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De perder las manos a construir muebles: la historia de Hernán Sepúlveda, el maestro de Cerro Navia que convirtió una tragedia en un nuevo oficio familiar

Era maestro enfierrador y contratista cuando un accidente en 2008 cambió su vida. Después de aprender a desenvolverse sin sus manos, volvió a trabajar y, años más tarde, encontró en la carpintería un nuevo oficio que terminó convirtiéndose en un exitoso emprendimiento familiar.

Por 22 de Agosto de 2026
Felipe Figueroa / THE CLINIC
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Hernán Sepúlveda era maestro enfierrador y contratista cuando en 2008 sufrió una descarga de 12.000 voltios y cayó desde 10 metros. Tras meses hospitalizado y la amputación de ambas manos, volvió a trabajar y en 2020 creó “Aquí Somos Tablas”, un emprendimiento familiar de carpintería.

  • En 2008 sufrió una descarga de 12.000 voltios y cayó desde 10 metros de altura.
  • Pasó por varios centros asistenciales y le amputaron ambas manos; también quedó dañada una pierna.
  • Volvió a trabajar, primero en empanadas y luego en construcción junto a su hijo.
  • En 2020 fundó “Aquí Somos Tablas”, con muebles, camas, dominós y jengas gigantes.
  • Hoy recibe más de 40 cotizaciones diarias y su trabajo se viralizó en redes.

El artículo cuenta la historia de Hernán Sepúlveda, un trabajador de Cerro Navia que perdió ambas manos tras un accidente laboral en 2008. Después de rehabilitarse, retomó su vida laboral y terminó dedicándose a la carpintería, oficio que convirtió en un emprendimiento familiar llamado “Aquí Somos Tablas”.

Estos resúmenes son generados por inteligencia artificial y chequeados por el periodista a cargo.

Corría el año 2008 y Hernán Sepúlveda se había preparado para comenzar un nuevo día de trabajo en la construcción. Ya llevaba algunos años en el oficio y había ido escalando poco a poco. Era maestro enfierrador, pero para ese año ya trabajaba como contratista.

La labor de ese día parecía sencilla. Pasado el Mall de San Bernardo, en la localidad de Nos, debían cambiar la publicidad de unos letreros. En segundos, tras estar quitando las cuerdas tensoras de los carteles, rozó los cables de alta tensión con un fierro, lo que provocó una descarga eléctrica que buscó salir a través de sus extremidades. 12.000 voltios pasaron por su cuerpo mientras caía desde 10 metros de altura.

Tras el accidente, comenzó un largo recorrido por distintos centros asistenciales. Hernán pasó meses hospitalizado, fue sometido a distintas intervenciones y debió enfrentar una decisión que cambiaría para siempre su vida: la amputación de ambas manos. La descarga también dañó gravemente una de sus piernas y lo obligaría, más adelante, a aprender nuevamente a caminar.

Nada de eso lo privó de volver a trabajar. El accidente fue un nuevo comienzo, en un nuevo cuerpo. Una nueva historia de reinvención. Algo a lo que estaba acostumbrado desde su origen, en Cerro Navia.

Felipe Figueroa / THE CLINIC

La vida del carpintero de Cerro Navia

Hernán nació y se crió en Santiago. Pasó sus primeros años de vida entre Quinta Normal y Pudahuel. Su crianza, como en muchas familias chilenas, estuvo a cargo de su abuela Graciela, quien lavaba ropa para los funcionarios y funcionarias del Café Haití.

Su papá era comerciante y desabollador de autos. Hernán siguió sus pasos y, en un comienzo, intentó aprender el oficio, pero pronto se dio cuenta de que no era lo suyo. Fue así como decidió comenzar una vida como comerciante.

Mientras construía su propio camino, seguía trabajando junto a su padre los fines de semana en el antiguo Persa Balmaceda. Vendían empanadas caseras, cocinadas por ellos mismos, y las ofrecían directamente desde el brasero. 

A sus 18 años tuvo que dejar el negocio por un tiempo para completar el servicio militar.

