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Siete Negronis en su nueva etapa en Terraza San Cristóbal: la apuesta por recuperar Bellavista

Tras una década desde su apertura en Mallinkrodt, Siete Negronis volvió a Bellavista para instalarse en Terraza San Cristóbal. Sus fundadores repasan el origen del bar, la transformación de la coctelería en Chile y la apuesta por convertir el local en un clásico del barrio, en medio de los desafíos que enfrenta el nuevo polo gastronómico.

Por 16 de Agosto de 2026
Fotos: Carlos Rodríguez / The Clinic
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Siete Negronis volvió a Bellavista y se instaló en Terraza San Cristóbal, un nuevo polo gastronómico que busca revitalizar el barrio. Sus fundadores, Matías Supan y Matías Peredo, dicen que abrir allí fue “una apuesta” y que el objetivo es “ser un clásico”, pese a la estigmatización y a los cierres de otros locales.

  • Siete Negronis regresó a Bellavista tras pasar por Alonso de Córdova.
  • Terraza San Cristóbal abrió con una inversión de US$24 millones.
  • Tres de los once restaurantes del recinto ya bajaron la cortina.
  • Supan y Peredo dicen que el barrio sigue estigmatizado por la delincuencia.
  • El bar busca consolidarse como un clásico y no como “el trago de moda”.

El artículo cuenta el regreso de Siete Negronis a Bellavista, ahora en Terraza San Cristóbal, un proyecto gastronómico que intenta reactivar el sector. Sus fundadores repasan el origen del bar, la evolución de la coctelería en Chile y explican que su meta es mantenerse como un referente estable del barrio, pese a los desafíos del entorno.

Estos resúmenes son generados por inteligencia artificial y chequeados por el periodista a cargo.

El 2 de octubre de 2025 abrió en Bellavista un nuevo polo gastronómico. Terrazas San Cristóbal —una inversión de US$24 millones que tuvo a la familia Cardone entre sus principales inversionistas— buscaba revitalizar el estigmatizado barrio con distintas propuestas, en un terreno que prácticamente colinda con La Chascona, la casa de Pablo Neruda. Entre los restaurantes que apostaron por instalarse allí está Siete Negronis, un clásico que abrió en Bellavista hace una década, luego tuvo un paso por Alonso de Córdova y ahora regresó al barrio en este nuevo edificio.

Pero, a 10 meses de su apertura, Terrazas San Cristóbal ya ha visto cómo tres de sus once restaurantes bajaron la cortina. Ozaki, propuesta de cocina nikkei de autor; Bartolo y MIT Burger se encuentran actualmente vacíos, a la espera de que nuevos interesados ocupen los espacios que dejaron.

Para los dueños y fundadores de Siete Negronis, el argentino Matías Supan y el chileno Matías Peredo, esto no representa una preocupación. Lo califican como parte del proceso natural que atraviesan este tipo de espacios gastronómicos.

“Los locales que cerraron son un caso casi natural. A veces sucede más rápido o depende de cómo el mercado lo catalice, de alguna manera. Para marcas nuevas es más difícil. En el caso de Siete Negronis o Bar bazul, que son marcas que atraen por sí solas, es distinto”, dice Supan.

Eso sí, reconocen que abrir en la nueva apuesta gastronómica de Terraza San Cristóbal fue, precisamente, una apuesta.

“Lo que sucede en Terrazas San Cristóbal es tan desafiante como hermoso, porque la gente no la conoce. Hay dos cosas cuando tú hablas con alguien sobre Terrazas San Cristóbal. Tienes el grupo que vino y le encantó: tiene seis pisos de estacionamientos, ascensores, todo impecable, seguridad, iluminación, el mix de restaurantes está bueno, todo. La gente la pasa bárbaro, pero no lo conoce”, agrega uno de los fundadores.

Aparte del desconocimiento, la estigmatización que vive el barrio por la delincuencia también es una barrera para que más gente visite el lugar. Imágenes de robos, asaltos y violencia cuando cae la noche sobre la ciudad aparecen con frecuencia en canales de televisión y redes sociales.

“Yo creo que, en la conversación, es súper diferente a la realidad. Todo este estigma viene un poco del tema más nocturno y de ese sector, un poco más de calle Pío Nono. Para mí, Constitución siempre ha sido una buena calle, siempre ha tenido como esta ambigüedad o esta manera de leer un poco el país”, dice Peredo.

Ambos coinciden en que en el barrio sí hay delincuencia, pero sostienen que, cuando ocurren hechos cerca del sector, muchas veces se atribuyen al barrio Bellavista aunque sean más cercanos a Lastarria o a Plaza Italia.

“Es un poco trabajo de todos: de la municipalidad, la cultura, los bares, la bohemia. Todos en conjunto estamos en la lucha por sacarlo a flote”, dicen, y aseguran que ellos se sienten parte de este proceso.

“Creo que ya estamos haciendo un aporte, que es algo muy poco notorio, pero, la gente que viene a Siete Negronis, que son clientes de años, la verdad es que se sienten bastante seguros y vuelven porque lo conocen. Saben que hay estacionamiento, saben que hay seguridad, toman su Uber acá, se van a su casa y no les ha pasado nada”, cuentan sobre la experiencia de esta tercera etapa de Siete Negronis.

