El mundo laboral después de los 50, la edad más difícil para quedar sin trabajo: “No me hacía problema con jefes jóvenes, pero se notaban incómodos”
Pablo, Fabiola y Verónica acumularon décadas de experiencia en un mismo rubro, pero después de los 50 tuvieron que buscar nuevas formas de seguir trabajando. Sus historias son distintas, pero comparten una realidad: pertenecen al grupo etario que más tarda en encontrar empleo, con casi 11 meses de búsqueda. Y cada vez son más. Desde 2019, la población desempleada mayor de 55 años creció un 19%.
Por Catalina Riquelme 22 de Agosto de 2026
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Pablo, Fabiola y Verónica muestran cómo, después de los 50, “el mercado te obliga a empezar de nuevo”. Un estudio del OCEC-UDP señala que las personas mayores de 50 tardan 10,5 meses en encontrar empleo y que la población mayor de 55 años creció 19,1% desde 2019.
- Pablo dejó la cocina y creó “Kmaleon Wood” tras no hallar un empleo acorde a su experiencia.
- OCEC-UDP: los mayores de 50 tardan 10,5 meses en encontrar trabajo, el período más largo.
- Fabiola percibió distancia generacional y tecnológica al volver a un ambiente laboral más digital.
- Verónica dejó el mundo corporativo y abrió un local de açaí para emprender a los 53 años.
El artículo aborda las dificultades para reinsertarse laboralmente después de los 50 años y cómo eso empuja a algunas personas a reinventarse. A través de tres historias, muestra el peso del edadismo, los cambios tecnológicos y la necesidad de buscar nuevas formas de seguir trabajando cuando el mercado deja de ofrecer opciones.
“Cuando uno encuentra todos los puntos a favor que andaba buscando hace tiempo uno se proyecta y dice, ‘Aquí me quedo, aquí voy a trabajar años y hay muchas cosas que hacer’, es maravilloso. Uno nunca piensa que en algún momento se va acabar”, dice Pablo. Y para él, que jamás pensó en reinventarse a sus 50 años, se acabó.
Pablo estudió gastronomía en Inacap. Además del español, se maneja en inglés y francés. Los últimos seis años en que ejerció la carrera los pasó en un centro de eventos que, cuando él llegó, aún no contaba con servicio de banquetería. Sus 20 años de experiencia fueron clave para echar a andar esa área del negocio.“Ellos me daban trabajo y yo, a cambio, les enseñaba a trabajar”, agrega.
Con la llegada del estallido social y, posteriormente, la pandemia, las cosas comenzaron a complicarse. El personal disminuyó, la carga de trabajo aumentó y el sueldo, que a veces incluso se atrasaba, seguía siendo el mismo. Eso lo llevó a buscar nuevas oportunidades laborales, pero el panorama que encontró fue desalentador: por puestos similares a los que buscaba le ofrecían alrededor de $650 mil, una cifra que, según él, era insuficiente considerando su experiencia y trayectoria en el rubro.
La historia de Pablo refleja una dificultad que se vuelve especialmente marcada a partir de cierta edad. Según un estudio del Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales (OCEC-UDP), las personas mayores de 50 años tardan, en promedio, 10,5 meses en encontrar empleo, el período más extenso entre la población cesante.
Hay otro dato que enciende las alarmas en el contexto del desempleo de personas adultas. OCEC-UDP muestra que, entre el trimestre octubre-diciembre de 2019 y el mismo período de 2025, la población mayor de 55 años creció un 19,1%. En contraste, la población de entre 15 y 24 años se redujo un 6,4% durante esos mismos años.
Cuando el mercado te obliga a empezar de nuevo
Desde entonces, el chef no ha vuelto a una cocina. Al no encontrar un empleo que cumpliera con las condiciones laborales y salariales que buscaba, se vio obligado a empezar desde cero. Así nació “Kmaleon Wood”, su emprendimiento dedicado a la fabricación de moldes de silicona.
Durante la pandemia, para generar ingresos, desempolvó los conocimientos que tenía con el trabajo con resina. A partir de ahí, comenzó a dictar clases de forma online y, al darse cuenta de la necesidad de moldes para trabajarla, comenzó a investigar y a fabricar sus propios moldes de silicona.
“Gasté muchas lucas que no tenía. Se perdió harto en ir probando materiales, caucho, proveedores, etc. También empecé a fabricar moldes más personalizados, con medidas especiales que aquí todavía no se encuentran y en el extranjero tampoco, porque allá son todos diseños ya preelaborados.”
Empezar nuevamente no implica únicamente aprender otro oficio. Según Antonio Letelier, doctor en psicología, para quienes construyeron durante décadas una identidad alrededor de su profesión, dejarla atrás también puede significar perder una parte del lugar que sentían ocupar en el mundo.
