Carta a la directora: La amenaza populista y el desafío para la política democrática en Chile
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Chile atraviesa una espesa bruma. No es una crisis más. Es una crisis de sentido. Y la política, aquella actividad que nos vincula como iguales, no ofrece un rumbo. Y el acceso al poder de un gobierno de ultraderecha, transitando hacia una democracia iliberal nos enfrenta a una nueva situación política.
Durante años hemos discutido reformas. Hemos cambiado leyes. Hemos redactado propuestas de Constitución Política. Pero no hemos resuelto lo esencial: la confianza rota entre la política y la gente.
Hoy debemos hablar con franqueza. Sin eslóganes o promesas que no se cumplirán. Con la responsabilidad de quienes creemos que la democracia representativa se construye con paciencia, con verdad y con sentido de comunidad.
El sistema político chileno funciona mal. Hay que decirlo sin rodeos. Decide poco. Ejecuta menos. Y cuando decide, cumple con dificultad.
El Congreso se ha vuelto un espacio de trincheras. No de acuerdos. Las mayorías son frágiles. Los gobiernos llegan debilitados desde el primer día. Se percibe una política con mucha superficialidad atrapada en la coyuntura. Y la ciudadanía observa, cada vez más lejana, un espectáculo que no le pertenece.
Las ideas en el debate parecieran no existir o, quizás peor, no importar. Y para qué decir la épica y los sueños. No existen proyectos políticos que convoquen porque se vive del día a día, del rating momentáneo.
No es solo un problema de personas. Es un problema mayor: de diseño institucional, pero también de cultura política.
Hemos dado forma a un sistema que premia la fragmentación. Que castiga el diálogo y evita el acuerdo. Que convierte cada elección en una batalla de identidades, no en una conversación sobre el futuro común.
Los partidos políticos dejaron de ser puentes. Se nos olvidó que estas instituciones nacieron para representar. Para organizar demandas. Para formar liderazgos y para conducir un país con visión amplia.
Hoy los partidos se sostienen en estructuras débiles. La militancia se debilitó. La formación de equipos se abandonó. El debate de ideas se reemplazó por la disputa de cupos y proyectos políticos individuales.
Así, los partidos dejaron de cumplir su función más noble: traducir los sueños y anhelos de la sociedad en propuestas responsables. La historia nos enseña que, cuando esa función se pierde, alguien más la ocupa. Y no siempre para bien.
¿Existe algún culpable de esta situación? Para ser justos, el problema no es de un sector. Es de todos.
La responsabilidad de este retroceso es transversal, pero el resultado para la gente es el mismo, gobierne quien gobierne. Promesas incumplidas. Expectativas rotas. Un ciudadano que votaba con esperanza, para luego despertar con desilusión. Hoy incluso hemos transitado a votar “por el mal menor”, resquebrajando aún más los cimientos de la democracia. Esta incapacidad tiene un alto precio. Y lo pagan las personas, principalmente aquellas más modestas que necesitan de buenas decisiones políticas para salir adelante.
Los ciudadanos no dejan de creer en la democracia por capricho. Dejan de creer porque la experimentan como una promesa incumplida, repetida cada cuatro años. Ese desencanto tiene consecuencias. Erosiona la participación. Alimenta la indiferencia. Y abre la puerta a algo mucho más peligroso.
En el tiempo en que vivimos, ya sabemos que la democracia no cae por golpes autoritarios, más bien se debilita cuando deja de resolver problemas. La política falla cuando la salud sigue esperando, cuando la seguridad no llega, cuando el trabajo no alcanza o cuando la vivienda es un sueño lejano.
Sin eufemismos, cuando la política democrática fracasa, el futuro se hace aún más incierto porque detrás de cada cifra hay una historia de vida. Nuestro país lo está sufriendo. Detrás de los 2,5 millones en la lista de espera en salud, hay personas que postergan su vida. Detrás de las 121 mil familias en campamentos, hay niños que crecen sin dignidad básica. Esas no son sólo estadísticas. Son personas que nos interpelan como sociedad: ¿Seremos capaces de escuchar este llamado?
Según la Encuesta CEP de mayo 2026, el 65% del país no se siente representado por ningún partido. Ese espacio no queda vacío. Alguien lo ocupa. Cuando la política fracasa, aparece una tentación conocida: la política populista.
El populismo ofrece respuestas simples a problemas complejos. Promete rapidez donde se necesita método. Promete un salvador donde se necesitan instituciones. Promete confrontación donde se necesitan acuerdos.
El populismo, de derecha o de izquierda, tiene un patrón común. Busca concentrar el poder y debilitar contrapesos. Disfraza la radicalización como participación y bajo el argumento del anti-elitismo arremete en contra de los partidos políticos como instrumentos de representación democrática, para a continuación, instalarse como el único representante con legitimidad. El populismo, ataca a la prensa, al Congreso y a los Tribunales, cuando estorban. Y tiene un costo económico severo. Ahuyenta la inversión. Genera incertidumbre. Rompe reglas del juego que tardaron décadas en construirse.
Un Chile populista no será un Chile más justo. Será un Chile más pobre, más polarizado y aún más difícil de gobernar. Debemos decirlo con toda claridad: la salida a la crisis de la política no es menos democracia. ¡Es más, y mejor democracia!
En consecuencia, urge romper con el actual modo y el tono de la política, hoy dividida entre “buenos y malos”, entre muchos y pocos, polos extremos que se necesitan mutuamente para sobrevivir. Pero ese camino no tiene “buen puerto” para el país.
Como muestra de lo anterior, el gobierno actual, haciendo uso de una retórica que polariza, propone resolver problemas de crecimiento económico y seguridad mediante medidas efectistas y con un nítido sesgo ideológico. Esto, en desmedro de amplios acuerdos políticos y de una gestión pública eficiente.
De esta forma, necesitamos reconstruir un espacio político que supere dicha lógica. Un espacio que se piense más allá de la rígida y superada categoría de izquierdas y derechas, más propia de los siglos XIX y XX que del XXI. Un espacio que promueva la dignidad humana siempre y donde la libertad y la igualdad sean pilares comunes de una misma estrategia para el desarrollo.
La política en Chile debe recuperar esa tradición de ofrecer un camino compartido. Necesitamos volver a construir acuerdos de Estado, no sólo de gobierno. Pactos políticos que sobrevivan a las elecciones puntuales y que ofrezcan un desarrollo inclusivo con gobernabilidad democrática.
La política democrática requiere ideas e ideales y la convicción para llevarlas a la práctica. No es una tarea sencilla, pero es la responsabilidad histórica que hoy nos convoca.


