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27 de Agosto de 2026Del lujo a la granja: por qué figuras como Mark Zuckerberg y Kevin Bacon están huyendo de la ciudad al campo para criar animales
Entre el ruido incesante de los autos, las pantallas encendidas y las exigencias de la alta productividad, la vida en la gran ciudad se ha vuelto una trampa de agotamiento silencioso. Hoy, cada vez más los famosos y familias acomodadas cambian sus penthouses y los lujos por botas de agua, gallinas y el ritmo pausado de la tierra, en una migración que la psicología explica no como un capricho estético, sino como una respuesta visceral para salvar al cerebro de la saturación.
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Cada vez son más las personas —sobre todas aquellas millonarias y famosas— que deciden abandonar la vorágine de las grandes ciudades y cambiarlo todo por el silencio del campo. Allí puedes criar animales y hasta cultivar sus propios alimentos, trabajando a su propio ritmo.
Algunos ejemplos son Kevin Bacon, Millie Bobby Brown, Amanda Seyfried o Steve Austin, también conocido como Stone Cold.
Hace un par de años, el actor Kevin Bacon detalló a FoxNews que vive junto a su esposa en una granja en Connecticut, Estados Unidos. La pareja cría cabras, cerdos, alpacas y además tiene caballos en miniatura, Bacon contó que modificó su dieta y decidió dejar de comer cerdo.
“Me encantan los animales, es un placer estar cerca de ellos, y son muy, muy tranquilos para mí“, explicó el actor. “Pero también nos encanta ir al jardín y conseguir hierbas frescas o tomates o albahaca o pimientos o calabacines”.
“La ciudad exige una atención dirigida constante”
La académica de la Escuela de Psicología de la Universidad Mayor, Dominique Karahanian, explicó a The Clinic que “en la ciudad estamos inmersos en un relato constante de rendimiento y autoexigencia, donde el valor personal suele quedar atrapado en la productividad y la respuesta inmediata. Eso mantiene al sistema nervioso en una alerta continua y satura nuestra capacidad atencional”.
“La necesidad de salir hacia la naturaleza no es un simple impulso estético, sino un intento del organismo por interrumpir esa sobrecarga y recuperar un ritmo biológico más coherente, que el entorno urbano termina cancelando”, asevera.
Junto con ello, plantea que “la ciudad exige una atención dirigida constante, lo que desgasta los recursos cognitivos y sostiene la hipervigilancia. En cambio, los entornos naturales activan lo que llamamos una atención suave: estímulos como el movimiento de los árboles o el horizonte no demandan un esfuerzo mental activo ni son leídos como amenaza. Eso le permite al cerebro interpretar el entorno como un espacio seguro, activando el sistema parasimpático y regulando de manera orgánica los niveles de cortisol y la ansiedad”.
“Las interacciones humanas y digitales suelen estar cargadas de expectativas, roles sociales y juicios sobre nuestro desempeño. Con un animal, en cambio, la relación es directa, preverbal y somática. Un animal no evalúa tu estatus, tus logros ni tus relatos de éxito; responde a la presencia y al tono del vínculo. Eso permite una co-regulación muy limpia, donde se activan los circuitos de apego y calma sin la necesidad de estar sosteniendo una imagen o rindiendo cuentas”, destaca la académica.
La fantasía del retiro terapéutico
Consultada sobre si la atracción por lo natural es una moda o responde a una necesidad biológica, Karahanian afirma que “figuras de alto perfil como Mark Zuckerberg o Kevin Bacon pueden convertir esto en una tendencia visible o en un estilo de vida aspiracional, pero la base es fundamentalmente biológica. Nuestra arquitectura biológica y psicológica evolucionó en contacto directo con ecosistemas vivos, no en entornos hiperestimulados de cemento y pantallas. El auge de este fenómeno es más bien el síntoma de un desajuste evolutivo: el cuerpo reconoce que necesita el ciclo natural, el silencio y la tierra para regularse adecuadamente”.
“El riesgo principal está en proyectar sobre el campo una fantasía de control o un retiro terapéutico instantáneo. Quien busca escapar muchas veces olvida que sus patrones de ansiedad y sus dinámicas internas viajan con él. La vida rural no es una escenografía diseñada para la calma personal; es demandante, solitaria, físicamente rigurosa y te enfrenta de golpe con la pérdida del control, el clima y los ciclos de los animales. La frustración surge cuando se constata que la naturaleza es un sistema autónomo que exige adaptación y tolerancia a la incertidumbre, no un servicio a la medida del bienestar individual”, reflexiona.