Secciones

The Clinic
Buscar
Entender es todo
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad

Opinión

15 de Agosto de 2026
Sandro Baeza

Columna de Rita Cox: Incivilidades nuestras de cada día

Foto autor Rita Cox F. Por Rita Cox F.

La basura, los malos modales, el tráfico y otras incivilidades cotidianas parecen dar cuenta de algo más profundo: una convivencia cada vez más áspera, en un país donde el pesimismo y el cansancio aumentan. "Pedir que esté perfectamente ordenada, sin diferencia ni roce, es aspirar también a una ciudad aburrida y probablemente autoritaria. Pero sí una ciudad amable. Que su factor humano sea considerado", escribe la columnista Rita Cox.

Compartir
Sigue a The Clinic en Google News

No está fácil salir a la calle y regresar a casa con el ánimo bien puesto. En los trayectos, en las interacciones con los otros sin nombre, la convivencia es dificultosa; erosiona el ánimo y las expectativas de futuro.

Ejemplo: ayer, antes de cerrar esta columna, en un punto limpio de Vitacura, una escolar de unos 16 o 17 años botaba los restos de su almuerzo en el contenedor de botellas de vidrio. No pude evitar comentarle el “error”. Lanzó una risita socarrona y un gesto de desidia. No insistí. ¿Quién tiene la energía para volcarse en una discusión sin destino en la que, por lo bajo, recibiría un “vieja X#@€” de vuelta?

Pensé en lo lamentable de que el supuesto futuro más ilustrado de Chile careciera de toda conciencia respecto del alcance de su acto. Recordé la escena del picnic de “Mad Men”, cuando después de un picnic los Draper sacuden el chal y dejan los restos sobre el pasto con total soltura.

Calles más arriba y más abajo, en las cuadras de una de las comunas más ricas de Chile, con la mejor infraestructura y servicios, caca de perro y basura botada por ahí; basureros rebosados de objetos reciclables. Volví a mi casa abatida, envuelta en rabia, y después en impotencia. ¿No habíamos acordado colectivamente que abordaríamos el problema de la basura? ¿No ha estado el Ministerio de Medio Ambiente, municipalidades y privados trabajando por años en esa dirección?

Si fuera lo único a atajar, no sería tanto lío. Pero la lista de transgresiones cotidianas que ejercemos, o de las que somos víctimas, es larga y no da tregua. Incivilidades nuestras de cada día. Scooters desparramados por ahí. El automovilista que, en un día de lluvia, pasa a toda velocidad y empapa al peatón. Arriesgar atropello al cruzar un paso de cebra. En el vagón del metro, el celular que suena a todo volumen con música o video de TikTok. El maremágnum de gente saliendo de una estación sin dejar paso a quien entra, como si no se pudiera de pura intuición armar bloques para lado y lado. Ascensores para personas con movilidad reducida usados por cualquiera. Baños de uso público cochinos, sin confort. Podría seguir. Pactos mínimos que nadie fijó, pero que todos deberíamos reconocer y respetar para lograr soportarnos, incluso apreciarnos.

El sociólogo canadiense Erving Goffman, padre de la microsociología y uno de los pensadores más influyentes del siglo XX sobre la vida cotidiana, hablaba hace más de sesenta años —en su libro “Comportamiento en lugares públicos” (1963)— de “desatención civil” para referirse a ese conjunto de gestos mínimos con que reconocemos al desconocido sin invadirlo: no mirarlo fijo, cederle el paso, hacerse a un lado. Una gramática invisible que sostiene la convivencia entre gente que no se conoce y en general no quiere conocerse. La incivilidad es la ruptura de ese pacto mudo.

No se trata de anhelar una ciudad-museo. Pedir que esté perfectamente ordenada, sin diferencia ni roce, es aspirar también a una ciudad aburrida y probablemente autoritaria. Pero sí una ciudad amable. Que su factor humano sea considerado. Tal vez Japón es una buena referencia. Jamás he estado allí, sí unos cuantos conocidos que coinciden en describir calles sin basura ni basureros (cada uno se hace cargo de su mugre), respeto por el silencio, deferencia de trato. Quienes han estudiado el caso señalan que ahí la responsabilidad individual teje una armonía colectiva.

Las cifras confirman más que sorprenden. La encuesta GPS Ciudadano de Datavoz, de junio de 2025, mostró que un 90% considera totalmente inaceptable conducir por la berma y un 84% rechaza la música a todo volumen en la playa, mientras hablar por teléfono a viva voz figura entre las conductas más observadas. Lo reprobamos en las encuestas, pero toleramos o actuamos contradictoriamente.

La encuesta ICSO-UDP, Serie Clima Social: Convivencia Social, de agosto de 2025, va más allá: un 71% considera que la convivencia social en el país ha empeorado, y un 94% menciona una palabra negativa al pensar en cómo se tratan hoy las personas en Chile —las emociones más predominantes son preocupación (50%) y decepción (46%)—. Las interacciones cotidianas en la calle se describen como desconfiadas (42%), impacientes (40%) e indiferentes (34%).

Esos roces diarios, en un escenario de estrecheces económicas y precarias expectativas laborales, hacen del día a día un laberinto difícil de transitar. Roberto Méndez se refirió al pesimismo en el podcast “De esto se habla”, de Rocío Montes en El País. “Se instaló un clima de pesimismo que no se veía en Chile en los últimos veinte años. Incluso peor que la pandemia, incluso peor que el período del estallido”, dijo sobre el momento actual, post “bencinazo”.

Sus palabras dialogan con el estudio 5C de Cadem, publicado el 4 de agosto, que registra que los sentimientos negativos llegaron a un 62%, el nivel más alto desde 2024, y los positivos cayeron a 35%. El sentimiento predominante es cansancio (30%) y los niveles de estrés (37%) superan por 3 puntos a los de felicidad (34%).

A eso se suma el Estudio Mundial de Juventud 2026, elaborado por Activa Research junto a WIN, conocido esta semana: solo un 57% de los jóvenes chilenos de 18 a 24 años se declara esperanzado con el futuro del país, frente a un 63% de promedio mundial en ese tramo etario. Chile aparece entre los pocos países donde los jóvenes son más pesimistas que sus propios padres respecto a lo que viene.

En ese contexto, qué tanto botar los restos de pollo en el contenedor de reciclaje; qué tanto dejar empapado a un peatón. Tal vez son expresiones del desencanto. Un tipo de grafiti.

No tengo cómo probar la relación entre este pesimismo y su impacto en la vida en la ciudad. Claro está que ni con sermones ni columnas como esta se recupera la civilidad. Esta catarsis es, tal vez, para recordar que la mujer a la que hace unos días le tiré el auto encima en un paso de cebra, salir a la calle la desanima tanto como a mí.

Temas relevantes

#ciudad#opinión#Rita Cox

Notas relacionadas