensión.

Según la querella revelada por The Clinic, un hombre persiguió en camioneta a los menores que molestaron tocando el timbre, golpeado a algunos, obligado a siete de ellos a subir al vehículo y amenazándolos con tener un arma de fuego. El imputado permanece en prisión preventiva mientras la justicia investiga los delitos de sustracción de menores, lesiones, amenazas y porte ilegal de arma. Los hechos deberán ser acreditados por los tribunales.

El caso resulta impactante por la condición de las víctimas y por la desproporción entre la molestia inicial y la respuesta descrita; quienes lo defienden públicamente hablan de episodios de bullying previos contra su hijo -este medio contactó a su familia y abogados, sin obtener respuesta-. Pero sería un error tratarlo únicamente como una rareza ocurrida en una calle de Vitacura.

El episodio expone, llevado hasta un extremo, un problema que se percibe diariamente en Chile. Hemos perdido capacidad para procesar el conflicto, tolerar la frustración y detener la rabia antes de convertirla en agresión. Otro ejemplo de ira y descontrol fue la pelea, llena de insultos, entre las senadoras Camila Flores y Fabiola Campillai, que literalmente hicieron un escándalo en el Congreso.

Hoy, la violencia está en las redes sociales, en el tránsito, en las discusiones entre vecinos, en los estadios, en la atención de los servicios públicos y en las relaciones familiares. El insulto se ha vuelto una respuesta habitual en el parlamento, en las calles, en los medios y con mucha frecuencia las amenazas se utilizan para imponer autoridad, humillar o agredir.

La encuesta de Clima Social de la Universidad Diego Portales entregó un diagnóstico difícil de ignorar. Un 71% de los consultados considera que la convivencia social en Chile ha empeorado y un 94% utiliza una palabra negativa para describir cómo se tratan actualmente las personas. Las interacciones en espacios públicos son percibidas principalmente como desconfiadas, impacientes e indiferentes.

Así, observamos que convivir en Chile es hoy más difícil que en el pasado y que la política debe asumir parte de la responsabilidad en ese deterioro. No se trata solamente de modales. Una sociedad marcada por la desconfianza interpreta con mayor facilidad al otro como una amenaza y encuentra cada vez menos espacios para resolver diferencias.

El caso del “ring raja” y la  pelea en el Congreso nos obligan a mirar a los adultos en nuestra sociedad. Durante años hemos concentrado la discusión en la violencia juvenil, la convivencia escolar y la conducta de los niños. Sin embargo, son los adultos quienes deben enseñar límites, controlar sus impulsos y demostrar que un conflicto puede enfrentarse sin humillaciones, golpes ni amenazas.

Necesitamos con urgencia abordar la educación emocional y la prevención de la violencia nuestra sociedad. Si perdemos  la capacidad de pensar antes de actuar, cualquier “timbre” puede terminar encendiendo algo mucho más peligroso.

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