Apenas volvió del servicio, pololeó durante siete meses y se casó con su vecina y amiga de toda la vida. Vivía en el pasaje de al lado y se conocían desde la infancia. Asegura que todo fue rápido. “Podía perderla, así que tenía que asegurarla”, recuerda y agradece que, tras 34 años, su pareja “lo siga aguantando”.

Tras el servicio militar, siguió unos meses como comerciante y se adentró en el mundo de la construcción. No tenía ningún conocimiento, pero, como todo lo que hizo en la vida, aprendió haciendo.

En paralelo, el legado de las empanadas continuaba, pero esta vez liderado por su señora.

Entró a la construcción en jornada completa y poco a poco fue escalando. Aprendió la profesión de maestro enfierrador para luego convertirse en contratista. Afirma que, como todos los maestros antiguos, aprendió en el camino. “Al que le gustaba, aprendía. Al que no, se quedaba ahí no más”.

“Cuando el mundo se apagó”

En 2008, lo que parecía un día de trabajo más, cambiaría el rumbo de su vida. “Ese día fue cuando se apagó el mundo por un mes”.

No sabe cómo describir ese momento. Después del accidente lo trasladaron al Hospital Padre Hurtado. Luego fue trasladado al Hospital Barros Luco, la Posta Central y finalmente a la Clínica INDISA, donde le diría adiós a sus principales herramientas de trabajo. 

Recuerda que cuando vio sus manos quemadas entendió que no había vuelta atrás:

“No había forma de recuperarlas, yo me vi las manos quemadas y lo entendí. Cuando mi señora me dijo que tenían que cortarlas, yo lo autoricé. Le dije: córtalas nomás doctor, si las manos ya no existen”.

Cuando vio que sus manos no servían, pensó en “cambiar altiro el switch, ver qué hacer para más adelante”. La electricidad también afectó fuertemente una de sus rodillas.

Al día siguiente de la amputación, lo primero que hizo fue agradecer: “Gracias Dios por estar vivo”. Su gratitud se extiende a que sus compañeros se encuentren bien, lo tranquiliza la idea de que le haya pasado a él y no a las personas que lo habían acompañado a trabajar.

Ahí empezó la rehabilitación, a pesar del daño, Hernán nunca lo consideró una tarea difícil. Comenta que para él esto era un desafío más. Lo más complejo fue aprender a caminar de nuevo, la descarga le arrebató la movilidad de su pierna. 

Fue un proceso largo, de cuatro meses, donde siempre contó con el apoyo de su familia y con sus ganas de continuar su vida.

Comenta que “ya no le tiene miedo a nada” y que, a las pocas semanas de volver a su casa, compró una camioneta y salió a manejar.

Las prótesis llegaron casi un año después de su rehabilitación. Para entonces, ya había aprendido a vivir sin ellas, afirma que intentó usarlas, pero que terminaba deprimido. Hoy las tiene guardadas debajo de su cama.

De constructor a carpintero

Apenas pudo, volvió al ruedo. Terminó su recuperación en noviembre y en diciembre ya estaba trabajando en la feria navideña, vendiendo empanadas con su señora. Durante todo enero vendió las mismas masas en la playa. Eventualmente, también retomó su trabajo en la construcción con su hijo, donde transportaba cosas pesadas con sus hombros.

Tiempo después vendería todas las máquinas que lo ayudaban en la preparación de las empanadas. Asegura que él no podía cooperar en la cocina y que por lo mismo no quería “amarrar a sus hijos” a un negocio que demandaba principalmente los fines de semana.

Con la llegada de la pandemia, todas las obras se detuvieron nuevamente y tuvo que reconstruirse otra vez. Lo había hecho muchas veces en su vida, una vez más no era nada.

La mamá de su nieta vendía bandejas de picoteo: las compraba a un tercero y las entregaba listas para cualquier evento que las necesitara. Ahí vio una oportunidad que no podía ignorar.

En junio de 2020 empezó el camino para ser carpintero y armó “Aquí Somos Tablas”, lo que en pocos meses sería mucho más que tablas. Camas, muebles, dominós y jengas gigantes, respaldos, cajoneras, sillas: lo que se les ocurra a los clientes, Hernán lo arma. Hoy logra sacar una cama en un día y tiene más de 40 cotizaciones diarias de clientes de todo Chile. 