Letelier introduce también el término edadismo. Según explica, es la discriminación o los prejuicios asociados a la edad, una consecuencia es que el trabajador puede sentir que su trayectoria deja de ser lo que se evalúa.
Pablo, en su búsqueda de trabajo, lo sintió: “A los 50 es peor. Prácticamente eres un abuelo y, más que una ayuda, terminas siendo un cacho, porque piensan que vienes con achaques. También creen que tu vida familiar ya está resuelta, pero no es así. En mi caso, tengo tres hijos, y dos de ellos son chicos. Todavía les queda harto camino”.
Quedarse atrás en un rubro que se moderniza
“Yo no me hacía problema con que los cabros fueran mis jefes. De hecho, aprovechaba de aprender de ellos, pero se notaba que estaban incómodos. No sabían cómo tratarme. Ahí yo noté la distancia”, relata Fabiola, de 53 años.
Méndez es publicista y durante años se desempeñó en la planificación y compra de espacios publicitarios en grandes agencias y medios. “Tuve un boom en Publimetro como ejecutiva de cuentas. Después vino el 18 de octubre, la pandemia y ahí empecé a quedarme fuera de las pistas, fuera del mercado”, relata.
La vuelta al trabajo presencial marcó un punto de quiebre. En la oficina, Fabiola era la persona de mayor edad y tenía una jefatura cerca de 30 años menor. Aunque nunca sintió que la discriminaran directamente, sí comenzó a percibir una distancia que antes no estaba. Dice que la trataban “con pinzas” y que se sentía distinta dentro de “un ambiente que es de jóvenes”.
A esa brecha generacional se sumó otra: la tecnológica. Fabiola había desarrollado buena parte de su carrera trabajando con medios tradicionales, como televisión, prensa y radio, mientras el mercado publicitario avanzaba cada vez más hacia las plataformas digitales. “Además, en un ambiente en el que ya todo es digital, TikTok, Facebook, y yo trabajaba en medios tradicionales. Ellos veían lo digital y yo lo antiguo, y nunca tuve el apoyo para hacer el salto, para capacitarme en lo digital”.
Cuando dejó de trabajar en publicidad, al principio se lo tomó con calma. Aprovechó de descansar. El problema apareció cuando intentó volver y se dio cuenta de que reinsertarse sería mucho más difícil de lo que esperaba. Hoy está lejos de las agencias y de las campañas publicitarias: se dedica al despacho de productos que un emprendimiento vende a instituciones públicas.
“Las entrevistas a las que he asistido siempre me hacen ver que tengo mucha experiencia para el cargo y siento que piensan que no me voy a adaptar. ”, relata Fabiola. Según ella, faltan oportunidades que “apunten a gente más senior”: una generación que creció viendo televisión en blanco y negro, pero que también aprendió a usar celulares y redes sociales.
Buscar otra forma de seguir
Tras trabajar 29 años en distintos cargos relacionados con la informática, Verónica tomó voluntariamente la decisión de emprender a sus 53 años. “Te empieza a picar el bichito cuando llevas años con la misma rutina. Yo creo que los 50 son una edad donde naturalmente vienen los cuestionamientos y también las ganas de experimentar otras cosas en la vida”, relata.
De la oficina y el mundo corporativo pasó a abrir su propio local, apostando por un producto que se consolidó hace pocos años en el mercado chileno, pero que ella conocía desde antes por haber vivido en Brasil: el açaí.
Pasar de trabajar en equipo y depender de decisiones tomadas por otros a que todo recaiga sobre uno mismo no es menor. Pero Verónica destaca también lo gratificante de ese proceso y, especialmente, la posibilidad de “no tener que rendirle cuentas a nadie” después de casi tres décadas en el mundo corporativo.
En su negocio, que atiende ella misma la mayor parte del tiempo, los días libres son pocos. Pero los desafíos que aparecen y los frutos que empieza a ver la han empujado a seguir aprendiendo y a estudiar cosas nuevas. “Eso es muy rico, porque vas viendo los frutos y te vas colocando metas pequeñas. La estructura mental uno ya la tiene, pero ahora uno la coloca en práctica para uno y es algo muy rico de sentir. El retorno de eso es casi vicioso”, cuenta.
Por su parte, Pablo, al mirar su propia trayectoria, vuelve al nombre de su emprendimiento, que terminó adquiriendo sentido con el camino que le tocó recorrer: “El camaleón siempre se termina adaptando al ambiente, cambiando su color de acuerdo al espacio donde esté, y eso justamente fue lo que me tocó hacer: ir adaptándome de acuerdo al tiempo y a lo que iba aconteciendo”.