Los inicios

La historia de los Matías de Siete Negronis está cruzada por la profesión de bartender. Los cuatro socios originales trabajaban en las barras de distintos locales y, de las clásicas conversaciones entre colegas, surgió la idea de lanzarse con un proyecto propio. Así, apuntaron a romper con el molde de la cerveza, el vino y la piscola que predominaba en los bares y quisieron aplicar los conocimientos que habían adquirido a través de sus viajes y experiencia.

Supan y Peredo se conocen desde hace casi 20 años. Ambos tenían, por entonces, un gran interés por lo que estaba sucediendo en la nueva era de la coctelería, que dentro del rubro comenzó a ser conocida como la “nueva época de oro”.

El concepto respondía a la aparición de nuevas técnicas y maneras de preparar cócteles. “Nosotros, que siempre hemos sido muy curiosos con lo que hacemos y veníamos muy metidos en el rubro, empezamos a querer mostrar todas estas técnicas y toda esta movida coctelera que estaba pasando a nivel mundial”, cuentan.

Luego de un viaje en el que conocieron una barra que ya estaba adaptada a esta nueva coctelería, regresaron motivados y decididos a replicar esa experiencia. “Llegamos muy motivados y dijimos: ‘Tenemos que hacer esto’. Entonces tomamos la decisión y empezamos a concretar la idea de poner Siete Negronis. Nuestra primera casa fue acá, en el mismo barrio Bellavista, hace ya 10 años”.

La apuesta tenía una dificultad extra: los hábitos de consumo de los chilenos todavía estaban lejos de la coctelería que ellos querían impulsar, donde los precios suelen ser más altos por una menor cantidad de alcohol. Una experiencia alejada de los 500 cc de cerveza o de las piscolas de gran tamaño.

“No existía el concepto de un bar de coctelería, un bar que vende cócteles. Las mesas están llenas de cócteles y hay más cócteles que piscolas, spritz, gin tonics, copas de vino o cervezas. Para nosotros, el 80% de lo que vendemos son cócteles y negronis. Entonces, la gente viene acá por esa experiencia puntual, y eso no existía en esa época”, explica Supan.

La incorporación de este concepto al consumo habitual tomó tiempo, pero, mirando en retrospectiva, los socios creen que llegaron en el momento justo. “El tema de beber alcohol siempre estuvo asociado al carrete, a este carrete un poquito más duro. Y, en definitiva, la coctelería ha ido pasando a este lado más gourmet, más de disfrute. Uno puede salir a tomarse un trago en la semana sin necesariamente volarse la cabeza”, dicen sobre los nuevos hábitos.

La palabra que asocian a los cocktail bars es la mesura, especialmente para un público sobre los 35 años. Al día siguiente, los clientes tienen que trabajar o cuidar a sus hijos, por lo que la idea de una fiesta descontrolada ya no tiene mucho sentido.

También la educación es clave. Por eso, realizan catas, invitaciones y eventos para acercar la coctelería a un público que todavía considera que el Negroni es demasiado seco o fuerte. Sin embargo, aseguran que el consumo ha cambiado: hoy es más fácil encontrar vermouth y gin en distintos formatos, lo que también ha contribuido a ampliar el interés por este tipo de preparaciones.

La propuesta actual

En la carta de Siete Negronis conviven recetas que se han mantenido durante años con otras que incorporan técnicas más modernas. Entre estas últimas destaca el cóctel de pistacho, una preparación que, además de su técnica, suma un detalle particular: un bombón de pasta de pistacho con chocolate blanco que acompaña el trago.

“Es un cóctel muy limpio, muy sabroso y uno de los más aceptados hoy en día por el nuevo consumidor de Siete Negronis. Tiene un detalle particular, que es su bombón de pasta de pistacho con chocolate blanco, que hace un maridaje perfecto con el cóctel y es uno de los tragos que, en lo personal, me gustaría mostrar”, cuentan.

Pero detrás de las nuevas recetas hay una idea que, dicen, no ha cambiado desde los inicios del bar: la intención de convertirse en un clásico.

“Hay una forma de pensar los productos que tiene que ver con el objetivo primario de nosotros y es una particularidad: nosotros sabemos hacer tragos. Esa es nuestra área de expertise, más allá de las cosas que uno puede haber ido aprendiendo”; refelixonan y trazan los próximos 10 años del local.

“Nosotros queremos ser un clásico. Ese es nuestro objetivo: ser un Daiquiri, ser un Negroni, ser un Manhattan, un Old Fashioned. No queremos ser el trago de moda. Si estamos de moda como otros locales nuevos, buenísimo, pero nosotros queremos ser una cosa parecida a lo que fue, o no sé, un Liguria. Yo, cuando vine por primera vez a Chile, me llevaron al Liguria”, dice el fundador argentino.

A pesar del cierre de algunos de sus vecinos, los socios de Siete Negronis aseguran que, por ahora, hay espalda para aguantar los meses más fríos y enfrentar el ciclo natural de Terrazas San Cristóbal en su camino para consolidarse como un polo gastronómico de la ciudad.










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