SANTIAGO (CHILE) 19/8/2026 – Don Hernán Sepúlveda, un carpintero de Cerro Navia, Chile, que perdió ambas manos en un accidente eléctrico, lidera el taller familiar Aquí Somos Tablas. (Felipe Figueroa / THE CLINIC)

“A todos se les contesta y cotiza, sin excepción”, afirma.

La maquinaria ya la tenía. Durante un tiempo también vendió cuadros en la feria, para los que utilizaba madera para crear sus bordes.

Su formación como constructor le enseñó que “nada es imposible de crear” y aunque afirma que este oficio lo desafía día a día, no duda que pueda llevar a cabo lo que sea que le pidan. Aunque los muebles son su especialidad, siempre le han llamado la atención los juguetes.

El corte de sus extremidades fue poco más abajo de los codos. Sin embargo, hoy sus muñones funcionan prácticamente como brazos. Aunque trabaja un poco más encorvado que antes, no ha necesitado adaptar su taller: con ellos puede mover tablas, lijar madera y cortar moldes.

Tal como queda en evidencia en los videos que comparte y que se han vuelto virales en redes sociales, Hernán se mueve por el taller con absoluta naturalidad. Una de las herramientas que más utiliza es la sierra. La maneja con cuidado y concentración, aunque asegura que no teme cortarse.

Más que adaptar el taller a su condición, Hernán aprendió a trabajar de una manera distinta. Sus muñones cumplen hoy funciones que antes realizaba con sus manos y, con el paso de los años, desarrolló sus propios movimientos para sujetar, acomodar y manipular la madera.

Su hijo menor, Christopher, tiene 23 años y desde que tiene memoria quiere trabajar con su papá. Comenta que admira su forma de pensar, de calcular y de lograr materializar las ideas de las personas que, en la mayoría de los casos, no son más que un bosquejo e ideas que parecen difíciles de lograr.

“Saca todos los cálculos mentales de las planchas y todo, a veces incluso cortando. Yo soy el que más lo ayuda, soy básicamente sus manos, entonces encuentro increíble la mente que tiene para crear y que después la gente quede feliz”, dice.

Hernán es un hombre que “no se cree el cuento”, casi como si haber surgido mil veces fuera algo que hay que hacer. En ocasiones minimiza la falta de sus extremidades: “Lo único que me falta son las manos, nada más”.

Felipe Figueroa / THE CLINIC

Su cuenta se hizo viral tras aparecer en el programa “Aquí Somos Todos”, de Leo Caprile. Al día siguiente le habían encargado tres mil tablas. Desde ese momento no paró de tener pedidos. Incluso, en junio pasado, estaba programando entregas para septiembre.

Hernán habló la semana pasada con una persona que quedó con la mitad del cuerpo paralizado. Comenta que es común que su teléfono llegue a personas que se enfrentan por primera vez a una discapacidad y que, mientras pueda, él es feliz de ayudar.

Agradece el cariño de la gente que lo visita cuando sale a exponer con El Rastro y de quienes lo siguen en redes sociales. Sus clientes lo llenan constantemente de cariño e incluso, la semana pasada, le llegó una canción que le escribió uno de sus seguidores.

Sobre la mesa de corte, sonaba la canción en su celular, no era de un cliente, Hernán ni siquiera lo conocía. Se emocionó cuando escuchó el reconocimiento y pensó en mandar la canción a la Radio Corazón con tal de que “el muchacho se hiciera conocido”.

Con 56 años se proyecta con esperanza para el futuro, quiere un taller más grande y contratar a otros artesanos. Hoy trabaja en la parte trasera de su casa, donde la madera y el aserrín se apoderaron de casi todos los rincones. Sus creaciones ocupan, además, una bodega y parte importante de su living. El desafío de la semana ocupaba el comedor: un guardacartas para un edificio, con cerca de 200 cuadrados pequeños.

Reflexiona por unos momentos en el taller, comenta que a veces pelea con sus hijos cuando le dicen que un mueble o pedido es muy complejo, o que no se puede hacer. “Lo único que no se puede es salir del cajón”.

“Querer es poder y yo siempre quiero y yo siempre puedo. Si llego a no poder, pido ayuda”, añade.

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